El salvaje

Cuentos

En eso apareció un viejo y comenzó a juntar con un rastrillo unas pocas hojas sobre un montón bastante grande que ya había sobre la vereda. Luego se agachó y, con un encendedor que sacó del bolsillo de sus pantalones, encendió el montón.

La humareda que salió de ahí fue tan intensa que no me dejó ver a la piba que en ese momento pasaba por enfrente, para colmo todo el humo parecía dirigirse con intención a mi cara, hecho que me hizo estornudar unas diez veces seguidas: ¡viejo de mierda!, grité en medio de la humareda, ¡contaminador!, entonces la nube de humo se abrió y apareció el viejo con la cara enloquecida y el rastrillo en alto. Fue tan rápido el movimiento que hizo con el brazo que no me dio tiempo a esquivarlo por completo: igual, gracias a mis reflejos y para alivio de mi piel, pude contorsionarme hacia atrás, pon lo cual los dientes del rastrillo solamente pudieron rasgar mi remera.

No bien noté que el viejo llevaba el rastrillo hacia atrás para golpearme con nuevo impulso, aproveché que se había descubierto y, saltando con toda la agilidad que con mi cuerpo podía lograr, me lancé hacia delante -pierna derecha extendida- y le coloqué una patada  en medio del pecho.

Creí que con eso la pelea había terminado, pero el viejo se levantó con bríos renovados y amenazó matarme.

Yo salí disparando y el viejo detrás de mí. Me corrió dos cuadras y entonces vi como frenaba y se tomaba el pecho por la agitación. ¡Viejo puto!, le grité desde lejos, y el viejo se desplomó en medio de la vereda. Con algún miedo, pero sin poder aguantarme la risa, salí corriendo de inmediato. Tan rápido corrí, que pronto me encontré frente a la verja de la casa de Laurita. Me alisé el pelo con las manos, tomé un poco de aire y golpeé. Tardó un poco la puerta en abrirse y ofrecer la belleza simple de Laura, belleza algo asediada por unos kilitos de más que habían empezado a notarse en su cuerpo meses atrás y sin razón aparente.
-¡Hola mi amor!; ¿qué hacés?, pasá pasá.

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Entré sin remilgos y le toqué la cola mientras ella cerraba con llave. Se encontraba descalza, en bombacha y remera. Me hizo pasar a la cocina donde estaba tomando unos mates y estudiando de unos apuntes. Me cebó un mate y me tendió una hoja. El mate estaba lavado y los apuntes borrosos, así que bebí uno y leí el otro con disgusto.


-¿Y, qué opinás?- me preguntó mientras yo le devolvía ambas cosas.
-Está horrible- respondí.
-No, digo del apunte.
-No sé, ¿a esta hora pretendés que mi cerebro funcione?
Laurita se levantó y le cambió la yerba al mate y puso la pava a calentar. Se reía la muy simplona. Yo aproveché que se había levantado para tirarme en su silla
-¿Qué te pasa que te reís?
-Nada- dijo -me pone contenta que estés acá, nunca venís a la mañana.
Fue hacia el comedor y volvió con una silla. La colocó enfrente de mí. Sacó la pava del fuego y se sentó. Se tomó tres mates seguidos sin convidarme. "Te vas a poner verde de tanto tomar mate", le dije.
-Me voy a poner como vos- respondió, pero yo no comprendí, y me puse serio, tal vez por eso estiró uno de sus pies y con la planta me acarició la entrepierna. Estuvo así como un minuto y yo la miraba sin hacer un gesto; ella reía y se le arrugaban la frente y las comisuras de los labios. Finalmente me pasó un mate, sorbí y de inmediato empecé a sentir nuevos dolores en la boca del estómago. Me levanté de la silla, corrí hasta la pieza de Laurita, tomé un libro y me dirigí al baño.
-¿Qué te pasa?- me gritó desde la cocina.
-Me agarraron ganas de leer mientras cago - le dije desde el inodoro.
-Pero te pusiste rojo de golpe: ¿estás bien?


Sí, grité, mientras leía el libro que había tomado al azar de entre todos los libros de ella. Decía, en la página que había escogido al voleo, lo siguiente: cuando uno comete un error, no debe lamentarse o intentar a toda costa encontrar una manera de remediarlo; lo correcto es tomar nota del mismo, para recordarlo siempre y no volver a cometerlo; de esta manera, acumulando errores en un cuaderno destinado a tal fin, se irá acumulando experiencia y un mayor conocimiento sobre la naturaleza maligna del hombre, hecho que permitirá, cada vez, estar más adentro de las sendas del bien.

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No puede ser, no puede ser, pensé, Laurita no puede leer esta mierda, y cerré y abrí al azar nuevamente; tal vez por puro masoquismo decidí seguir leyendo: a veces el ser humano, en su vida social, es llevado a situaciones de tal intensidad que merecen la generación de un espacio prolongado para la meditación. Por eso es altamente recomendable, por las noches, antes de acostarse, cerrar los ojos y, reconcentrado, intentar encontrarse con el centro de uno mismo, esa región desconocida que debería ser habitual. Si logramos conocer nuestro interior y dialogar con nuestra conciencia en forma adecuada, nuestra naturaleza verdadera saldrá al exterior durante el día, llevando nuestras relaciones sociales al nivel más elevado posible, es decir, a nuestro nivel potencial, proporcionándonos así la felicidad tan anhelada.


