En el telar, el polvo de la lana

se cuela entre los dientes del peine.

Mi madre me enseñó este oficio:

contar los hilos, no los años.

Mis manos aprendieron antes que la lengua

a dar con el nudo,

con la hebra perdida.

A veces el deshilachado

es más honesto que la tela.

Tejo lo que no tiene nombre:

el color del cuarto donde alguien muere,

el peso exacto de una ausencia,

la temperatura del miedo

al caer la noche.

No canto.

Repaso.

Cada golpe del peine

es una pregunta.

La lana no responde.

El telar cruje

como una puerta que se abre sola.

En el revés, los hilos sueltos

dibujan un mapa sin nombre:

cruces, nudos, desvíos,

la geografía de lo que callamos.

Al cortar la tela del bastidor

no sé si entrego una manta

o un sudario.

Solo sé

que alguien, en algún lugar,

tendrá este tejido sobre el rostro.

Antonio Portillo Spinola ©

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