En la eterna guerra entre mis ganas de amar y me férrea resistencia a la dominación se desarrolla mi historia.
Mi abuela una mujer de extraordinaria belleza y con una voz hermosa, seguramente hubiera sido una cantante exitosa, componía melodías sin igual y solo ella podría al entonarlas darles vida, ponerles alma.
Cuando se sentaba frente a su gran piano de cola negro, el mundo se rendía a sus pies.
Fue así como el la conoció, en una reunión familiar, donde ella deleitaba a todos con su canto y magistral  interpretación de su piano, desde el momento que la conoció ejerció sobre ella una posesión, ella le entrego incondicional su amor, y con el su libre albedrío. Sus sueños de ser una cantante se durmieron para siempre, por que la inseguridad de el la encerró dentro de las paredes de su palacio de cristal, remplazo sus futuros aplausos por joyas, su publico por dulces Ángeles y la fama por la entrega y absoluta devoción.
Luego le toco el turno a mi bellísima tía Isis, que bien hubiera podido ser una diosa griega, con su piel canela, sus piernas largas y su esbelta figura, a los trece años la descubrió una fotógrafa, cientos de fotografías y desfiles, no había pasarela que no se abriera a su paso, los diseñadores las usaban como inspiración, hasta que el llego, no llegaba a los dieciocho cuando se enamoro locamente de aquel caballero, que muy rápidamente la saco de las pasarelas, construyo para ella un mágico lugar y allí la encerró para siempre, hoy solo suspira y recuerda cuanto hubiera podido hacer.
El turno fue para mi madre, la promesa de la ciencia; muy seguramente hasta se hubiera convertido en toda una eminencia, pero su carrera se detuvo con esa inesperada llegada del que ella siempre ha llamado el amor de su vida, nunca ha soltado su mano y jamás una noche lo a encontrado lejos de su princesa de la ciencia como el la llama, pero en su idilio se despido de los laboratorios.
Yo tampoco logre escapar a mi encuentro con esa fuerza arrolladora llamada amor, por algún tiempo también entregue mi destino y me sumergí en el dulce sueño del paraíso, mas cuando la mujer en mi reclamo su realización, comenzó mi guerra, hoy ya cerrado el circulo del amor incondicional, disfruto de lo que alguna vez desee para mi, sin cerrar la puerta a la idea de la pasión.
Yo no se si la vejez me encuentre en soledad, pero de algo estoy segura, estaré llena de grados recuerdos.
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