Vivimos en las orillas de una misma mesa,

repartiendo el pan con la precisión

de quien distribuye los restos de un naufragio.

​No hay gritos en este inventario.

El rencor es una costra

que ha ido ocupando el espacio entre las sillas

hasta volverlo de piedra.

​Mirarnos es recordar el daño,

pero ya sin el fuego del principio:

ahora es una ceniza fría, un peso sordo

que se hereda de una habitación a otra.

​Si tu mano roza la mía

retiras la piel como si el invierno

hubiera tomado partido por mi cuerpo.

​Hemos aprendido a convivir con el escombro.

Cada uno cuida de su propia herida

para que no se cure.

Antonio Portillo Spínola ©

30

Cargando comentarios...