Los dictámenes de la señorita Wenceslada en el caso de 1803 - Introducción.
AVISO IMPORTANTE: La siguiente es una historia de ficción. Contiene elementos de terror, misterio y asesinato. Se presentarán descripciones gráficas de eventos atroces. Se recomienda discreción.
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Me encontraba como en otro de los tantos días inmerso entre las viejas cajas de madera roída y polvorienta, donde la única humedad provenía de las gotas de sudor que caían por mi frente o recorrían mi cuello hasta chocar con la camisa blanca de manta que había decidido utilizar por recomendación de mi tío.
Sumergirme en los documentos del archivo del pequeño pueblo de M., había sido mi consuelo durante casi todo ese tiempo, aunque claro en unión con las narraciones de mis familiares, vecinos y algunos visitantes, las cuales ya he tomado debido registro y anotaciones. Eso no quita que dedique una parte considerable de mi tiempo a dejar mis manos recorrer estos legajos con sus hojas amarillentas si bien una buena parte intactas, otras más en retazos por culpa del tiempo (y polillas obviamente), donde no había sino en su mayoría, documentos del gobierno de ese poblado o su administración.
Los pequeños expedientes tratan los asuntos más comunes que se pueden esperar de un poblado dedicado principalmente a la agricultura; el traspaso de propiedades compra y venta de tierras, abundantes pleitos por los pastos, el agua o malos entendidos en los negocios, donde a las resoluciones se adjuntaban múltiples quejas y peticiones. Si no, documentos fiscales, mapas y señalizaciones de todo tipo, delicias que permitirían hacer estudios abundantes sobre la economía de este pequeño poblado.
Pero, como sabrán por mis escritos previos, en este archivo he logrado encontrar una serie de documentos importantes, desde el expediente sobre el juicio hacia el señor Vicente N., la correspondencia de la cofradía, entre otros. En esta ocasión, cuando revisaba los legajos respectivos a los primeros años del siglo XIX, me encontré con los fragmentos de unos dictámenes realizados bajo la firma de la señorita Wenceslada, hija del secretario adjunto del ayuntamiento, Marcos S.
Con la mayor parte del cuerpo de estos documentos íntegros (el desgaste es solamente visible en sus bordes), es que he podido realizar la debida copia de lo que mantienen escritos, pues bajo mi ética es bien sabido que no puedo simplemente añadir estos legajos a mi portafolio, sino las mismas copias que realizo por las tardes, después de comer otro plato abundante de frijoles y beber agua hasta llenar el cogote.
Es así como añado un capítulo más a lo inexplicable alrededor de estos vagos y olvidados parajes.
***
Me veo en la imperiosa necesidad de realizar cuando menos una breve descripción alrededor de las condiciones del pueblo de M. hacia comienzos del siglo XIX, con el fin de que el lector pueda entender de mejor forma los acontecimientos narrados en los documentos, así como acercarse de manera más acertada a los personajes que se encuentran presentes.
En el censo de 1790 hecho por el Segundo Conde de Revillagigedo, hubo varios problemas para la intendencia de Guadalajara (anteriormente el reino de Nueva Galicia), por lo que no existe una claridad definitiva en cuanto a la población de la provincia. Si bien en su conjunto la población novohispana pasaba apenas de los tres millones de habitantes, podemos concluir que en la intendencia existirían más de cien mil habitantes (en la intendencia de Guanajuato había más de cuatrocientos mil).
La región del pueblo de M. no ha sido particularmente habitada, el pueblo y sus haciendas aledañas a día de hoy tiene apenas unas seiscientas almas, me cuesta imaginar que hace más de cien años superase las trescientas. Hay algunas actas del censo, la totalidad fechadas por el secretario Marcos S., quien habría sido enviado por el gobierno de la intendencia y llegaría junto a su hija, la señorita Wenceslada.
Antes de hablar lo poco que encontré de esta misma, debo hacer mención sobre el gobierno de la época. El pueblo era parte de una cabecera mayor que tenía su sede en la alcaldía de L., pero se gobernaba dirigido por el señor Juan Fco. Güemes, quien tenía dos haciendas completas bajo su propiedad, la de la Caña y la del Tronco, y más de cincuenta hombres a su servicio, por lo que seguramente buena parte de la actividad del pueblo dependía de él.
