[otro día de agosto de 2024]

Había un empeño general por regalarle a mi madre el perfume número 5. No sé cómo surgió ese bulo. Ella quería ¿cómo se llama? Cuál. ¿Agua de Rosas? Esa. Pero ninguna de las dos le quedaba bien.

No encajan. No se lo toman en serio pero hay olores que no encajan, la piel los deforma y los destroza. Lo dijo la Laura, de la estética, la única vez que la ansiedad me dejó ir a un centro de estética.

No se me da bien estar en silencio, a oscuras, escuchando un recopilatorio de Wind Chimes and Rain Sounds Ambience mientras me amasan la cara y el cuello. Y no hay nada, nada, que me guste más que eso. ¿Llevas Gaultier, verdad?

Cierra la boca un momento. Huele dulce pero te queda bien. No a todo el mundo le queda bien el perfume que lleva, hay gente que amarga los tonos, destrozan el aroma, somos química, ¿sabes?

En su piel blanca y joven, pese a haber currado más de catorce horas diarias durante sesenta y pico años, no quedaba bien ni el Chanel número cinco ni el agua de rosas de Adolfo Domínguez.

Usa siempre el mismo perfume, me decía, así pensaran en ti cuando lo perciban. Le quedaban bien los aromas florales. Pero nunca me hace caso. ¿Me oyes? ¿Qué? No, nada.

Nunca se lo dije. Yves Rocher. Oh, ¿te acuerdas? Yves Rocher, el de la tienda del Continente. Joder. ¿La Clara también lo usaba, verdad? ¿No te acuerdas? ¿La Clara?

Va a pillar el bus al Chasis. Sé que no volveré a verla. No podía seguir viéndote porque tú querías ir al Chasis y yo quería ser la cantante de los Deftones.

¿No lo entiendes? No sabemos quién somos y aquí no podemos ser. Pero te echaré de menos, siempre. Los potajes de tu abuela, con arroz y legumbre y un poquito de azafrán. Y tu disco de Britney Spears.

Te echo de menos cuando me acuerdo de ti. De Clara. De mi madre. De Oihan. Mi madre decía que hacíamos muy buena pareja, los dos tan altos. Mama, es gay. Bueno, qué más da.

No recuerdo lo que dije. Soy lo puto peor. Me tenía que ir. Tenía que irme, huir. No lo podía explicar mejor. No sabíais nada y, en realidad, os daba igual. No sabíais nada y yo tampoco.

Al despertar el libro sigue en su bandeja. Dice: Chanel, the legend of an icon. ¿An icon nazi?

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Me palpo la boca para comprobar que no he babeado como una cerda. Me giro disimuladamente para arrancar cualquier inicio de legaña y me incorporo como una señorita.

Una señorita de casi cuarenta años. Las luces están apagadas excepto la suya. Por la ventana veo las sombras en las nubes. ¿Cuánto he dormido?

¿Diez minutos? Llevaba seis horas jugando al Hamster Hotel y conduciendo este puto avión mentalmente para no estrellarnos.

No te lo había dicho pero tengo poderes. El poder de conducir aviones mentalmente. Pero a estas alturas todo huele a pedo ya, a pedo de guiri comemierda dormido. La idea de dejarse ir. Dejarse ir, en un avión.

Un avión conducido por alguien que, quizá, se masturba mirando porno de peña disfrazada de peluche. Ahí está ahora, en cabina, atravesando la oscuridad con más de 400 pasajeros que roncan y se tiran pedos.

Die Hard, en la pantalla. La primera vez que tuve un ataque de ansiedad fue en el cine, acabó Indiana Jones y empezaba Die Hard.

Me fui andando hasta Rocafort sin entender qué mierda me estaba pasando. ¿Ansiedad? ¿Pero eso no es de ricos? La mierda es que solo había ido para verte a ti, pero yo era transparente.

La luz encendida, pese a no haber tocado aún el libro de la bandeja. Huele a perfume not found. De esa peña que deja estela, que quieren ser recordados.

Pero no es olor de puñetazo y náusea, es un olor lento y ágil. Es tranquilo y brillante. Huele a bibliotecaria pidiendo silencio.

Lleva todo el viaje escribiendo un mail, en su móvil. De esa gente que no es miope y escribe con el móvil demasiado lejos.

Las uñas son recientes. Pero no son caras, son de manicura de barrio. No baratas, pero toscas, cutres, aunque el color es precioso. Un rojo de más amarillo. Va teñida de cobre, por supuesto. Todo puto dios va teñido de cobre.

Todo el mundo odia a los pelirrojos menos cuando se tiene que follar.

Quiero un pelirrojo natural, repetían todas. Un desfile, día tras día, deseando lo contrario a lo que tenían. El reflejo de una sociedad putrefacta desde la raiz. La raíz, negra, y las puntas de estropajo.

Recuerdo las ampollas que me salían en los dedos por pasar la plancha. Teñir, secar al aire, pasar la plancha y volver a casa llorando. No tenía ni puta idea de peluquería, me contrataron porque les molaba mi rollo.

