​La cuchara tropieza en el plato de barro.

Nadie limpia el hollín de la ventana,

pero el clavo sigue sosteniendo la pared,

duro, en su grieta seca.

​No hay cánticos en el umbral.

​Hay una mano que aparta la caliza,

el peso de la madera que cede un milímetro,

el agua constante que abre surco

entre la grava muerta.

​Sentarse en la piedra fría

es medir la anchura de la casa.

​Queda el alambre tenso que ata la cerca,

la costura a oscuras en la tela gruesa,

el pan duro que aún requiere dientes.

​Y bajo la suela de la bota,

inadvertida,

una humilde presión que ya no cae.

Antonio Portillo Spinola ©

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