Estaban tambien la hacienda de la Campana de los Maciel, la de las Rosas de los Beltrán y la de Santa Juana de los Aguiñaga, todas con dueños distintos y quienes terminaban de conformar parte de la élite, junto a otras dos familias que controlaban por un lado la mayor tienda de manufacturas foráneas, los Estrada y por otro lado los que administraban la cofradía de San Antonio y en su haber de donde usualmente provenían los curas de la parroquia, los Zugarra.
Con seis familias principales, no es raro que el gobierno del pueblo estuviera formado por un “alcalde” y cinco procuradores, es decir, un miembro de cada una de las familias poderosas, al que se terminó añadiendo el enviado de la capital, y debido a algunas de las cartas, esta adición fue más bien en contra de lo acostumbrado por el gobierno local y no causó pocos problemas.
No hay mucho que decir sobre la vida económica o social, las dinámicas realmente no serían demasiado distintas a las actuales, con una estrecha vinculación a la agricultura, ganadería y comercio. Celebrando las festividades religiosas usuales, resaltando únicamente la festividad del pueblo, el día 13 de junio por el santo local, pero poco más.
Quizás solo resaltar que el viejo templo de San Benito seguía de pie en la plaza principal, y que en la actualidad de esas seis familias que gobernaron en aquellos años, ninguna ha logrado sobrevivir hasta estos días en sus linajes principales, solamente un par y con familiares relativamente lejanos.
Teniendo estas consideraciones previas, hablare entonces sobre el señor secretario Marcos S. y su hija, la señorita Wenceslada. Sobre porque no la refiero como Wenceslada S., es debido a que ella firmaba únicamente con su nombre propio, fue gracias a un par de cartas que encontré, donde pude establecer la relación entre ambos, por lo que puedo pretender a decir que esta era cuando menos difícil.
La mayoría de los documentos del secretario Marcos S. se encuentran perdidos, imagino que si existen copias deben encontrarse en los depósitos documentales de la capital de la intendencia o del propio virreinato, los que hay son en su mayoría algunas actas y oficios sobre los procesos concretos para los cuales fue enviado, como el censo y poco más.
Por su parte sobre la señorita Wenceslada no hay mucho que decir, ya que lo que se ha logrado discernir es que tendría aproximadamente 20 años cumplidos al arribar con su padre al pueblo de M., a pesar de su condición de género, era letrada y con conocimientos de medicina y derecho, probablemente al ser única hija de un burócrata. No hay información sobre su madre, por lo que se puede suponer que ya había fallecido o se encontraba en la capital de la intendencia.
Lo escrito por la señorita Wenceslada fueron un total de cinco dictámenes que estaban agrupados en un legajo que llevaba por nombres “Reportes de salud”, así como otra serie de documentos con autores varios: siete cartas, tres testimonios y dos bandos públicos. No había datación concreta del año o siquiera del autor principal que solo conocí una vez que comencé la tarea de descifrar su caligrafía y darles un orden basándome en las fechas que exponían.
Además de los documentos compuestos por el legajo original, me atreví a sumar otros más que encontré en distintos legajos, pero que inevitablemente encontré vinculados a los acontecimientos descritos por la señorita Wenceslada, para no irrumpir el corpus o en caso de que mis suposiciones no sean correctas, determine dejarlos en un anexo al final, señalando así mismo en que punto de la cronología se ubicarían, espero una vez pueda tener acceso al archivo, encontrar más registro o validar mis propuestas.
Existiría un diario personal de la señorita Wenceslada, pero el mismo solo ha sido referido y no se encuentra ningún rastro de él, por lo que inevitablemente se deberá entender como perdido.
Y para poder dar comienzo, solamente haré presentes mis reglamentaciones de escritura vitales para poder mantener mi rigor personal y académico, entendiendo que posiblemente esto pueda ser publicado en un futuro.
En primer lugar, omitiré los nombres de lugares, con el fin de salvaguardar momentáneamente mi seguridad, en segundo lugar, haré lo mismo con los apellidos de las personas cuya presencia no se encuentre consentida en mis escritos, aun cuando ya hayan fallecido para evitar problemas potenciales con sus familiares y por última, no haré sino algunas inferencias en caso de sentirlas extremadamente necesarias o pertinentes.
