La maté con estas mismas manos que ella antes besara. Fue sujetarla con la soga y sentir esta escaramuza que recorría mi piel y que se enclavaba en mis arterias y que llevaba ese veneno hasta el corazón asfixiándolo dejándolo en esa intemperie de nadas que tantos años atrás lograron ajusticiar mis sueños.
Mamá era una matrona de sociedad, eso parecía ante las damas de verde que se ruinan las tardes eternas en el solar de mi casa a jugar cartas, esos juegos de mujeres sin oficio que casi nada hicieron en esta vida, solo arruinar la vida de sus propios maridos, hombres que con etílico destilaban por sus pieles la melancolía de una vida barata cargada de sueños mortecinos, a expensas de doblegar su inmaculado estado de virilidad ante aquellos espectros del infierno: remilgadas, acabadas, sucias y estúpidas mujeres.
A esta hora que son ya las 6:00 de la tarde y que la noche se avecina, entonces me dispongo a leer mientras ella en esa posición estética, se ve tan pacífica. Me doblego ante la oscuridad del cuarto. A tientas con la luz disipada y con la fetidez de la inocencia me limito solo a que los doseles negros aquieten mi angustia no viéndola más. La oscuridad nos absorbe. Me dejo doblegar una vez más por mi inocencia. Empieza el ritual de todas las noches. Deambulo de aquí para allá, Prendo un cigarro, ausculto en mi billetera. Unas monedas caen al piso. El ruido se hace tan estrepitoso que tapo mis oídos y lanzo un extenuante quejido farfullando un verso de la salmodia hindú: “nada es para siempre, pero todo se eterniza en la conciencia”
A esta hora la conciencia de un asesino no tiene ningún precio. Las palabras trajinaban en silencio por la alcoba. Enciendo una luz. Trato de ver el cadáver y no lo encuentro.
Salgo despavorido, voy al baño, y allí solo hay un trapero que antes sirviera para limpiar el vómito producto de mi asco o de mis remordimientos.
Corro las cortinas, me asomo con ese deje recóndito de abogado criminalista, que de vez en cuando dejaba notar en su faz el hombre tímido y solitario. Nadie circula por las calles.
Subo a la terraza. El sudor se ha vuelto una capa de sal que pesa más que mi temor.
Bajo, cruzo una habitación, alguien ríe a carcajadas como haciéndome notar que hasta el más prestante legista se equivoca en su dictamen. No había muerto.
Qué pudo fallar.
Página 2
Me siento en uno de los quicios y recuerdo la tarde en que mi madre me obligó a casarme con ella. Los preparativos fueron exquisitos, la celebración majestuosa. La noche de bodas un infierno. Tocarla fue un martirio, sentir esos dos grandes monstruos en su pecho, esa languidez y esas curvas que mareaban mi inocencia maricona que se había apoderado de mis sueños y que a veces recreaba fijándome en las piernas adorables del chofer del bus de mi colegio. Que deleite era mirarlo, y sentir esa voz que me dominaba y me lanzaba a las más infames de las contemplaciones fisiológicas que alguien en su vida pudiera imaginar.
Alguna vez intenté desmayarme justo a la salida del bus. La rechoncha cuidadora corrió tan pronto que no pude sentir que él me levantara. Desde ese día intuí que mi existencia estaría esclava, que por siempre estaría atrapado entre las manos equivocadas por gusto o por la necesidad de existir en un mundo que definitivamente no era el mío.
Se convirtió ella en una esclava de la fe. Entregó su virginal cuerpo a oraciones, a rezos, a flagelaciones en la madrugada que parecían castigos divinos. Muchos vecinos algunas veces me insultaban y me decían que era un escándalo mi vida sexual con ella. Sus gritos y quejidos en la mañana me dieron fama de macho consumado en el vecindario. Era ella que en sus anhelos de santidad castigaba su cuerpo para no concebir ningún deseo, yo nunca podría satisfacerla. Tantas veces lo reclamó en una inocencia que se le volvió una punición eterna.
Cada vez me asfixiaba más su compañía. Varias veces me ponía yo sus prendas femeninas, taconeaba por el pasillo que comunicaba la sala con el árbol del patio central. Ella me veía desde una ventana. Solo una vez me percaté de aquello, desde entonces no pude vacilar este deseo y lo hice frente a ella. Ella jamás me recriminó nada.
Usaba sus joyas, sus prendas íntimas, su vestido de bodas que conservaba inmaculado en un viejo baúl. Le cantaba y danzaba sorry de Madonna, ella callaba y mascullaba de vez en cuando una interjección.
Mi madre llegaba de su viaje. Todo estaba dispuesto para la infortunada bienvenida.
Llego cansado del bufete de abogados honoris et desonoris, donde llevo a juicio mis casos. Abro mi portafolio, me peino el cabello y cepillo mi bigote. Ese toque de macho se me figuraba excitante.
Página 3
Ella reflejada en mi espejo. El cuchillo en la mano, y ese no te soporto más. Púdrete en el infierno.
