La luz no tropieza cuando entra en la piel.

No pregunta por la arcilla,

ni por el dibujo que la sombra hace en el pómulo.

Atraviesa la carne

con la misma lentitud con que cruza el agua,

sin encontrar orilla,

sin saber qué nombre le pusimos al cuerpo.

Por dentro no hay mapas.

Ninguna sangre conoce

el color de la piel que la guarda.

Hay solo este hueco tibio,

esta materia limpia

donde la sangre se escucha a sí misma

antes de saber a quién pertenece.

Antonio Portillo Spinola ©

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