Sin más, daré comienzo a esta nueva narrativa.
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Me encontraba como en otro de los tantos días inmerso entre las viejas cajas de madera roída y polvorienta, donde la única humedad provenía de las gotas de sudor que caían por mi frente o recorrían mi cuello hasta chocar con la camisa blanca de manta que había decidido utilizar por recomendación de mi tío.
Sumergirme en los documentos del archivo del pequeño pueblo de M., había sido mi consuelo durante casi todo ese tiempo, aunque claro en unión con las narraciones de mis familiares, vecinos y algunos visitantes, las cuales ya he tomado debido registro y anotaciones. Eso no quita que dedique una parte considerable de mi tiempo a dejar mis manos recorrer estos legajos con sus hojas amarillentas si bien una buena parte intactas, otras más en retazos por culpa del tiempo (y polillas obviamente), donde no había sino en su mayoría, documentos del gobierno de ese poblado o su administración.
Los pequeños expedientes tratan los asuntos más comunes que se pueden esperar de un poblado dedicado principalmente a la agricultura; el traspaso de propiedades compra y venta de tierras, abundantes pleitos por los pastos, el agua o malos entendidos en los negocios, donde a las resoluciones se adjuntaban múltiples quejas y peticiones. Si no, documentos fiscales, mapas y señalizaciones de todo tipo, delicias que permitirían hacer estudios abundantes sobre la economía de este pequeño poblado.
Pero, como sabrán por mis escritos previos, en este archivo he logrado encontrar una serie de documentos importantes, desde el expediente sobre el juicio hacia el señor Vicente N., la correspondencia de la cofradía, entre otros. En esta ocasión, cuando revisaba los legajos respectivos a los primeros años del siglo XIX, me encontré con los fragmentos de unos dictámenes realizados bajo la firma de la señorita Wenceslada, hija del secretario adjunto del ayuntamiento, Marcos S.
Con la mayor parte del cuerpo de estos documentos íntegros (el desgaste es solamente visible en sus bordes), es que he podido realizar la debida copia de lo que mantienen escritos, pues bajo mi ética es bien sabido que no puedo simplemente añadir estos legajos a mi portafolio, sino las mismas copias que realizo por las tardes, después de comer otro plato abundante de frijoles y beber agua hasta llenar el cogote.
Es así como añado un capítulo más a lo inexplicable alrededor de estos vagos y olvidados parajes.
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Me veo en la imperiosa necesidad de realizar cuando menos una breve descripción alrededor de las condiciones del pueblo de M. hacia comienzos del siglo XIX, con el fin de que el lector pueda entender de mejor forma los acontecimientos narrados en los documentos, así como acercarse de manera más acertada a los personajes que se encuentran presentes.
En el censo de 1790 hecho por el Segundo Conde de Revillagigedo, hubo varios problemas para la intendencia de Guadalajara (anteriormente el reino de Nueva Galicia), por lo que no existe una claridad definitiva en cuanto a la población de la provincia. Si bien en su conjunto la población novohispana pasaba apenas de los tres millones de habitantes, podemos concluir que en la intendencia existirían más de cien mil habitantes (en la intendencia de Guanajuato había más de cuatrocientos mil).
La región del pueblo de M. no ha sido particularmente habitada, el pueblo y sus haciendas aledañas a día de hoy tiene apenas unas seiscientas almas, me cuesta imaginar que hace más de cien años superase las trescientas. Hay algunas actas del censo, la totalidad fechadas por el secretario Marcos S., quien habría sido enviado por el gobierno de la intendencia y llegaría junto a su hija, la señorita Wenceslada.
Antes de hablar lo poco que encontré de esta misma, debo hacer mención sobre el gobierno de la época. El pueblo era parte de una cabecera mayor que tenía su sede en la alcaldía de L., pero se gobernaba dirigido por el señor Juan Fco. Güemes, quien tenía dos haciendas completas bajo su propiedad, la de la Caña y la del Tronco, y más de cincuenta hombres a su servicio, por lo que seguramente buena parte de la actividad del pueblo dependía de él.