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¿Qué rollo? Nos mola tu rollo. ¿Pero qué rollo? Tres euros la hora. Ah, ok, ese rollo.

Cuando me fui la señora María me regaló un medallón de la virgen. No sé qué virgen. Lo tiré en mi primera mudanza porque no quería recordar nada de aquella época.

Me apoyo en la ventana y me veo sonreír muy fuerte. Manchurrón borroso de ilusión y fantasmas.

Es en ese instante, ¿cuando besas a esa persona pero de repente puedes oler las babas? ¿Sabes? Es en ese instante cuando sabes que todo es desorden. El final del metraje.

Lo que antes era melodía e inercia cruda de repente es baba y ¿qué es eso? ¿has comido kebab? Somos química, ¿sabes?

Soy más grande que el avión. A veces tengo unas alas enormes, como el albatros que salía ilustrado en la enciclopedia del piso aquel.

A veces es más rollo ¡Fújur! A veces garras, a veces abrazo con brazos estrechos y piernas cansadas, sujetando a 400 personas.

Necesito hablar, joder. Tomarme una birra y charlar con alguien sobre algo muy profundo. Muy profundo. Muy denso y muy profundo pero no de imbécil sabihondo. No de esos gilipollas que son todo palabra y referencia. Vete a la mierda con tus putas referencias, ¿de qué te sirve saber tanto si no entendiste nada?

Hondo y lento y denso, de sentir. De cerveza y risa y cataclismo. ¡Pero mira donde estoy, joder!

Ni siquiera sé su nombre. Ni siquiera sé si habla mi idioma. Sé que conoce a una Alexandra. Podría ser su mujer o su madre o su hija.

Podría ser ella misma tatuándose su propio nombre. Bastante lamentable. Como esa gente que sube selfies para felicitar el día a los demás.

Elije una foto, mira ¿cuál te gusta? Veinte fotos exactamente iguales. Día tras día, a la misma hora. ¿Dónde lo subo? Al Facebook y al Insta.

¿Quieres poner algun texto? Pon: ¡Feliz día a todos! ¡Yo aquí ya dándolo todo! Y unos emojis. Emojis de cara sonriente y esos de brazo fuerte.

Pienso en subir su selfie y escribir: ¡Buenos días! ¡Mi vida es una puta mierda! Yo estudié fotografía, ¿sabe? Chica, ¿me pongo aquí así o mejor en esta? Si, claro, mucho mejor.

Me dijo Olga que la gente que viste muy oscura, muy agresiva, suelen ser los más vulnerables, que esto es de primero de comercial. Por eso se me cuelan siempre todas las señoras.

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Me decía Olga, también, que no quería que nadie supiera que era escort, pese a decirle a todo el mundo que era escort, y pasearse durante los primeros meses con 'Diario de una Escort' en la mano.

En la recepción me vino un Julio Iglesias pidiendo por favor si podía borrarle una conversación de WhatsApp. La abrí para eliminarla y apareció Olga.

Desnuda, ocupando lo que de repente era una pantalla de cine. Las tetas, operadas, me pusieron muy triste. Tristeza de ver un animal aplastado en la autopista y que nadie pueda parar a recogerlo.

Smartphone de dos mil pavos pero no sabe usar el puto WhatsApp. Los putos ricos inútiles, jugando a tenis para poder decir que saben hacer algo. Lo miré y me lo imaginé desnudo, con la piel de bistec demasiado hecho.

Un rabo oscuro y triste meando óxido. La piel excesiva del escroto pegada en los muslos. Le miré fijamente a los ojos, le sonreí y le devolví el teléfono. Disfrute de su estancia. Hijo de puta.

Ha dejado el móvil, bocabajo, sobre el libro. Me quito el auricular contrario para escuchar la lata estrecha de Coca-Cola al abrirse. La lata de Pringles absurdamente enana, ¡POF!

La señora, al otro lado del cuerpo incognita, sigue aferrada a su ramo de flores, perfectamente dormida. Su intento por iniciar una conversación antes del despegue hace ya ¿siete? horas, quedó reducido a una sonrisa desagradablemente cordial.

Y yo me muero por charlar con alguien. Me muero por charlar con alguien, me cago en los muertos, joder.

He charlado con todos mis fantasmas, agarrados al ala derecha del avión, dejándose ir uno a uno, en paz. He observado a los fantasmas de todos los pasajeros que se han levantado para ir al baño.

¿Cómo puede la gente tirarse pedos en un espacio tan incómodo?

Martín Denny y toda su colección de discos, uno detrás de otro, sin parar. Si voy a morir que sea escuchando sonidos tropicales, marimbas misteriosas y daiquiris de fresa.

La señora del libro de Chanel me ofrece una patata y me sonríe. ¿Cómo? La señora del libro de Chanel me ofrece una patata y me sonríe.

Puedo hablar sobre patatas, claro, ¡soy de la periferia! Puedo hablar de lo que me salga del mismísimo coño durante las dos próximas horas y hacer que se descojone de risa.

Dos horas de charla. ¡Dos horas! ¿Te das cuenta? En dos horas aterrizaré en mi nuevo hogar.

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