La Bella propició el duelo entre un Sanguinario Pirata que solia complacerse en arrancar con su garfio los ojos de sus esclavos, y un Tirano de una remota isla que se ufanaba bebiendo en su honor la sangre de los degollados de su pueblo.
Quisieron los dioses que, tras singular combate, ninguno se sacara ventaja. Se les concedió a ambos, en virtud del valor demostrado en el fragor de la lucha, el privilegio de matarse uno al otro como les complacía deleitarse.
Un pueblo y un manojo de esclavos sentenciaban a cada instante: "¡Alabada sea la Bella, por siempre lo sea!".
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