[un día de julio de 2024]

Seguir la flecha. Analizar a las parejas. Esos van de la mano, llevan poco. Esos solo están juntos para pagar el alquiler.

Disfrazar el piso de hogar. Disfrazar el piso de hogar copiando la versión más barata del estilo sueco. La versión más barata del estilo sueco, que sale en la web de Ikea, porque en mi puta vida he visto yo un piso sueco. Estilo sueco en pisos de alquiler de veinte metros cuadrados, desde Chile hasta Japón. La decoración de la clase ¿baja? ¡media! globalizada.

¿Suecia o Suiza? Yo que sé, si no salí de mi barrio. El señor del bigote, el suegro. Un pack de platos blancos en las manos, pero la pareja quiere comer en bols de madera.

¿Te acuerdas la ilusión que hacía cuando llegaba la revista al buzón? Pasando las páginas. Imaginando las cosas que tendría de adulta. Pasando las páginas. Como si fueran a arreglarme la vida.

Muestras de dormitorios. Y salones. Y baños. Todos preciosos que nunca tendré. Cuántas cosas, joder. Me deslizo por los marcos sin puertas. Acaricio el vacío que dejan los botones robados del portátil falso. Observo el tornillo que sella la tapa del inodoro y los impulsos primarios de la indecencia humana. ¡Oh, mira, un balcón!

Una cocina de muebles rojo brillante lacado, hasta el techo, con paredes negras. Cojo un pelador mirando a la cocina. 0’99€ de plástico. ¡Esto sí! Esto me hace falta. Esto, lo único que me puedo permitir.

Cortar camino por los atajos. Creerme que estoy escapando del control de la flecha. Escapando de la flecha, de la ansiedad, de mi vida de mierda. Seguir. Seguir, seguir, seguir. Seguir. Almacén. Pero primero, otras ciento cuarenta y cinco mil cosas más.

Las plantas de plástico son la despedida. Final del camino. Hej då! Decoración urgente para espacios que nos encierran y nos dirigen hacia nuestra propia mortalidad. Las plantas de casa y las de los nichos. Plástico, para no morir nunca.

Pasillos y pasillos enormes como cementerios de conglomerado envasado en cartón. Un papel rayado a lápiz con números. Secciónblá, filablá. Gente torpe llevando carros larguísimos con paquetes todavía más largos. Voy esquivando esguinces de tobillo.

Hileras de cajas de autoservicio. Gente torpe llevando carros larguísimos con paquetes todavía más largos, en cajas de autoservicio, acumulados en lineas abstractas de descoordinación. Todos tienen prisa, de repente. Un joven en medio, vestido de amarillo, lleva en la espalda un gracias por venir.

Peleas, suspiros, ¿código postal? subnormalidad permanente.

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A la derecha la sección de cosas rotas. Pienso en subirme al mostrador y esperar sentada a que alguien me encuentre.

La cumbre que es la parte más honda y profunda del mal. Un mal triste y cutre. La sección de hot dogs. Cebolla seca, mostaza y ketchup por el suelo, por las mesas. Por las manos y los pechos y las bocas. Colas y colas de gente pidiendo hot dogs a un euro. ¡Valen un euro! Chirría el tornillo que sella el inodoro.

Carpaccio de córnea con el pelador de 0’99€.

La señora de la limpieza pasa entre la muchedumbre ansiosa. Recoge cebolla seca, mostaza y ketchup. Mira al suelo. Mira la cola, de reojo. Pasa entre las mesas barriendo servilletas, vasos desechables, envases de cartón llenos de salsa, trozos de carne plastificada y la dignidad de los comensales. Pasa un paño por las mesas que apenas duran segundos vacías. Lleva catorce horas trabajando, como cada día. La supervisora la mandó aquí para hacer horas extra-extras, para comprarle el chándal de marca a la hija.

*Diana, eres una hija de la grandísima puta.

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