Me iré de tu vida
una tarde cualquiera,
de repente me iré,
que no te quede nada,
ni mi sombra en tu cuerpo
ni mis libros apilados,
ni mi taza sin plato.
 
Que se borren en la alfombra
las marcas de mis tacos
y ventiles los rincones
donde nos embriagábamos
bebiéndonos a ratos.
 
Ni el cepillo de dientes,
ni el crepúsculo opaco,
ni el más mínimo rastro
de mi piel en tus uñas.
Me iré sin anunciarlo,
que no te quede nada.
 
Me llevaré el olvido
y mi nombre y mi gato,
y tu olor en mi sexo,
y algún viejo retrato.
 
Me iré, de todas formas,
aligerando el paso,
con la sonrisa rota
y los labios pintados.
 
Y en la casa de grandes cortinados
bajo las tejas del alero del patio,
sin los sueños de nadie
anidarán los pájaros.
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