El simple hecho de ser una mujer de 19 años en esta sociedad pesa.
Pesa más cuando creces con padres de una generación antigua, con poco acceso a la información y al mundo nuevo que se impone sin pedir permiso. Ahí comienzas a sufrir cosas que muchos prefieren ignorar.

Te llaman inútil.
Te llaman gorda, asquerosa.
Te cargan con sus propias inseguridades y las graban desde la niñez en cada rincón de tu cerebro. Gracias a eso desarrollas heridas que no comprendes, reacciones que no sabes controlar, silencios que no sabes explicar. Nadie te entrega la fórmula para salir del círculo vicioso en el que fuiste criada.

La familia es uno de los pilares de la personalidad. Forma parte de lo que eres. Y cuando ese pilar no sostiene, cuando el amor y el apoyo se quiebran, la vida empieza a seguir patrones distintos a los de un niño que creció sintiéndose seguro.

Para mí, mis padres lo eran todo.
Fueron mi primer amor.
Lo único que conocía, lo más importante, el centro de mi mundo. Pero algo cambió. Entré al SENA a los 18 años, salí del bachillerato a los 16, y descubrí que amaba a una mujer. Entonces sus tratos comenzaron a volverse esquivos. Cada día cargaba con la desesperación de intentar entender qué querían de mí, en qué momento dejé de ser suficiente.

Hoy mis padres crean rumores, chismes que me han empujado al aislamiento. No solo me excluyen: me desdibujan.

La pérdida que sentí durante todo este tiempo no fue física ni material. Fue interna. Algo dentro de mí se fue apagando lentamente. Aun así, soy agradecida por la vida. Nunca habría desperdiciado la oportunidad de existir, de al menos intentar vivir.

Los padres de adolescentes y jóvenes de esta sociedad están expuestos a sus propias cicatrices del pasado, a heridas abiertas en su presente y a una profunda desesperanza frente al futuro. Tal vez por eso duele tanto. Tal vez por eso, cuando intento no hacerme la víctima y buscar mi propio camino, el miedo me paraliza. Nunca se me enseñó a intentarlo. Siempre me acobardo, incluso frente a mí misma.

No creo que sea malo ser diferente.
Pero sí creo que el mundo está podrido desde adentro cuando las crianzas son irresponsables, cuando se educa desde el miedo, el rechazo y la ignorancia, y no desde el amor y la comprensión.

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