Después de esa mala nota en la escuela, la vida sigue. Después de esa terrible resaca, la vida sigue. Después de ese amor fallido, la vida sigue. Después de ese trabajo del que te despidieron, la vida sigue… Son curiosas las ganas que tenemos que todo desaparezca con cada mal suceso en nuestro mundo, o con cada “trágame tierra” que podamos experimentar. Sientes un nudo en el estómago que lentamente llega hasta tu garganta, empiezan a inundarte las ganas de llorar, se forma una laguna en tus ojos, y un suspiro del aire te roba la respiración. Sientes como se acelera tu corazón y todo empieza a darte vueltas, te marean tus pensamientos y empieza a faltarte la respiración.

Mostramos; a menudo, una preocupación incesante respecto a situaciones que no podemos manejar, o respecto a otras que no podemos cambiar. Queremos que todo se acabe, que el mundo deje de girar, que todo se detenga y regrese a cómo en algún momento fue. La añoranza al recuerdo de lo que en algún momento fue es dolorosa, se vuelve aún más dolorosa si es confuso el recuerdo, pero mientras más pase el tiempo, más confuso se volverá el recuerdo, y se hará aún más borroso… Ahí es cuando deja de doler.

Aun así, la vida sigue. Lamentablemente, la vida sigue y no hay algo humanamente posible que podamos hacer.

Únicamente nos queda aceptarlo. Aceptarlo, afrontarlo y seguir. Después de todo… Todo sigue. Sin importar lo que pase, todo sigue. Pase lo que pase, todo sigue. Nada desaparece, el mundo no deja de girar, nada se detiene, y nada vuelve a lo que en algún momento fue.

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