Las olas sonoras, desgastan una cúspide escarlata,
vituperan en lumpalidos universos sus reales orígenes.
Se entremezclan comprometidas con Plagides y Naiades,
el arrecife que agoniza al señalar un mundo compungido en una meseta desconocida.
Allí, concibe sus inicios, una hegemónica Patybra,
con sus pletos de orozuz, encrudece el polvoriento cinturón de estrellas.
Lacia, como cadáver, recita una parábola entre sus anaqueles,
lujuriosa, lantanida, desfallece en aquél remolino de espíritus.
Su incontenible lamento que maldice un aroma,
la dama cristalizada, habitante de un océano, señil en las más recónditas estructuras, quebrantadas en cada sinfonía.
Donde, acallaron sus plegarias de infantiles retoños,
compusieron entre las líneas de un sanguinario violín, una cuartilla oxidada.
Y por siempre, Patybra, aguarda estabilizar sus afluentes cuando los bellos tintes poseen sus labios.
Y eternamente, Patybra, contempla el ónice crepúsculo tapar en las nocturnas galas el deseo, puro y gentil de recobrar sus anhelos.
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