Tengo una caja llena de fotografías que todavía respiran.
No sé cómo explicarlo.
Las fotografías deberían estar quietas. Pero algunas noches abro la caja y escucho.
Una respiración pequeña detrás del papel. Una risa detenida en los bordes. El rumor de una tarde que ya no existe.
Hay una fotografía en la que todos miramos a la cámara. Todos menos uno. Está mirando hacia otro lado. Durante años no entendí por qué. Ahora creo que estaba mirando algo que nosotros todavía no podíamos ver:
El futuro.
En otra fotografía alguien sostiene una taza. La mano parece a punto de moverse. Puedo imaginar el calor atravesando la porcelana.
En otra hay una ventana abierta. No recuerdo qué ocurrió aquel día. Pero todavía recuerdo el aire.
Eso es lo extraño de la memoria:
A veces olvida los acontecimientos y conserva perfectamente la temperatura.
Tengo fotografías de personas que ya no están. Algunas porque murieron. Otras porque la vida las llevó hacia otro lugar. Y otras porque, aunque sigan existiendo, dejamos de pertenecernos.
Esas son las más difíciles.
Porque una fotografía no entiende de despedidas. No sabe que dos personas ya no se hablan. Las mantiene juntas. Sonriendo. Con las manos cerca. Mirándose como si el mundo todavía no hubiera empezado a cambiar.
Una tarde encontré una fotografía de mi infancia. No era una buena fotografía. Estaba desenfocada. Tenía una esquina doblada.
Yo aparecía sentada en el suelo con las piernas torcidas y una expresión seria que no recordaba.
La miré durante mucho tiempo.
Y entonces sucedió algo extraño.
No vi a la niña. Vi a la mujer que todavía quedaba dentro de ella.
La reconocí.
En sus ojos estaba todo:
las preguntas,
la necesidad de sentirse querida,
la costumbre de esconder el miedo,
y esa forma obstinada de levantarse cada vez que algo dolía.
Pasé el dedo por la imagen.
-Te recuerdo - dije.
Y quizá fue entonces cuando comprendí que no estaba mirando una fotografía. Estaba escuchando a alguien respirar.
Seguí sacando imágenes.
Una playa.
Una mesa.
Una calle.
Una puerta.
Un cumpleaños.
Una tarde cualquiera.
Tantas cosas que, mientras sucedían, no parecían importantes.
Y ahí estaba la verdadera tristeza.
No habíamos sabido que estábamos viviendo momentos que algún día daríamos cualquier cosa por volver a tocar.
Cerré la caja.
Pero antes de guardarla me quedé con una fotografía.
No la más bonita.
No la más antigua.
Una en la que no ocurre nada.
Solo estoy yo, de espaldas,
mirando por una ventana.
Durante años pensé que aquella fotografía no significaba nada. Ahora sé que significa todo. Porque no puedo recordar qué estaba mirando.
Pero sí sé que aquella mujer
todavía esperaba algo. Y quizá eso sea lo que permanece cuando todo lo demás desaparece:
no la imagen,
no el rostro,
no la fecha,
sino esa respiración invisible de quien todavía cree que la vida puede sorprenderla.
Por eso conservo las fotografías. No para regresar. Ni para quedarme atrapada en lo que fui.
Las guardo porque algunas cosas merecen seguir respirando aunque ya no podamos volver a vivirlas.
Y porque, mientras alguien las mire con suficiente amor, ningún instante termina de morir.
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