Fantasias de Aberdeen
“All that we see or seem is but a dream within a dream.”
Edgar Allan Poe
Al ver que tenías las manos ensangrentadas, ya sea por mandato divino o simplemente por impulsos violentos, encontró, puramente, regocijo en continuar con la ardua tarea.
La tersa y suave piel iba perdiendo su color, podía sentir como los poros se iban cerrando sin siquiera que el cuerpo lo ordenara; los nervios comenzaban a tensarse y la carne se endurecía a medida que el penetrante acero iba sumergiéndose más y más en la ahora ya, masa moribunda.
La sangre, la cual creyó que saldría a borbotones y de todas partes, surgía como una suave briza de mar, la cual se incrusta de lleno contra las piedras de un astillero, y lentamente, dejando el ya gélido cuerpo, brindaba calidez a sus laboriosas y asesinas manos.
Sus dedos, libidinosas extensiones de sus manos, eran separados uno por uno, de lo que una vez fueron unas manos dulces y cariñosas, capaces de transmitir con su simple tacto, una sensación de ternura y lujuria simultánea. Sus uñas fueron extirpadas de cuajo, con la menor delicadeza posible, como si fuesen esquirlas incrustadas sobre la carne viva de una herida.
Sus piernas que ya no le serían necesarias, una vez fueron largas y fibrosas, como troncos de árboles milenarios, los cuales crecen hasta donde es posible divisar a simple vista, ahora yacían taladas y sin cuerpo al cual sostener; sus redondeadas rodillas, de proporciones áureas, habían perdido dicha cualidad y eran similares a la superficie lunar gracias a los sucesivos golpes a los cuales fueron sometidas.
Actualmente se sigue buscando una terminología para de lo que fueron victima sus brazos, los cuales fueron lacerados incontables veces, y aun hoy es posible ver el rastro del óxido en los macabros trazos de la obra perversa de la cual fueron protagonistas. Aquellas dulces extremidades, las cuales eran capaces de generar calma en un mar turbulento y rabioso, se vieron envueltas en un laberinto de dolor y barbarie del cual la única salida, era la muerte.
Los cabellos parecían ser arrastrados por una corriente, la cual los teñía de un tono escarlata y los hacia ondular como un paño sobre el viento. Nada quedaba ya de lo que una vez fue un ser animado, de lo que una vez tuvo vida y efímeramente fue sucumbido por el filo de la muerte encarnado en un puñal.
Al terminar de desmembrar el cuerpo se replanteo porque lo hacía ¿Acaso era necesario cometer un acto tan atroz? ¿Fue necesario actuar con tal sadismo? ¿Cómo era humano un acto tan vil como el que había cometido? Ninguna de estas preguntas tenía sentido ya, el acto se había consumado. No había consuelo alguno, ni pena ni gloria, dentro del vacío en el que era protagonista.
Hasta la fecha nadie supo que aquella obra infrahumana se ha realizado, ni que el hombre es capaz de tal barbarie. Las apariencias disimulan lo que realmente sucede y son capaces de confundir hasta al más comedido de los observadores, después de todo ¿Quién develaría en Aberdeen las fantasías de Joseph Neal, sobre cómo desmembraría el cuerpo ya sin vida de su amante?
Edgar Allan Poe
Al ver que tenías las manos ensangrentadas, ya sea por mandato divino o simplemente por impulsos violentos, encontró, puramente, regocijo en continuar con la ardua tarea.
La tersa y suave piel iba perdiendo su color, podía sentir como los poros se iban cerrando sin siquiera que el cuerpo lo ordenara; los nervios comenzaban a tensarse y la carne se endurecía a medida que el penetrante acero iba sumergiéndose más y más en la ahora ya, masa moribunda.
La sangre, la cual creyó que saldría a borbotones y de todas partes, surgía como una suave briza de mar, la cual se incrusta de lleno contra las piedras de un astillero, y lentamente, dejando el ya gélido cuerpo, brindaba calidez a sus laboriosas y asesinas manos.
Sus dedos, libidinosas extensiones de sus manos, eran separados uno por uno, de lo que una vez fueron unas manos dulces y cariñosas, capaces de transmitir con su simple tacto, una sensación de ternura y lujuria simultánea. Sus uñas fueron extirpadas de cuajo, con la menor delicadeza posible, como si fuesen esquirlas incrustadas sobre la carne viva de una herida.
Sus piernas que ya no le serían necesarias, una vez fueron largas y fibrosas, como troncos de árboles milenarios, los cuales crecen hasta donde es posible divisar a simple vista, ahora yacían taladas y sin cuerpo al cual sostener; sus redondeadas rodillas, de proporciones áureas, habían perdido dicha cualidad y eran similares a la superficie lunar gracias a los sucesivos golpes a los cuales fueron sometidas.
Actualmente se sigue buscando una terminología para de lo que fueron victima sus brazos, los cuales fueron lacerados incontables veces, y aun hoy es posible ver el rastro del óxido en los macabros trazos de la obra perversa de la cual fueron protagonistas. Aquellas dulces extremidades, las cuales eran capaces de generar calma en un mar turbulento y rabioso, se vieron envueltas en un laberinto de dolor y barbarie del cual la única salida, era la muerte.
Los cabellos parecían ser arrastrados por una corriente, la cual los teñía de un tono escarlata y los hacia ondular como un paño sobre el viento. Nada quedaba ya de lo que una vez fue un ser animado, de lo que una vez tuvo vida y efímeramente fue sucumbido por el filo de la muerte encarnado en un puñal.
Al terminar de desmembrar el cuerpo se replanteo porque lo hacía ¿Acaso era necesario cometer un acto tan atroz? ¿Fue necesario actuar con tal sadismo? ¿Cómo era humano un acto tan vil como el que había cometido? Ninguna de estas preguntas tenía sentido ya, el acto se había consumado. No había consuelo alguno, ni pena ni gloria, dentro del vacío en el que era protagonista.
Hasta la fecha nadie supo que aquella obra infrahumana se ha realizado, ni que el hombre es capaz de tal barbarie. Las apariencias disimulan lo que realmente sucede y son capaces de confundir hasta al más comedido de los observadores, después de todo ¿Quién develaría en Aberdeen las fantasías de Joseph Neal, sobre cómo desmembraría el cuerpo ya sin vida de su amante?
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