No es la herida lo que suena,

sino el espacio que la madera desaloja.

Un roce de alambre o de resina

que no viene a curar el tiempo,

sino a exigirle su inventario.

La música no sabe de consuelos.

Es un metal frío que busca la fisura,

una aguja de aire sostenido

que atraviesa las vigas de la casa

hasta encontrar el punto exacto

donde la memoria se vuelve una intemperie.

Escuchar es este oficio de vencido:

dejar que una tensión que no te pertenece

mida el grosor de tus derrotas.

El invierno tiene siempre

la forma más limpia de entrar en los pulmones.

Al final, cuando el arco se retira,

no queda el eco de la nota.

Queda el peso sordo de los muebles,

la luz fija en la pared desnuda

y este descubrir, descalzos,

que el silencio que viene después

ya no nos reconoce.

Antonio Portillo Spinola ©

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