El cuerpo de la víctima se quema en el fuego intenso, todo se reducirá a cenizas como una tragedia inevitable. Me retiré convertido en un monstruo, lejano al Francis que alguna vez fui. Renuncié a mi humanidad el día que perdí a la mujer que amo, el día que me la quitaron, y no es algo que haya decidido. Sus ojos claros me disparan con rayos de culpa, en mis recuerdos, ahí se mantendrá hasta el día que pierda la cabeza. Dejé a mi victima sin vida en el suelo, así como él hizo desaparecer el cuerpo sin vida de la bella Elisabeth Wilcox.
Ella se acercó a mí, un hombre triste, con mala cara y poco ánimo. Estaba sentado en medio de una multitud de personas que iban de un lado a otro, siguiendo sus rutinas por calles que alguna vez pensé conquistar. De repente, una extraña chica estaba tan cerca que podía sentir su olor, un aroma perfumado. Me habló como si nos conociéramos, y ciertamente no era la primera vez que nos veíamos. Resulta ser que fuimos compañeros en la escuela, cuando éramos adolescentes. No la reconocí, hasta ahora no puedo recuperar esos recuerdos por completo, solo tengo vagas ideas de su existencia. Su anterior versión se quedó atrapada en algún lugar, y todo lo que quedaba era la nueva Elisabeth: mujer joven, cabello corto, oscuro, suave. Cuando volví a casa traté de dibujar en el aire un calco de su belleza, pero mis dedos no tendrían la magia suficiente. Su rostro ilusionado me hizo pensar por un tiempo que tendríamos una verdadera oportunidad para ser felices.

Elisabeth mantuvo su misterio hasta el final. No fui capaz de confirmar la veracidad de sus palabras, más bien fui esclavo de ellas. Empezó a mentir desde que me invitó a ese bar, horas después de reencontrarnos. Escribí su nombre en mi libreta antes de la cita, traté de adivinar sus intenciones cual investigador experto. Esa noche cenamos, charlamos y tomamos hasta emborracharnos. Fue agradable, habían pasado años desde la última vez que me sentí tan bien. Desde el principio fue una fuente de inspiración, una musa. Hubiera querido anotar cada uno de los detalles para convertirnos en dos personajes fantásticos. Ella se quedó dormida cuando fui a pagar la cuenta, tenía esa mala costumbre de conciliar el sueño en los momentos más inesperados. Me quedé unos minutos mirándola, como esperando que nada sucediera, y nos quedaríamos pintados como una obra de arte.

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Fuimos a su pequeño apartamento. Ella se tiró en la cama de inmediato, yo busqué una silla para descansar y luego irme. Respiraba confiado en un lugar nuevo, un lugar que sería casi mi hogar por semanas. Sus ojos estaban cerrados, pero seguía hablando sin dar sentido a sus palabras, pensé que se dormiría de inmediato y traté de despedirme. “Adiós” dije y caminé hacia la puerta, pero su voz me detuvo en seco.

“Quiero ser la mejor historia que has escrito” Me dijo, no fue la primera vez que lo escuché, recordé entonces un momento memorable. Cuando éramos jóvenes, nos despedíamos para volver a nuestras casas. Nos habíamos quedado dormidos bajo un gran árbol, pero los minutos siguieron corriendo como horas. Ella corría en dirección contraria, pero volvería para susurrarme esas palabras, “Quiero ser la mejor historia que has escrito”.
Cerré la puerta, y volví con ella, con su versión adulta, ya no éramos niños, pero esa promesa quedaría intacta. Nos besamos e hicimos el amor, fue crudo y repentino, la relación más real que tuve en mi corta existencia.

Las siguientes semanas nos visitamos mutuamente, éramos insistentes, como si no tuviéramos nada más para hacer… necesitábamos vernos. La buscaba en su trabajo o ella caía por sorpresa a mis lugares frecuentes, siempre acabábamos en su apartamento. Caminábamos por las calles tomados de la mano, o a veces se abalanzaba sobre mi hombro para desestabilizarme. Realizábamos actividades que nos hacían parecer una pareja normal, ¿Lo éramos? Quizá, o es lo que pretendíamos ser. Siento que nos buscamos toda la vida, desde que terminamos ese romance juvenil nos buscamos como hambriento el pan. ¿Qué hice todo este tiempo? Perseguir falsos sueños, ser ambicioso con algo que no quiero. No estamos contentos con nuestras vidas, por eso estamos destinados a encontrarnos, una y otra vez, hasta que los finales se hagan realidad.

