Yo me encontraba en mi terraza,
me comía unas naranjas,
me encantan las naranjas.

Mientras pelaba cada pedazo de piel
comencé a observar una luz proveniente
de un cielo convertido en mar.

La piel se me hacía añicos
con el abrazo salino del viento,
mientras yo, por dentro,
solo experimentaba una explosión.
Me encontraba allí,
yo estuve allí.

El viento solo me acarició la cara
para que siguiera observando,
y luego de darme cuenta
de lo que el mundo quería de mí,
mis ojos se llenaron de rosas.

Dentro de mi propio cuerpo
se establecía una pequeña gota de agua
que jamás había experimentado.
¿Lo llamaría felicidad?

El cielo era frío,
era tierno,
era ligero.
Tal vez floté una y otra vez.

El cielo danzaba y se estremecía;
aun con un cielo azul y gris
seguía siendo hermoso.

Luego de unas horas,
un poco perdida
en lo que muy pocos imaginan,
el cielo me mostró características propias.
El cielo me habló,
el cielo me hizo volar.

Era tal vez lo más hermoso
que mi cuerpo había sentido.
Por primera vez,
mis pensamientos se cruzaban con el azul.
No era triste escucharlos,
era feliz.

Por primera vez en mi vida,
entre mis ojos el mar del norte fluyó.
Lo dejé ser libre,
porque no había nada más bello
que hubiese experimentado.

Ese día lloré feliz,
por primera vez.

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