No es fuego.

Es la mano que retira la silla

para que nadie se siente.

Aprendimos a secar los vasos

y darles la vuelta

sobre el paño blanco.

Era un oficio limpio,

sin testigos.

El pasillo se estrecha

hacia el dormitorio donde ya no duerme nadie.

Las puertas no chirrían:

han aprendido a callar.

Algo se gasta.

No es el tiempo.

Es la garganta

al tragar sin sed.

Afuera llueve sobre la ropa tendida

que nadie recoge.

La intemperie no es el agua.

Es la ropa.

Y sin embargo,

esta mañana he silbado

mientras partía el pan.

El pan no tenía corteza.

El silbido no tenía canción.

El cuchillo entraba

como quien abre una carta

que no espera respuesta.

He dejado la mesa puesta.

He apagado la luz del pasillo.

He sentido, al fin, esa manera

de la ceniza

de no pedir perdón

Antonio Portillo Spínola ©️

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