Niño Visera:
Ignorando la fatídica resolución de su miseria, aquella mañana despertó entre los trapos que cubrían la sobra lánguida de su cuerpo y la fila recta de maquinas apuntando. Solo, en una ciudad que aun no amanecía, con diez años de vida y de calle, sospechaba el motivo de la visita. Su temor giraba en torno al encierro perpetuo, a la imposibilidad de quedar excluido del consumo del paco, que envenenaba su sangre y aliviaba la podredumbre de sus sentidos. Nunca supo bien que era sentir, le arrebataron la oportunidad de conocer el sentimiento provisto en un abrazo. Los únicos abrazos eran causalidad del forcejeo con las maquinas de acero sólido, verdugos del poder, que maniataban sus muñecas con cadenas apuntándole a la nuca.
Las primeras voces aterradas de la radio anunciaban una catástrofe general; "estamos en una guerra civil" "nos están matando a todos" "hay que hacer algo urgente, tenemos que unirnos" reclamaban los gritos inundados de terror y alarma ante el peligro primordial de la nación. Antes fueron los comunistas, quienes intentaban desordenar y producir caos en la sociedad del justo orden. Hoy, son los niños viseras, quienes buscan corromper la organización institucional y la paz civil con la amenaza latente de existir, de vagar por las calles, "nacidos del repollo del mismísimo demonio", predicaban en el templo. Criaturas corruptas de la paz que merece la sociedad bien nacida, que los mata legalmente en la indiferencia. "Hay que matar a los que matan" decía la voz diva del suicidio, acompañada de poderosos y asustados monarcas burgueses, que desean el bien común tanto como asegurar la reproducción de sus riquezas.
Pero aquella mañana el niño recordaba a sus padres, lo mucho que había sufrido antes de escapar de su casa, el hambre y llanto de su madre, el dolor violento de su padrastro sin trabajo ni proyectos, los golpes y el deseo inconciente de morir.
Su día había llegado. A pedido del interés general; el mismo sector social que tiempo atrás aplaudía fervorosos cuatro décadas de políticas neoliberales de exclusión masiva, hoy, apoyaba las voces de sus mas funestos representantes mediáticos, en vistas de cumplir con la voluntad mayoritaria del pueblo y garantizar la seguridad nacional. El que mata muere, dicen desde Miami o Nueva York, en el barrio privado de Pilar o en Recoleta y Puerto Madero, las voces del "clamor popular".
Con las armas apuntándole, el niño recordaba las tortafritas de su madre, su desdichada sonrisa, el anhelo de una vida mejor, mas digna, mirando cada noche la programación; el programa de Susana, a quien tanto amaba por su sencillez de mujer popular. Nunca pudo llamarla como hubiese deseado, para que Susana le diera una solución a su vida. Recordaba a su padre, llegar cansado de la recolección de desperdicios, entregarse al pequeño televisor blanco y negro, riendo desorbitado ante el humor grotesco del programa más éxito. Cuanto tiempo había soñado estar allí, siendo victima de una cámara oculta o haciendo algo por un sueño, estar allí, ser como ellos, pertenecer a ese paraíso. Nada de eso era para ellos. Los personajes de sus alivios nocturnos, pertenecían a la clase social Verduga, minoría dominante, portadora del control ideológico y económico, dueña de su ciudad y sus esperanzas.
El niño visera pecó de inocente, pecó de niñez, por no esconderse, por solo pensar que lo llevarían preso eternamente. Confiaba en su estado estropeado y en la compasión, en la piedad de una sociedad que ya lo había condenado al nacer, machucado suficiente, prohibido demasiado, y arrojado a las orillas de los rascacielos sin amparo. El también culpaba al paco y no al mercado que lo distribuía. Sus sentimientos de fracaso e inferioridad, tenían origen en la justificación burguesa, promocionada sin cansancio para la fabricación de representaciones sociales, que alimentaran el sentido común de sus agentes y sus victimas. El se creyó que merecía ese estado de vida, creyó que merecía la soledad mas prematura y cruel que pudiese soportar, creyó que era su culpa el abandono, el no ser como los demás niños, pensó que él no quiso estudiar y no tuvo voluntad para trabajar. Murió convencido de que merecía morir por el bien de la sociedad. Sociedad de consumo, que necesita del orden para sostener sus privilegios.
Y las maquinas lo acribillaron, como al peor de los criminales. Carlos Menem, entre otros servidores del bienestar general, miraban asombrados desde sus barrios privados, la terrible inseguridad de los tiempos que corren.
Los medios masivos de comunicación anunciaban aquel medio día; "murió niño delincuente"; "llevaba visera"
Juan Ignacio García.
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