No hay un estruendo en la fractura,

solo un sutil cambio de escala:

el techo baja un milímetro cada tarde,

el aire se vuelve un tejido espeso.

Un animal invisible que no muerde,

pero se echa a dormir sobre el estómago,

reclamando para sí

el centro de gravedad de la casa.

El oficio del equilibrista

que ha olvidado dónde termina el cable.

Mirar las manos y dudar de su contorno,

sentir que el espíritu, descalzo,

llega siempre un instante tarde

al lugar donde el cuerpo lo reclama.

Esta perseverancia de la nada

ocupando el volumen de las horas,

mientras la luz, en la pared desnuda,

se vuelve un testigo mudo

de un cuerpo que contiene su propia intemperie.

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