Las pastillas de tu cuarto me deleitaban, solo bastaba un poco de valor y un vaso de agua. No existía otra forma para mí de escapar de ti.  Día tras día se repetía aquella historia; todo era igual al día anterior. El mismo pudor y odio, el mismo dolor y sufrimiento, el mismo aliento y mirada enferma. 
 

Deseaba que la noche se diera a eso de la 1 de la tarde, pues ya estaba cansada. Y te quería de vuelta en mis sueños, sueños dónde  no sentía miedo, donde te veías dulce, frágil y con una mirada que resaltaba todo el espacio. ¡Solo en mis sueños!. 
 

De mí todo te enojaba, hasta el más mínimo detalle de mis acciones. Me hiciste a un lado, y desesperadamente decías lo que jamás podía ser. Claro, nunca iba a parecerme a  quienes de verdad amabas. 
 

Tenía días difíciles, pocas ganas de continuar y miles de acabar con todo. Y estabas ahí, como cada noche, haciendo que cada golpe me destrozara el alma, tanto que tu odio se reflejaba en tu rostro hasta el punto de enrojecerse.  

Más tarde los moretones de mi cuerpo empezaban a ser evidentes y no había maquillaje ni ropa que los pudiese cubrir. A pesar de que no era necesario mostrarlo, en mis ojos se podía ver cuánto dolor sentía. 
 

Rasguños y una que otra gota de sangre en mis mejillas. Lágrimas indetenibles, mirada desolada. Abrazaba mis piernas mientras gritabas sin piedad el infierno que te provocaba. Te juro que temía, el dolor aumentaba y locamente quería morir. 
 

Te amaba, a pesar de que mis miradas suplicando que no lo hicieras más no eran suficientes. 
Te amaba, a pesar de que mi llanto te decía que basta. Y aún así no parabas. 
Te amo, y no hay golpe que pueda borrar lo que por ti siento. 

Te amo mamá. 
Elb
2030

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