Carta 1.
Querida Marta:
Cuento los días desde la última vez que pude verte, son demasiados ya. Sin embargo, te siento tan cerca en mis pensamientos que casi podría tocarte. Todo me recuerda a ti. La risa de las niñas, el chismerío de mis tías, las personas en general. El sol, la lluvia, el mar, la arena; esta hoja en blanco que relleno con palabras que me llevan hasta ti. Sueño mucho contigo Marta, incluso despierta. Te dibujo, así mire donde mire te encuentro. Te extraño tanto… tanto… tanto…
Quiero besar tu lunar.
Siempre tuya, Isabel.
 
Carta 2
Querida Isabel:
Leerte es lo más parecido a tocarte. Hay días en los que me imagino a tu lado mientras escribes, mientras me escribes. Yo solo te miro, miro tus gestos, siento cada palabra que me regalas. Me fijo en tus manos, en tus lunares, en tus pausas, en tus prisas. ¿Sabes? Imagino todas nuestras cartas juntas como si fueran amuletos, y a nosotras desnudas encima de ellas. Como si todas las palabras que nos fuimos enviando, pudiesen protegernos, del frio, de la distancia, de la gente. Antes de abrir una carta tuya, la abrazo con fuerza, te abrazo con fuerza. Tu escritura calma mi impaciencia, el miedo de no volverte a ver. A veces pienso que no vas a contestar, pero tus palabras de amor se meten por la piel. Yo creo que, si te gusta mi lunar, es porque fue escrito por ti.
Yo también quiero besar tus lunares como si fueran míos.
Te quiero tanto…
 
Pasaron años, las cartas se detuvieron en algún momento. Lo que nunca se detuvo fue el sentimiento, la esperanza de encontrarse de nuevo. Estaba escrito, muchos años después Marta viajaría al pueblo de Isabel, la maestra. Enseñaba a niños pequeños, disfrutaba de su trabajo y de tratar con esos revoltosos chicos. Isabel estaba en clase cuando vio a Marta asomarse por la puerta, de inmediato salió para abrazarla. Los niños saltarían de sus asientos a ver que sucedía. De buen humor, Isabel los reta como puede, haciéndolos volver a la clase.
Isabel cargó el equipaje de Marta hasta su casa, donde se quedaría. Marta miraría curiosa todo lo que tenía aquel cuarto; la cama individual, el escritorio lleno de dibujos, los cuadros pintados con una firma de “I.M”. Isabel la miraba en silencio, conteniéndose como podía.
- ¿Quién es ella? - Pregunta Marta, mientras sostiene un dibujo de la figura de una mujer.
Página 2
Isabel se acerca lentamente. “Eres tú” dice, y la besa con cuidado. Ambas se ríen sin poder creer que estaban allí, que la distancia no había matado el amor que se tenían. Entonces continúan el beso, de un andar tímido a un desenfreno pasional.
Comienzan a desvestirse, nada borrará la sonrisa de sus rostros. Siguen besándose, acariciando partes del cuerpo que habían extrañado. Marta besaba los lunares en la espalda de Isabel, con el torso desnudo, entre jadeos y placeres. Isabel la tomó del brazo y la llevó a su cama. “Te amo” repetían, y otras palabras que habían querido decirse. Pero palabras no les faltaron nunca, era momento de disfrutar sus cuerpos como si el mundo se acabara. Besando sus pechos, besando sus pies, besando sus cuellos, besando todo lo que hubieran querido besar. El tiempo perdido, perdido estaba. No era momento de arrepentirse, porque el no haber estado juntas las había hecho vivir al límite. Este día llegaría, y sería como ningún otro.
Mirándose a los ojos, se detuvieron para hacer ese momento duradero. Marta seguía contando los lunares uno a uno, tratando de ocultar los suyos. A Isabel no le importaba, tendrían tiempo para eso. Se ocultarían bajo las sabanas, Marta comenzaría a recitar palabras como poemas.
-Has estado conmigo todo este tiempo.
Isabel responde
-Y tu conmigo cada minuto.
-Me mudaré aquí, contigo. Y estaremos juntas.
-Juntas, sí.
-Para siempre
-Para siempre.
Y casi al unísono sonaría un contundente “Te quiero”. La noche se tomaría un descanso, así como ellas al amanecer.
Las noches serían fantásticas, pero los días no tanto. Las atentas miradas de los ajenos hacían que se sintieran incomodas. No las detuvo el enemigo más poderoso, ¿Cómo las detendría el prejuicio? Aun teniendo a una sociedad hablando a sus espaldas, la pareja seguiría experimentando con sus cuerpos, con sus fantasías, con ideas estúpidas que las habían acompañado durante años.
A Isabel le divertía encontrar de repente a una traviesa Marta en la cama tras volver del trabajo. Rodeada de cintas, de telas que la cubrían en puntos específicos de su cuerpo.
-Eres una obra de arte- Dice Isabel, y procede a dibujarla.
-No hice esto para ser un jarrón que pintas- Dice, bromeando. –¿No te gusta?
-Me encanta.
Isabel se tira encima de su amada, los gritos agudos despiertan a algún vecino de su siesta. Ese tipo de vida podría ser insostenible, pero lo que dure es la mejor parte de cualquier historia.
Página 3
Quizá algún día se cansarán de sus besos, quizá algún día se cansarán de ser dos mujeres enamoradas, excitadas por la idea de ser diferentes, emocionadas por mantener esa poética relación. Por ahora, los hombres no forman parte de la discusión, aunque ellos si hablan mucho de Isabel y Marta. Hay falta de halagos, hay falta de respeto, pero ninguno de esos hombres podría satisfacer a Isabel como lo hacía marta, o viceversa.
¿Ese hecho los inquieta?
Puede que así sea, mientras tanto Marta escribe una carta para no perder la costumbre de escribir cosas hermosas.
A pesar de todo, mereció la pena. Nos despertó la inocencia, y fue su risa la que me secó tras un día de lluvia. No sabíamos que pasaba, solo que no podíamos evitarlo. Fuimos dos mujeres que se atrevieron a ser quienes no eran, o quienes no deberían ser. Mordimos el miedo entre los dientes, al pasar por todas las miradas que nos juzgaban. Ni la distancia ni el tiempo que nos pusieron de por medio consiguió frenar la sed que teníamos la una por la otra. Las cartas, las letras, los besos a través del papel. Por fin, fuimos una sola, nos entregamos a nuestro mundo, donde solo podíamos entrar tu y yo, dos personas que se aman alejadas de lo malo. Nos inventamos un camino para huir de este mundo cruel, sacamos todas nuestras fuerzas para derribar cada muro, cada obstáculo. Solo mis manos recorriendo tu cuerpo, y mis labios deslizándose por los tuyos, daban sentido a cada injusticia, a cada golpe, a cada muestra de desprecio. Son humanos sin comprensión, y aunque no matan, lo hacen sin tocarnos. No merecíamos seguir muriendo, y la única opción era huir, o demostrar que somos iguales, aun siendo diferentes.
Quiero que sepas que la única verdad de la vida es el amor. Por eso, amor mío, estoy feliz de que seamos eso, un simple amor. Contigo soy libre, contigo soy feliz. Hemos perpetuado en la historia un amor intacto a través de los tiempos.
Te quiero, y te querré siempre.
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