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Hablábamos como si nos conociéramos de toda la vida, ella me contaba historias de nuestra infancia, de la juventud, historias de nosotros, historias suyas. Exageraba detalles, obviaba otros; yo la escuchaba atentamente aceptando cada una de sus palabras como realidad. Quizá mentía, era una cuentista profesional. Yo no tenía de esas fantásticas historias, por lo que intentaba contestar con preguntas o aportes, al final solo soy un escritor de segunda. Mi vida era un cuento político, aburrido, repetitivo y sin valor. Sin embargo, a Elisabeth le gustaba verme escribir. Era insistente con su deseo de verme triunfar, estaba convencida que mi próxima obra se convertiría la obra maestra del siglo. “Nunca se sabe dónde puede surgir una buena historia” decía, y yo anotaba todo para no dejar escapar ni la más mínima idea.
Soy incapaz de describir lo mucho que cambió mi vida por esta nueva etapa con Elisabeth, puede sonar hasta absurdo, fue un corto margen de tiempo que me abrió los ojos. Extraño su voz, su cuerpo, todo lo que ella generaba en mí, extraño que exista solo por unos segundos. Soy incapaz de seguir, de guardar la calma, de volver a la vida aburrida de persona solitaria. No puedo justificar mis acciones, pero si darles sentido, hasta los impulsos más repentinos tienen un motivo de ser.

Mi único error fue irme. Debí quedarme y cuidarla, o de lo contrario llevarla conmigo.
Un día, mientras ella se probaba ropa, recibí una llamada importante. Elisabeth salió para mostrarme un precioso vestido, pero no pude prestarle atención, por la línea me decían que mi madre estaba enferma, sobrevivir sería casi un milagro. Mi rostro lo decía todo, nunca fui el hombre más apegado a su familia, pero seguía siendo mi madre. Le pedí a Elisabeth que se quedara, para mí era importante pasar por esta etapa solo. Además, aprovecharía para tener un “viaje a mis orígenes” en el cual recolectaría información de mi pasado. Elisabeth no insistió mucho, se quedó para vivir una historia que solo ella podría contar. Nos despedimos en la parada de bus, de haber sabido que sería la última vez que hablaría con ella, le hubiera dicho algo mejor. Nuestro beso final fue simple, rápido, desde entonces extraño sus labios. La boca que tanto tenía para decir, y yo dispuesto a escucharla toda una vida.

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Llegué a mi antiguo hogar abrumado de melancolía, quería que cada paso me llevara a un recuerdo. Me sentí un niño en mi antigua habitación, las cosas no habían cambiado, parece que, en esta casa, en este pueblo, el tiempo no pasa. Dormiría pensando en Elisabeth, al día siguiente iría al hospital. Esperaría leyendo un libro, finalmente me permitían entrar a la sala. Para no disgustar a mi madre, le mentiría, asegurando que mi vida era una especie de paraíso; el sueño de la persona estándar. Le hablé de Elisabeth, nada le hizo más feliz que saber de la existencia de una mujer en mi vida. El diagnostico era cruel, mi madre moriría pronto, ella lo sabía y en forma de despedida me dijo que me amaría pase lo que pase, esté donde esté.
“Disfruta y cuida lo que amas”, sabio consejo que, sin darme cuenta, acabaría desperdiciando.
Murió a los pocos días, me quedé para su funeral. En búsqueda de información, recorrí viejos lugares: el antiguo colegio, lugares verdes, lugares de Elisabeth, lugares míos. Me sentí feliz, cuando volviera a mi verdadero hogar tendría nuevas historias para contarle a mi querida Elisabeth. Pero claro, nada puede salir bien, y mi celular se rompería, impidiendo la comunicación con mi amor. Traté de adelantar mi partida, no quería que se preocupara, pero era mi deber vestir un traje negro y cumplir una responsabilidad de hijo. Tuve que decir unas palabras, improvisé escribiendo sobre el tema popular: la muerte.

“Todos los caminos conducen a este final, es lo que hay. Si pudiéramos decidir, ¿Qué elegiríamos? Mi madre murió feliz, conforme con la vida que le tocó. Hizo lo posible por dejar su huella en el mundo, quizá esa huella sea yo, o el recuerdo que dejo a cientos de personas que la conocieron. Yo no fui el mejor hijo, no es lo que ella esperaba de mí, como buena madre ella solo quería mi felicidad. Vivo lejos, pero nunca la olvidé. Me iré y nunca la olvidaré, deseando que el día de mi muerte esté tan conforme como ella. Su sonrisa me indica que estamos yendo por el buen camino, y su cuerpo me indica que todo camino tiene un final. Esta es una historia que nunca podremos olvidar”

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Estaba ansioso por ver a Elisabeth. Tras recibir sus mensajes volví a nuestro lugar. Deseaba que se tratase de una broma de mal gusto, de esa forma la regañaría y después de una discusión acabaríamos en la cama, como siempre, tratando de resolver nuestros problemas. No fue así, encontré silencio, encontré vacío, alguna lágrima anticipada cayó al suelo. Su desaparición no tenía sentido, si bien Elisabeth fue una chica explosiva e inestable desde que la conocí, me sería imposible encontrar una explicación lógica para justificar su partida. Por su forma de ser cualquiera me diría que espere, acabaría volviendo cuando el dinero escaseara, incluso su familia me dijo esto sin hacer denuncia alguna. A nadie le importaba, porque yo la amé, ellos no; fui la única persona afectada por las acciones, consecuencias y todo lo que rodeé a Elisabeth.