Pensé que un libro de autoayuda merecía más el destino generalmente asignado al papel higiénico, que al menos dejaba, con su blanco, espacio a la fantasía, por lo que le arranqué algunas hojas y me limpié el culo. La operación fue difícil, ya que al ser las hojas gruesas, duras, es difícil maniobrarlas, pero esforzándome lo logré. Era increíble que un editor decidiera gastar tanta plata en una edición de tapas duras, bellamente ilustrada en la portada, para un libro tan malo, pero claro, un contenido de tan baja calidad debía estar acompañado, en compensación, de cierta envoltura de saludable aspecto.


-¿Qué te pasa que tardás tanto?- gritó.
-Nada- respondí-  es que me enganché leyendo el libro.
Mientras veía correr el agua por el inodoro, tentado estaba en arrojar el libro completo, pero preferí no hacerlo. Al fin y al cabo ¿por qué le acababa de arruinar el volumen, qué derecho tenía yo de elegir lo que era bueno y malo para ella?; y ahora: ¿por qué me hacía estos cuestionamientos?, ¿acaso el libro de autoayuda me estaba trabajando la conciencia? Para no hacerme más preguntas, metí el libro en el botiquín y, frente al espejo, observé mi tono lívido habitual. Por suerte, pensé, ya estoy bien. Salí del baño. En la cocina Laurita seguía tomando mate, uno tras otro se cebaba, y los liquidaba de un sorbo, pero de los apuntes, nada: ni siquiera los hojeaba, encima había encendido la tele y miraba un noticiero: si seguía así le iba ir para el orto en el parcial que tenía que dar al día siguiente. Por un momento sentí el deseo de sugerirle que podía ayudarla a estudiar, ya que inteligencia no me falta, ni capacidad de síntesis, pero si la enganchaba con el estudio no íbamos a poder hacer nada más, y así en bombachita como estaba lo que menos ganas me daba era de hacerla estudiar.
-¿Qué hacés ahí parado con esa cara de boludo?- exclamó. De inmediato me senté, tal vez por pensar que realmente me veía como un boludo, aunque si volvía al baño y me miraba en el espejo mi aspecto seguro que iba a ser el mismo de siempre, pero cuando estaba con Laurita mi espejo eran sus ojos y sus palabras y no había nada qué hacer contra la imagen que ella proyectaba de mí: modificarla hubiera requerido modificar mi forma de ser o mi aspecto físico, cosas que me parecían, tanto la una como la otra, imposibles de realizar. De golpe Laura me dijo: "sacate esa cara de boludo y mirá la tele, están dando un informe de algo que pasó hace un rato acá cerca de casa, a unas cuadras nomás; vení, dale, mirá, hay un viejo tirado"
-Ah, sí- le dije, sin sorprenderme- quedate tranquila que lo único que le pasó al viejo ese fue que lo golpearon, mejor dicho, lo golpeé yo.
-¿Vos?, dale, no te creo.
-En serio te digo, fue mientras venía para acá.
-¿Le pegaste a un anciano y encima te jactás? Vos sí que sos un verdadero cínico.
La cara seria de laurita me dio miedo: nunca antes me había mirado así. Le dije:
-Pero qué querías que hiciera, fue en defensa personal, ¡el viejo me atacó con un rastrillo!
-Sí, te creo, ahora no sabés como arreglarla- me disparó con un tonito de voz enojoso.
-Ay, me siento mal- dije, y me lancé nuevamente hacia el baño. Volví a leer unos fragmentos del libro de autoayuda mientras defecaba con fluidez líquida. Cuando terminé, esta vez sí, desarmé todo el libro y lo arroje al inodoro, tiré la cadena y vi como giraba en círculos concéntricos cada vez más pequeños junto a mi mierda hasta desaparecer por completo. Mientras me jabonaba las manos oí el grito de laurita:
-Vení, parece que la cosa se complicó; mirá.
Me acerqué a la tele y vi a dos hombres vestidos de blanco que, en camilla, subían al viejo a la ambulancia. El periodista se acercó a uno de los enfermeros y le preguntó el estado del paciente.
-Está respirando muy débilmente. Esperamos que se recupere.
Encendieron la sirena y la ambulancia arrancó. Varios vecinos ya rodeaban al periodista, seguramente para husmear y de paso robar un poco de cámara. Una señora de unos 50 años con cara de bruja dijo que desde la ventana de su casa había visto todo. Según su versión el viejo estaba tranquilo quemando unas hojas cuando un muchacho joven con aspecto de drogadicto se le acercó y le dio un fuerte golpe en el pecho al grito de "muerte a los viejos". "Soné" dije para mis adentros, y me asaltó el deseo de que a la vieja la partiera un rayo.
-¿Y usted no hizo nada, señora?- la picó el periodista, que quería calentar la situación de cualquier manera.
-Mirá si iba a salir a la calle para que el drogadicto ese me atacara a mí también, con lo salvaje que están hoy en día todos esos delincuentes. Fíjese que atacar a un señor que es un verdadero pan de dios.
-¿Y no llamó a la policía, señora?
-Claro, llamé de inmediato. No entiendo como pudieron llegar ustedes antes que la policía. ¿No tendrán un acuerdo para que les avisen, no?
El periodista se sintió incómodo, entonces cambió de interlocutor, pero el otro vecino que escogió tartamudeaba: evidentemente no sabía nada de lo ocurrido y quería hablar por hablar; se despachó diciendo que el país era un desastre, que la inseguridad, que esto y lo otro, y terminó sonriente con: "un saludo para todos los que me  conocen". El movilero, francamente disgustado (tal vez incluso sintiéndose degradado por el trabajo que tenía que hacer habiendo estudiado periodismo con otras expectativas) hizo una síntesis de los hechos; luego, en el televisor apareció a pantalla completa una placa roja que en letras blancas decía: "débil anciano atacado a muerte con alevosía por joven drogadicto". La situación ya se había tornado insoportable para mí, por lo que me acerqué a la tele y la apagué. Me senté en una silla y observé a Laurita que tomaba mate sola y me miraba con desconfianza. Después de largos minutos silenciosos le pregunté:
-¿Qué te pasa?
-¿Y todavía lo preguntás?- me dijo con la cara transformada- ¿no te das cuenta de la magnitud de lo que hiciste?, podés haberlo matado, sos un verdadero salvaje, y yo te tengo en mi casa...
-¿Yo un salvaje?, si ya te dije que el tipo me atacó con un rastrillo. Lo golpeé, es verdad, pero lo hice en defensa personal.
-Vamos, no me mientas a mí que te conozco mejor que nadie, sé que sos un poco sacado, y que podés tener arranques de violencia...
-Laurita, pero por favor, si nunca te levanté una mano, vamos, decime que conocés a alguien más manso que yo...
-Todo el mundo es más manso que vos, y sí, me acuerdo que una vez me levantaste la mano, ¿no te acordás?: una vez que estábamos en la cama y me pegaste una cachetada, eh, hacé memoria, estuvimos peleados por un mes después de eso.
-Está bien, pero no fue más que una broma que vos malinterpretaste. De ahí a ser un salvaje y un asesino hay un largo trecho. Admitílo Laurita...
-Además está la vieja esa que habló, y dijo bien clarito que un joven golpeó a ese hombre que, según ella, es un pan de dios.
-¿Y vos le creés a todo lo que te dice la tele?
-Es un noticiero, y yo creo en la seriedad del periodismo, además vos mismo me admitiste, riéndote, lo que  habías hecho- luego de hablar, Laura se levantó de su silla, se acercó a la tele y la encendió. Una nueva placa había aparecido en pantalla: "último momento: viejo débil es asesinado a los golpes por joven salvaje".

