La ruleta irlandesa
"He simply maintained that the more effort and ingenuity you put into gambling, the more you took out.”
Ian Fleming, Casino Royale
No fue sin consuelo alguno, que se resignó a ahogar sus penas en una pinta ¿Quién ha de saber sobre sus desdichas? Nadie quiere oír los lamentos de un apostador compulsivo, quien solo ha de tener de amigo al azar, y que por el azar mismo, se ve sumergido en un laberinto circular que solo lleva al mismo lugar una y otra vez, de forma infinita y sin percance alguno, a quien lo recorre.Jamás había estado en una situación como aquella, tampoco conocía a nadie ni había oído historias de individuos los cuales hayan sufrido tales desventuras. Ya no tenía nada que perder, porque tampoco tenía nada que apostar, ni siquiera su mísera vida; solo le quedaba esperar, bebiendo dulce y suavemente, ir al encuentro con el sedoso tacto de la malta para que lo vaya adormeciendo, y así poder olvidar. Ya nada podría alterar el curso de su destino, el cual creyó que era fácilmente alterable a partir de un suave roce con otra persona, dicha acción podría cambiar su condición de formas inimaginables e incalculables, pero ya nada era factible, ni siquiera su muerte inmediata.Trato de ser sociable, no fue la ocasión. Trato de tomarse la situación de forma graciosa, tampoco dio resultado. La barra estaba a su merced, así como su vida lo estaba en las manos de un mortal y ya no de dios; hasta lo divino había sido jugado y perdido. Tenía las horas contadas y cada segundo le parecían horas y cada minuto le parecían días, no sabía si huir, confrontar la situación o tomar las riendas de su propia existencia y quitarles el placer de terminar con su vida haciéndolo por cuenta propia. Descarto la primera opción ¿qué dirían de su nobleza, aunque no era mucha, después de muerto? En cuanto a quitarse la vida, lo pensó seriamente pero luego dudó, después de todo, su sangre irlandesa lo convertía en un católico nato y el suicidio solo llevaba a más sufrimiento en el purgatorio. La confrontación directa era su única alternativa, pero inclusive apelando a la única manera honrada para salir de su penuria, la suerte no estaba de su lado. Le debía dinero a más de la mitad de Cork y ni siquiera el mismo diablo le compraría su alma a cambio de saldar su deuda, ya nada podría hacer.Al salir del pub comenzó a caminar, sin rumbo, por las anchas y serpenteantes calles de la ciudad, esperando ayuda divina, malévola, mágica, mortal, ayuda en fin. Camino hasta que la borrachera casi había desaparecido y al ver una tenue luz roja, la cual se divisaba de forma tenue en el medio de un pasaje, decidió aventurarse y ver qué era lo allí se encontraba. El pasaje, mal oliente, angosto y sucio, estaba repleto de indigentes y tenia de largo no más de cincuenta metros. Al llegar a la mitad del mismo y por ende a la luz, la cual emanaba de un maltrecho farol, pudo ver una corta pero empinada escalera, la cual daba a una puerta de madera bajo el nivel del suelo, también maltratada y con una mirilla a la altura de los ojos. Bajó las cortas escalinatas y toco al portal, pero nadie respondió. Al cabo de unos minutos golpeo una vez más y cuando estaba emprendiendo la retirada, la mirilla se abrió y una voz ronca la pregunto que buscaba; sorprendido por la imprevista reacción, se volvió hacia la puerta y les respondió que quería entrar. Ni bien pronuncio dichas palabras, la mirilla se cerró.Con cierto desánimo se sentó en el primer escalón y quiso dormirse, pero ni bien apoyo la cabeza sobre sus brazos, la puerta se abrió lentamente y como quien es despertado del sueño más profundo de forma estrepitosa, se levantó rápidamente para cruzar el portal. Sus desesperadas zancadas hicieron que su ingreso al misterioso recinto fuera de forma anunciada. Al recobrar la compostura noto que se encontraba en una habitación oscura, en la cual solo había una puerta la cual era iluminada por una tenue luz de color verde. Trató de abrirla, pero una vez más, otra mirilla se abrió de forma inesperada, aunque esta vez no era una voz ronca y áspera la que salía del mismo, sino una voz aterciopelada y femenina, la cual le pregunto dulcemente a que iba jugar. Sorprendido, le respondió que no poseía dinero para hacerlo; una vez más la dulce voz hizo la pregunta. Ruleta fue la respuesta y como si fuese por obra de un mecanismo, la puerta se abrió cuando termino de emitir su veredicto. Esta vez ya no se encontraba en una diminuta y curiosa habitación intermedia, ni tampoco oyó voces sin rostro, sino que había ingresado a una fastuosa sala de juego con grandes mesas de juego de todos los tipos, con muros cubiertos de mármol y arañas de cristal que colgaban desde el techo, era la sala de juegos más deslumbrante y lujosa que había visto en su vida. Un hombre de frac lo recibió y le entrego una caja repleta de fichas y con una tarjeta en su tapa, la cual tenía grabada la frase “Las deudas de la vida”. Considero seriamente la idea de retirarse y saldar su deuda, pero ante tan única oportunidad y la encrucijada de poder multiplicar, aunque sea en una mínima proporción aquel monto cuantioso, decidió jugar simplemente una vez.