Imaginé lo peor, acabaría uniendo los hilos como un rompecabezas. Elisabeth tenía un plan que la llevaría a la muerte. Traté de reconstruir los hechos con ayuda de sus pistas. Completamente solo, llegué a la verdad… al final si me viste como un investigador capaz.
Elisabeth tenía un objetivo, no se quedaría en esta ciudad para siempre. Su trabajo no era fijo, su forma de vida tampoco, lo único que quería mantener era a mí. Sin embargo, antes de irse debía hacer algo, porque sentía que le debía algo al mundo. No iba a vivir tranquila mientras veía las desgracias de otras mujeres como ella, aisladas del mundo, condenadas a merced de hombres como él. Ni siquiera mencionaré su nombre, es mi víctima. Ese hombre había deseado a Elisabeth desde que la conoció, ella jugó con él como si fuese su juguete preferido. El chiste se volvió terror cuando ella descubrió quien era en realidad. Por algún motivo, no le tocó un pelo a mi mujer. Quizá le gustó la idea de ser rechazado por alguien, un hombre que lo había tenido todo desde bebé.

Elisabeth volvería a él por dos motivos: primero, asesinarlo; y segundo, robarle el dinero suficiente para escapar conmigo. Las cosas no salieron como estaban planeadas, cuando volví ella había desaparecido, y él seguía visitando los mismos bares para emborracharse con amigos. Cada noche llevaba una mujer a su lujoso departamento, tenía una obsesión con ellas. De lejos parecía un buen tipo, no veías la cara de un asesino.
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Decidí terminar lo que Elisabeth había empezado, escribo esto para dejar constancia de nuestra existencia. La prueba final fue haber encontrado un curioso anillo en el baño del sujeto, era el anillo que ella siempre usaba. No había otro igual, y entonces lo decidí.
Durante meses había estado pensando como lo mataría. Una tarea difícil, pues nunca podría saber cómo murió Elisabeth. Quizá fue violada, golpeada, torturada… me gusta pensar que fue una muerte rápida. Puedo imaginar su rostro asustado, corriendo, escondiéndose de la muerte como jugando a un juego de niños, escuchando los pasos y moviéndose con cuidado. Quisiera limpiar sus lágrimas y decirle que todo va a estar bien, aun siendo mentira, le hubiera dado mucha paz.

Pensé en perdonarlo, argumentando que no valía la pena arruinar mi vida por una mujer que amé tan poco tiempo. No me convencí, lo siento, considero que no hay mejor manera de arruinarme, que vengando la muerte del amor de mi vida. Yo lo sabía, nos encontraríamos y separaríamos hasta que la muerte nos separe, y lo hizo de forma injusta. Nos merecimos más, de eso estoy seguro. El destino nos castigó sin razón, permitiendo a hombres libres que abusen de su libertad, de su posición económica y social. Nadie acusaría a esos hombres libres, vivirían hasta viejos y el único mal que podría alcanzarlos sería el arrepentimiento. Sin embargo, la culpa solo carcome el alma de personas, no de asesinos.

Encendí un cigarro para observar mi última obra maestra. No quedarían rastros de lo que ese hombre fue, tampoco de lo que hizo. En los periódicos, él sería la víctima, en las noticias, yo sería el asesino. Elisabeth es invisible, lo fue a ojos de todo el mundo hasta que yo la vi. Quienes le prestaron atención fue por compromiso o por sexo, si hablamos de cariño le faltó mucho. Fuimos capaces de darnos un poco de felicidad, soñamos que este sea el inicio de una preciosa historia. No fue así, como mis otras obras tuvimos el peor de los finales. En otra oportunidad morirías de cáncer, o yo me pegaría un tiro en la cabeza, quien sabe, puede que lo nuestro no sea ser felices para siempre.

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Logré calmar mi relato, casi como si estuvieras aquí, acariciando mi cabello; yo recostado en tus piernas, seguro de todo el mal que pueda invadirnos. El mundo sigue su rumbo, mi querida Elisabeth, y cada cierto tiempo podemos ver cuerpos que salen del mar. Son las víctimas, no hay nada más injusto que ellas. Respecto a tu propuesta, claro que me hubiera gustado casarme contigo. Con o sin dinero, podríamos escapar donde tú quieras, no hay límites para una bella mentirosa y un escritor enamorado.

Al igual que llegamos a la muerte, todos seremos víctimas, quizá sea hora de pensar más en ello.
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