Estaban tambien la hacienda de la Campana de los Maciel, la de las Rosas de los Beltrán y la de Santa Juana de los Aguiñaga, todas con dueños distintos y quienes terminaban de conformar parte de la élite, junto a otras dos familias que controlaban por un lado la mayor tienda de manufacturas foráneas, los Estrada y por otro lado los que administraban la cofradía de San Antonio y en su haber de donde usualmente provenían los curas de la parroquia, los Zugarra.
Con seis familias principales, no es raro que el gobierno del pueblo estuviera formado por un “alcalde” y cinco procuradores, es decir, un miembro de cada una de las familias poderosas, al que se terminó añadiendo el enviado de la capital, y debido a algunas de las cartas, esta adición fue más bien en contra de lo acostumbrado por el gobierno local y no causó pocos problemas.
No hay mucho que decir sobre la vida económica o social, las dinámicas realmente no serían demasiado distintas a las actuales, con una estrecha vinculación a la agricultura, ganadería y comercio. Celebrando las festividades religiosas usuales, resaltando únicamente la festividad del pueblo, el día 13 de junio por el santo local, pero poco más.
Quizás solo resaltar que el viejo templo de San Benito seguía de pie en la plaza principal, y que en la actualidad de esas seis familias que gobernaron en aquellos años, ninguna ha logrado sobrevivir hasta estos días en sus linajes principales, solamente un par y con familiares relativamente lejanos.
Teniendo estas consideraciones previas, hablare entonces sobre el señor secretario Marcos S. y su hija, la señorita Wenceslada. Sobre porque no la refiero como Wenceslada S., es debido a que ella firmaba únicamente con su nombre propio, fue gracias a un par de cartas que encontré, donde pude establecer la relación entre ambos, por lo que puedo pretender a decir que esta era cuando menos difícil.
La mayoría de los documentos del secretario Marcos S. se encuentran perdidos, imagino que si existen copias deben encontrarse en los depósitos documentales de la capital de la intendencia o del propio virreinato, los que hay son en su mayoría algunas actas y oficios sobre los procesos concretos para los cuales fue enviado, como el censo y poco más.
Por su parte sobre la señorita Wenceslada no hay mucho que decir, ya que lo que se ha logrado discernir es que tendría aproximadamente 20 años cumplidos al arribar con su padre al pueblo de M., a pesar de su condición de género, era letrada y con conocimientos de medicina y derecho, probablemente al ser única hija de un burócrata. No hay información sobre su madre, por lo que se puede suponer que ya había fallecido o se encontraba en la capital de la intendencia.
Lo escrito por la señorita Wenceslada fueron un total de cinco dictámenes que estaban agrupados en un legajo que llevaba por nombres “Reportes de salud”, así como otra serie de documentos con autores varios: siete cartas, tres testimonios y dos bandos públicos. No había datación concreta del año o siquiera del autor principal que solo conocí una vez que comencé la tarea de descifrar su caligrafía y darles un orden basándome en las fechas que exponían.
Además de los documentos compuestos por el legajo original, me atreví a sumar otros más que encontré en distintos legajos, pero que inevitablemente encontré vinculados a los acontecimientos descritos por la señorita Wenceslada, para no irrumpir el corpus o en caso de que mis suposiciones no sean correctas, determine dejarlos en un anexo al final, señalando así mismo en que punto de la cronología se ubicarían, espero una vez pueda tener acceso al archivo, encontrar más registro o validar mis propuestas.
Existiría un diario personal de la señorita Wenceslada, pero el mismo solo ha sido referido y no se encuentra ningún rastro de él, por lo que inevitablemente se deberá entender como perdido.
Y para poder dar comienzo, solamente haré presentes mis reglamentaciones de escritura vitales para poder mantener mi rigor personal y académico, entendiendo que posiblemente esto pueda ser publicado en un futuro.
En primer lugar, omitiré los nombres de lugares, con el fin de salvaguardar momentáneamente mi seguridad, en segundo lugar, haré lo mismo con los apellidos de las personas cuya presencia no se encuentre consentida en mis escritos, aun cuando ya hayan fallecido para evitar problemas potenciales con sus familiares y por última, no haré sino algunas inferencias en caso de sentirlas extremadamente necesarias o pertinentes.
Sin más, daré comienzo a esta nueva narrativa.
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