¡Qué ganas!
¡Qué ganas! De verdad. Qué ganas de despertar estos sentimientos tan escondidos y ocultos (a propósito) en lo más profundo de mi. Qué ganas de despertar esa faceta que tanto tiempo llevaba descansando en la comodidad de mi corazón… Segura. Qué ganas de despertar este calor abrazador que me hace imposible resistirme las ganas de abrazarte o besarte, de querer que me cargues y dejar que las ganas se apoderaran de nosotros. ¿Qué ganas tenías de estar conmigo?... ¿Tenías ganas siquiera?, ¿con qué ganas me besaste por primera vez?, ¿con qué ganas me expresaste claramente que lo que querías era a mí?... ¿Esas eran tus ganas?
Con esas ganas me demostrabas tu mediocre interés en mí, tu poca capacidad de realizar algo simplemente porque me haría feliz, tu poco interés en desarrollar una conexión tan fuerte que pudiera considerarse inquebrantable. Con esas mismas ganas me dijiste que sería imposible, que me harías daño sin tener intenciones de hacerlo, que todo terminaría mal y que terminaríamos haciéndonos daño… Qué razón tenías.
Tu “no quiero sufrir más” se encontró con mi “nadie tiene que sufrir”; tu “va a salir mal” se encontró con mi “¿quién sabe?”, y por último mi “podemos ser felices… Esto puede salir bien, y así será si es que queremos”, se encontró con tu “no estoy dispuesto a intentarlo”. Ese “no estoy dispuesto a intentarlo” me rompió, pues lo dijiste desde el fondo de ti, con tantas ganas de no salir lastimado, con tanas ganas de quedarte con las ganas.
Pero honestamente… ¿Qué ganabas?, ¿qué ganabas ganándote mi cariño?, ¿qué ganabas volviéndote “mi persona” ?, ¿qué ganabas con despertar esos sentimientos que tan profundamente estaban ocultos en mí?, ¿qué ganabas?... No ganabas nada más que mi amor, mi cariño, mi tiempo, mi conexión, mi comprensión… Me ganabas a mí, y al parecer eso no te pareció suficiente.


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