Al recorrer el extenso salón, observo una cantidad inimaginable de mesas y de juegos, los cuales muchos le parecían nunca antes vistos. Decidió probar su suerte en la ruleta, tal como lo había anunciado en la puerta verde. Opto por una mesa que estaba numerada con el año de su nacimiento, 1932. Lo considero como una señal del destino. Al sumarse, realizo su rutina habitual, dejo pasar un par de bolas y en su imaginación apostaba al número el cual creería ganador. Las primeras 4 bolas coincidieron, como si fuese el artífice del azar, con los números que había decidido, fue entonces que decidió comenzar a apostar sin saber que ya no habría vuelta atrás.Bola tras bola, la suerte estaba de su lado, y sus ganancias se multiplicaban astronómicamente, estaba en la mejor racha de su vida. Los números eran variados e iban en contra de toda lógica azarosa, cualquier jugador se hubiese sorprendido al ver que no existía patrón alguno en los números que emanaban de la rueda, simplemente su mente concordaba con aquellos dígitos.Pero frente a su tan inesperada suerte recordó sus deudas y fue en ese momento en que noto que tenía más del triple de lo que debía, inclusive tenía suficiente como para vivir cómodamente por un tiempo. Fue entonces que decidió retirarse y canjear el botín recaudado con una facilidad asombrosa, nunca había tenido tanta suerte en su vida. Salió en busca de una ventanilla en donde cambiar las fichas, pero fallo en la empresa, por lo que decidió retirarse con las ficha y luego canjearlas en las calles.Pero al intentar salir, el hombre de frac le negó la salida. Al preguntarle a que se debía tal condición, el portero le respondió que aún tenía deudas con la casa, las cuales debía saldar si quería regresar.Fue en ese momento en que entendió, que el azar le había jugado una mala pasada y que su codicia no había reducido su condena, sino que la había aumentado, tenía aun más deudas con la vida.
Ian Fleming, Casino Royale
No fue sin consuelo alguno, que se resignó a ahogar sus penas en una pinta ¿Quién ha de saber sobre sus desdichas? Nadie quiere oír los lamentos de un apostador compulsivo, quien solo ha de tener de amigo al azar, y que por el azar mismo, se ve sumergido en un laberinto circular que solo lleva al mismo lugar una y otra vez, de forma infinita y sin percance alguno, a quien lo recorre.Jamás había estado en una situación como aquella, tampoco conocía a nadie ni había oído historias de individuos los cuales hayan sufrido tales desventuras. Ya no tenía nada que perder, porque tampoco tenía nada que apostar, ni siquiera su mísera vida; solo le quedaba esperar, bebiendo dulce y suavemente, ir al encuentro con el sedoso tacto de la malta para que lo vaya adormeciendo, y así poder olvidar. Ya nada podría alterar el curso de su destino, el cual creyó que era fácilmente alterable a partir de un suave roce con otra persona, dicha acción podría cambiar su condición de formas inimaginables e incalculables, pero ya nada era factible, ni siquiera su muerte inmediata.Trato de ser sociable, no fue la ocasión. Trato de tomarse la situación de forma graciosa, tampoco dio resultado. La barra estaba a su merced, así como su vida lo estaba en las manos de un mortal y ya no de dios; hasta lo divino había sido jugado y perdido. Tenía las horas contadas y cada segundo le parecían horas y cada minuto le parecían días, no sabía si huir, confrontar la situación o tomar las riendas de su propia existencia y quitarles el placer de terminar con su vida haciéndolo por cuenta propia. Descarto la primera opción ¿qué dirían de su nobleza, aunque no era mucha, después de muerto? En cuanto a quitarse la vida, lo pensó seriamente pero luego dudó, después de todo, su sangre irlandesa lo convertía en un católico nato y el suicidio solo llevaba a más sufrimiento en el purgatorio. La confrontación directa era su única alternativa, pero inclusive apelando a la única manera honrada para salir de su penuria, la suerte no estaba de su lado. Le debía dinero a más de la mitad de Cork y ni siquiera el mismo diablo le compraría su alma a cambio de saldar su deuda, ya nada podría hacer.Al salir del pub comenzó a caminar, sin rumbo, por las anchas y serpenteantes calles de la ciudad, esperando ayuda divina, malévola, mágica, mortal, ayuda en fin. Camino hasta que la borrachera casi había desaparecido y al ver una tenue luz roja, la cual se divisaba de forma tenue en el medio de un pasaje, decidió aventurarse y ver qué era lo allí