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Me agarré la cabeza, pero lo que en verdad más me dolía era el estómago. Laura ahora me miraba como si yo fuera un psicópata. Corrí hasta el baño. Estuve como media hora sentado al inodoro, haciendo fuerza para ver si eso me aliviaba un poco, y me alivió, pero cuando me limpié, me quedé con la sensación de que todavía quedaba mucha materia dentro de mi cuerpo a ser evacuada. Me dolía el traste de tanto limpiarme en el bidé. Mientras encendía un fósforo para ahuyentar un poco el olor escuché el ruido de un auto estacionando frente a la casa. Salí del baño. Laurita no estaba en la cocina. Fui al comedor y espíe por la ventana: era la policía. La estúpida de Laura les estaba abriendo. "Ésta guacha me vendió" pensé. Eran dos tipos, uno  rechoncho y otro de estatura casi media, algo flaco.

Entraron.
-Tenemos que hablar- me dijo el menos bajo. El rechoncho observó a Laura con atención y se la llevó aparte: el otro me interrogó: yo mentí lo mejor que pude. Cuando el rechoncho volvió, me puso las esposas.

  • -¡Yo no quise delatarte!- gritó Laura, mientras me llevaban al patrullero, frase que me confirmó que era una traicionera hija de puta.

  • Después de un juicio que me pareció injusto, en el que declararon la vieja con cara de bruja y el tipo que le había mandado saludos a sus

  • conocidos,  me dieron veinte años de prisión. Mis padres lloraban desconsolados, yo me llevaba las manos al estómago, que no paraba de chillar.

  • Tres días después de que comenzara mi encierro, entre las visitas vi cómo sobresalía el rostro radiante de Laurita. Yo no podía creer que ella

  • todavía me quisiera; además, venía con un paquete entre sus bellas manos.

  • -Te traje un regalo- me dijo desde detrás de los cristales.

  • -¿Qué es?- pregunté.

  • -¡Ah!: sorpresa.
    Cuando se fueron las visitas, uno de los polis me alcanzó el paquete. Me hubieran venido bárbaras unas cajitas de pastillas de carbón para combatir la diarrea, pero por la forma del envoltorio era evidente que no se trataba de eso. Rompí el papel con ansiedad: era un libro de autoayuda.

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