Como fantasma empedregado, succiona el arrecife,
en multitud de artes, Jesua prefiere dormitar.
Las burbujas marinas suben hasta un pedestal inclinado,
este demonio que encomienda su maltrecho corazón,
se adentro a las profundidades y allí se transformo en sirena.
 
Los velos que recubren una fisonomía tal, lograron construir en sus postales de luminescias una coyuntura similar al Leviatán.
A numerosos barcos de oriundos extremos, le advirtieron cuando sus barcazas inclinaran su albatros en aquellas arenas, no despertar el himno que conciben esas valkirias.
 
Pero, el astuto Odiseo, remando con sus ánforas y esplendidas velas surcando el horizonte centellante,
según él bendecido por la magnificencia de Eros mismo, no presta atención a las consecutivos reproches.
 
Y llegando al océano, cuna de monstruos mitológicos y hermosos
fecunda en aquél mar, una semilla de su estirpe.
 
De su Lujuria carnal, nace, Jesua, dulcinea predilecta,
sus amplios retazos que ennoblecen su textura de beldades, conquistan a su interlocutor y el maravilloso guerrero se enamora fatalmente.
Tiene como simbólico estandarte, un ramillete que ennoblece sus facciones griegas, el nacimiento en vida, su conquista más inusual.
 
El que se hizo llamar una vez, caballo de Troya
no puede soportar ver semejante Venus retornar a ultratumba,
y le exige, una sinfonía para deleitarse con la voz de pálidos confines.
Ella, en cambio, arrebata al marinero y sin previo aviso, lo hunde en las aguas que sienten una corriente.
Y el hombre que supo retar mil tormentas, es devorado en altamar.
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