​La pantalla sí retiene la sangre.

La guarda en tu memoria muscular,

en ese pliegue blando donde aprendiste

a no mirar del todo.

​El plato se enfría. Tú lo comes igual, tibio,

mientras la luz azul rebota en las paredes

como un moretón que eliges no nombrar.

​Afuera —apenas a un clic del pulgar distraído—,

la tierra se abre y no es metáfora:

un padre con el pecho hacia adelante,

una madre doblada sobre un bulto,

un hijo que no supo hacerse piedra a tiempo.

​Su última palabra cruza el aire,

llega hasta tu salón y se deshace

contra el espesor tibio que te envuelve.

Eliges el silencio porque pesa menos.

​Aquí la muerte no interrumpe nada:

la has puesto en pausa, la has domesticado,

le has dado un nombre ajeno y un horario.

​Baja una piedad de tres segundos

y ya aprendiste a beberla sin hielo.

«Qué lástima», decimos,

y el espíritu queda a salvo

mientras cambiamos de rostro:

uno para el escombro, otro para la cena.

​Hemos aprendido a distinguir el frío:

el que sale de la pantalla

y el que duerme en nuestra sangre.

​La cena continúa.

Los muertos prestan su frío,

pero un día el frío no será prestado

y no habrá canal que cambiar

ni rostro que ponerse

ni tres segundos que te salven

del silencio.

Antonio Portillo Spinola ©

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