NOCHES...
Hablaba con él todas las noches. Cuando caían las sombras entablaba una conversación tan sutil, tan clara que a su juicio resultaba exquisita. En muchos y prolongados coloquios a manera de Baudelaire hacían poesía en prosa. Algo así: que tal amigo, de dónde que hoy tu mirada conserve ese silencio del que tantas veces hemos hablado. Noto en tu voz un deje de misterio. Tal vez el eco de Shakespeare, de Cervantes o de Gabriel García Márquez está procediendo tu ánimo, ese que siempre ha estado enmarcado en la crudeza de las palabras que emites.
Ahora latente veo en tu pecho el eco de tus delirios y me basta reacomodarlo en lo que apercibo para denotar tu ambición de consumar hoy una sentencia. Ante esto solo el silencio. Sin rostros, absorbidos en el claro oscuro de la habitación, como marionetas endilgaban unos torpes movimientos a manera de mimesis barata. El cruce de palabras, ese monólogo donde uno dibuja lo que representa al otro, donde como afirma la psicología perturba la emocionalidad por escrutar demasiado ligero la intención que oculta el sentimiento ajeno.
Miraba desde su compostura lo que el otro hacía, navegaba en su inconsciente, trataba de escucharle… que por lo menos hoy fuera su compañía conversacional…seguía escuchando solo lo que él quería oír.
Por un momento enloquecido y desdichado, abrió una botella de Chapoutier, sirvió la copa, brindó con él. Ambos bebieron el vino con una decisión inminente. Sonrió, no pudo ver en el rosto del otro su sensación pero la intuyó como todas las noches. Decidido ya a darle rienda suelta a su destino, para no agotar más su torpeza apagó la luz, con ello desapareció su sombra. Nuevamente presidió el silencio. Ya sin verse retratado en la pared, podría decirse a sí mismo en la oscuridad de las tinieblas lo que necesitaba oír para conciliar de nuevo el sueño.
Ahora latente veo en tu pecho el eco de tus delirios y me basta reacomodarlo en lo que apercibo para denotar tu ambición de consumar hoy una sentencia. Ante esto solo el silencio. Sin rostros, absorbidos en el claro oscuro de la habitación, como marionetas endilgaban unos torpes movimientos a manera de mimesis barata. El cruce de palabras, ese monólogo donde uno dibuja lo que representa al otro, donde como afirma la psicología perturba la emocionalidad por escrutar demasiado ligero la intención que oculta el sentimiento ajeno.
Miraba desde su compostura lo que el otro hacía, navegaba en su inconsciente, trataba de escucharle… que por lo menos hoy fuera su compañía conversacional…seguía escuchando solo lo que él quería oír.
Por un momento enloquecido y desdichado, abrió una botella de Chapoutier, sirvió la copa, brindó con él. Ambos bebieron el vino con una decisión inminente. Sonrió, no pudo ver en el rosto del otro su sensación pero la intuyó como todas las noches. Decidido ya a darle rienda suelta a su destino, para no agotar más su torpeza apagó la luz, con ello desapareció su sombra. Nuevamente presidió el silencio. Ya sin verse retratado en la pared, podría decirse a sí mismo en la oscuridad de las tinieblas lo que necesitaba oír para conciliar de nuevo el sueño.
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