Lamento la distancia, que se ha ido colando entre nosotros, lamento la pared que he levantado, donde cada negación ha sido un fuerte trozo de cemento, y donde cada escasa palabra se sigue apilando. Lamento que llegara este momento donde mis fuerzas desvanecen, busco valentía entre los miles de escombros de mi mente, pero no hay ningún indicio de ella, continúo rebuscando razones para decir frases que no nos hieran, y aunque las encuentro, sentadas esperando su pie para salir, deciden no hacerlo ¿o quizá lo decido yo? La verdad ya no estoy segura de nada, la incertidumbre es más que abrumadora, una maldita ceguera que nos deja a ambos al borde de una puerta que no queremos cruzar, pero ahora, al pie de las escaleras que conducen al final, el tiempo parece pesado, segundos y segundos que transcurren lentamente y a la vez no lo suficiente.
Lamento mirar esa sonrisa y dejar de mirarte en ella, lamento dejar de esperar que hablaras, que saliera de tu boca las respuestas que anhelaba mi ser, me odio y te odio por no ser suficientemente fuertes, por escuchar otras voces, que a pesar de ser falsas parecen reales y logran engañarme. Aun no es tarde, al menos no debo disculparme por no escribir a tiempo, pero sigo mirando el reloj y me aterra el sonido de sus agujas, ¿se acerca o se aleja?
Oh amor, siento como se pierden los colores y no sé cómo detenerlo. Esta vez, el mirar hacia otro lado no parece ser la respuesta, anda y dime que hacer, anda y vete antes de que te haga marchar con todos los sueños en el suelo, todo perdido por un beso, un maldito beso que al tener dejare de querer y volverá el color. Lo sé, pero a veces no podemos parar, aunque tengamos el muro enfrente pisamos el acelerador.
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