1
No podía emocionarse. Se ahogaba si reía o lloraba. Nunca había probado un cigarrillo, pero un fumador compulsivo le dejó como única herencia los pulmones deshechos. Ahora, a los 85 años, se pasaba el día sentada en la reposera de mimbre. Apenas comía. Y nadie la venía a visitar, aunque no estaba sola. Por ahora, su única compañía era su hijo menor, El Pelado.
El tipo tenía 35 años y había cumplido una condena por robo agravado. Estaba libre hacía dos meses. Desde ese momento, decidió poner las cuentas en orden con su madre vieja y enferma (y también con su alma). Casi le agradecía a dios tener la posibilidad de hacerse cargo de ese cuerpito de huesos frágiles, aunque fuera por unos meses.
Sabía (creía) que había encontrado la manera de pedirle perdón por el dolor causado. Ya no quería lo otro, aunque ese que fuera justamente su principal rasgo.
Qué pena el tiempo perdido, el dolor causado, el abandono y el desamor. Qué pena este camino sin salida y las secuelas que deja la tumba. Qué pena aguardar la muerte de la propia sangre al mismo tiempo que la hora en que se desatará su costado más cruel. El desalmado y el hijo pródigo son el mismo: un tipo que encontró la suerte y la desgracia en el mismo sitio.
Pero ahora (por ahora), el pistolero pica en pedacitos una pata de pollo y luego
prepara jugo de naranja y se lo lleva a la anciana que está sentada frente al televisor, en la otra pieza. La viejita da un mordisco al pollo y después prueba apenas un sorbito. El Pelado sabe que así no va a durar mucho. Está cada vez más débil. “Le queda poco tiempo”, piensa, y también piensa en que a él tampoco le sobre el tiempo.
“Solo un llamado y estoy adentro de nuevo”, murmura, pero ya no quiere eso, ya no quiere nada. Después, acompaña a la mujer al baño y la ayuda a acostarse.
2
Son las tres de la tarde. El Pelado se sienta en una piedra en la vereda, saca un cigarrillo, lo enciende y fuma. Piensa en el mensaje de texto que recibió ayer, donde Zurita le explicaba que era un trabajo “rápido, fácil y limpio, una familia de hacendados en un pueblito, tienen mucha guita en la casa”.
Son las horas que restan las que nos corroen por dentro. Ir en busca de una sangrienta quimera que en nada cambiará lo que ahora ocurre. Alguien se va y una mujer ya no estará a su regreso. Y la suerte ya está echada y nada ni nadie cambia. Una mujer está a punto de morir y una familia a punto de vivir una noche de espanto.
La tos de su madre lo saca del trance. Se levanta y camina hasta la pieza. La mujer lo ve desde la cama. “Deben estar muy ocupados, por eso no vienen a verme”, susurra y regresa al sueño.
Esa noche El Pelado respondió el mensaje. “y qué hay conmigo”. La respuesta llegó en el acto: “Paso en una hora. Vos manejás y de el resto me encargo yo, partes iguales”.
Y entonces ya no hay nada que hacer, ni qué decir o pensar. Un hombre bueno empuña la muerte y se convierte en otro. Un niño besa a una santa y luego se transforma en bestia. Por la noche será un verdugo cruel. Pero ahora, es un niño que mira por la ventana del auto y llora porque sabe que esa mujer ya no estará cuando vuelva.
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