​Bajo la lluvia leve de la tarde, las cosas no terminan: se desfilan. No hay un hacha central que corte el tiempo, solo esta erosión suave, esta lija de horas que le quita el filo a las espadas. ​Cerrar el puño sobre un clavo vivo. Un cuerpo no soporta el peso intacto del primer grito, el primer incendio, la quemadura exacta de aquel nombre. ​El cerebro —sabio animal ciego— enciende una hoguera lenta en la trastienda: quema los mapas que ya no sirven, borra los rostros para que quepan los paisajes. ​Olvidar no es perder la casa; es barrer el polvo de la ceniza antigua para poder apoyar la frente en la ventana y ver caer la luz sobre la nada limpia.

Antonio Portillo Spinola ©

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