se encontraba. El pasaje, mal oliente, angosto y sucio, estaba repleto de indigentes y tenia de largo no más de cincuenta metros. Al llegar a la mitad del mismo y por ende a la luz, la cual emanaba de un maltrecho farol, pudo ver una corta pero empinada escalera, la cual daba a una puerta de madera bajo el nivel del suelo, también maltratada y con una mirilla a la altura de los ojos. Bajó las cortas escalinatas y toco al portal, pero nadie respondió. Al cabo de unos minutos golpeo una vez más y cuando estaba emprendiendo la retirada, la mirilla se abrió y una voz ronca la pregunto que buscaba; sorprendido por la imprevista reacción, se volvió hacia la puerta y les respondió que quería entrar. Ni bien pronuncio dichas palabras, la mirilla se cerró.Con cierto desánimo se sentó en el primer escalón y quiso dormirse, pero ni bien apoyo la cabeza sobre sus brazos, la puerta se abrió lentamente y como quien es despertado del sueño más profundo de forma estrepitosa, se levantó rápidamente para cruzar el portal. Sus desesperadas zancadas hicieron que su ingreso al misterioso recinto fuera de forma anunciada. Al recobrar la compostura noto que se encontraba en una habitación oscura, en la cual solo había una puerta la cual era iluminada por una tenue luz de color verde. Trató de abrirla, pero una vez más, otra mirilla se abrió de forma inesperada, aunque esta vez no era una voz ronca y áspera la que salía del mismo, sino una voz aterciopelada y femenina, la cual le pregunto dulcemente a que iba jugar. Sorprendido, le respondió que no poseía dinero para hacerlo; una vez más la dulce voz hizo la pregunta. Ruleta fue la respuesta y como si fuese por obra de un mecanismo, la puerta se abrió cuando termino de emitir su veredicto. Esta vez ya no se encontraba en una diminuta y curiosa habitación intermedia, ni tampoco oyó voces sin rostro, sino que había ingresado a una fastuosa sala de juego con grandes mesas de juego de todos los tipos, con muros cubiertos de mármol y arañas de cristal que colgaban desde el techo, era la sala de juegos más deslumbrante y lujosa que había visto en su vida. Un hombre de frac lo recibió y le entrego una caja repleta de fichas y con una tarjeta en su tapa, la cual tenía grabada la frase “Las deudas de la vida”. Considero seriamente la idea de retirarse y saldar su deuda, pero ante tan única oportunidad y la encrucijada de poder multiplicar, aunque sea en una mínima proporción aquel monto cuantioso, decidió jugar simplemente una vez.
Al recorrer el extenso salón, observo una cantidad inimaginable de mesas y de juegos, los cuales muchos le parecían nunca antes vistos. Decidió probar su suerte en la ruleta, tal como lo había anunciado en la puerta verde. Opto por una mesa que estaba numerada con el año de su nacimiento, 1932. Lo considero como una señal del destino. Al sumarse, realizo su rutina habitual, dejo pasar un par de bolas y en su imaginación apostaba al número el cual creería ganador. Las primeras 4 bolas coincidieron, como si fuese el artífice del azar, con los números que había decidido, fue entonces que decidió comenzar a apostar sin saber que ya no habría vuelta atrás.Bola tras bola, la suerte estaba de su lado, y sus ganancias se multiplicaban astronómicamente, estaba en la mejor racha de su vida. Los números eran variados e iban en contra de toda lógica azarosa, cualquier jugador se hubiese sorprendido al ver que no existía patrón alguno en los números que emanaban de la rueda, simplemente su mente concordaba con aquellos dígitos.Pero frente a su tan inesperada suerte recordó sus deudas y fue en ese momento en que noto que tenía más del triple de lo que debía, inclusive tenía suficiente como para vivir cómodamente por un tiempo. Fue entonces que decidió retirarse y canjear el botín recaudado con una facilidad asombrosa, nunca había tenido tanta suerte en su vida. Salió en busca de una ventanilla en donde cambiar las fichas, pero fallo en la empresa, por lo que decidió retirarse con las ficha y luego canjearlas en las calles.Pero al intentar salir, el hombre de frac le negó la salida. Al preguntarle a que se debía tal condición, el portero le respondió que aún tenía deudas con la casa, las cuales debía saldar si quería regresar.Fue en ese momento en que entendió, que el azar le había jugado una mala pasada y que su codicia no había reducido su condena, sino que la había aumentado, tenía aun más deudas con la vida.
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