Bella divinidad paleolítica
A los salmos, cantas alegorías.
Ella, no ha respondido con un: ¡Hosanna! No.
No sabe de confesar pecados y muchos menos, de vislumbrar estigmas.
Sus ojos carecen de frialdad, son sales verdes, tan purpúreos.
Oh, silenciosa, ave lantánida.
Ama de la tierra, mujer del norte. ¿Tú qué sabes de naciones santas, de querubines y ángeles infructuosos?
¿O centinelas no dignos?
¿Acaso bajara de sus cohortes Elesaicos, Athena, la resplandeciente de algarabías?
Quizás Francesco compungido por la deshonra y se atreverá a decir: ¡Es la ciudad de Dios quién peca!
¡Basta! Falsa y engaño. Solo los Mapuches lo sabén, solo los maestros impuros lo recuerdan. A tí, mujer.
Ellos gritan: ¡Mira a nuestra Reyna leer los subconscientes!
¡Fulmina los corazónes, con sus zafiros ojos nos estremecen!
¡Más calumnias! ese truco también lo conoces.
¡Calla! ¡qué mis principados no se den por aludidos!
Los únicos que lo comprenderán son mis hermanos, los no creyentes.
¡Que nos juzguen!

¡Que eleven sus manos y se atrevan a reclamarnos!
Pero yo te he visto Sirena. Conozco tus parabienes. He recreado tu magia. ¡Yo sé qué me quieres!
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