Hago ese ademán femenino junto al grito isócrono que me pone a su nivel de mujer, carcomida por el miedo.
La tomo por el antebrazo, la doblego y la arrastro por la baldosa suave que como un viaje me permite un recorrido magnifico sin premuras, sin cansancio…es maravilloso el toque de brillo que alcanzó el piso después de este melódico recorrido.
Ella me grita, y en su llanto de niña balbuce su infinito asco, y ese deseo oculto de verme muerta para siempre.
En el cuarto de los cuadros olvidados de mi generación, la tiro por el suelo. La alfombra áspera y de tonalidades grisáceas amortiguan su caída. Los cuadros me miran, los observo y siento que ellos me hablan y me culpan. Se burlan a mis espaldas, la tinta se disipa por las siluetas linoleicas. Un eco de expresiones ininteligibles llena el cuarto, comentan la burla de hombre que soy para ella. Me señalan con el dedo, los colores se vuelven imposibles. Esa mujer amamantando el niño me recuerda a mi madre, tiro el cuadro por el piso, lo escupo, lo hago pedazos mientras ella grita desconsolada. Trata de huir, pero el cuadro de la madona me hace girar en el acto. La alcanzo y tiro de su vestido el cual se hace trizas.
Tomo la cuerda de la que pende ese artificio traído por mi madre de Asía y que se asemeja a un lazo mitológico y misterioso de indochina.
La aprieto por el cuello. Sus ojos se vuelven blancos como el cielo del cuadro parisino que deja ver las muchachas en esas callejuelas, coquetas y sonrientes. Lo tiro por el piso lo estrello junto al rostro de ella que ahora se ha vuelto una escultura de huesos y carne insustancial, sin Dios ni ley: te amo Nietzsche. Grito, desprovisto de sonido articulado alguno. Me levanto y sé que por fin he renunciado al peso de mi moralidad y la infamia de mi martirio. Ella doblada en mis juegos artísticos yo consumando por fin el delito menos horrendo de mi historia.
Los cuadros se hacen insoportables. Los tira, los abalanza por el piso, los parte contra las molduras y las cornisas. Los hace pedazos. Ella tirada por el piso le recuerda de vez en cuando sus interminables noches limítrofes en el lecho vegetando en un amor muerto desde antes de concebirse.
Página 4
Cae la noche. Se desploma, cierra sus ojos. El cansancio se apodera de él. La oscuridad lo atrapó en el acto. Cuando advierte las sombras enciende la lámpara, el único regalo que conservaba de su padre. No ve a la mujer. Una fuerza interna le hace sospechar lo peor. Enardecido, levanta del polvo las siluetas dispersas de las mujeres de las réplicas casi perfectas de Jean-Baptiste Camille Corot. Mira en todas las direcciones, se sujeta el rostro con ese par de manos con las que horas antes estrangulara a su esposa.
Que pudo fallar.
Qué pudo fallar, se repite mientras la busca por toda la casa.
Toma un teléfono. Marca un número, nadie responde al otro lado de la línea. Baja los peldaños que lo llevarán al sótano donde se guardaban cosas inservibles.
Enciende la luz. Observa la foto de su matrimonio. Grita desesperado: debo hallarla. Delira. Unas palabras insospechadas se apoderan de su léxico: Amor sal de donde estas todo era un juego. Una manera de romper la monotonía, de jugar a la muerte esa que se nos escabulle a todos en esta familia y que de vez en cuando un ritual es necesario para no sentirnos tan eternos. El silencio es interrumpido por el crujido de unas páginas sueltas que yacen por el piso. Las ratas corren como haciéndole notar que nunca ha estado solo en esa casa, en la que para él, su única compañía siempre fue el espanto.
Advierte unos pasos. Su madre acaba de llegar a la casa. Asciende aterrorizado. Qué le dirá de ella, qué mentira se le ocurrirá para explicar su ausencia. El silencio se le volvió una agónica eternidad.
En la sala sus miradas se fijan sin mayor reparo. Un hola circunstancial se apodera de la escena.
De pronto sale ella. Él nota que su vestido está en perfecto estado, no tiene los moretones en su rostro ni en sus muñecas hay indicios de violencia. Se percata de su mirada perdida en el infinito como siempre. Trae un café preparado por ella, con ese olor característico que tanto le molestaba, pero que, para su madre, tal vez por ser incómodo para él, se le hacía irresistible.
Veo que no has olvidado mi gusto nuera querida: Él se queda atónito, la locura lo enceguece. Sube a la habitación. Los cuadros están perfectamente colocados. El lazo místico se encuentra en su lugar.
Las mujeres del cuadro lo observan, esas sonrisas lo acobardan. Cierra los ojos no comprende nada.
Página 5
Baja las escaleras. Nadie en el sofá, ella en ningún lado. Toma el álbum. Fotos del funeral de su madre. Lanza por el piso las fotos que ligeramente se dispersan por la sala.
Sube a su habitación. Los trajes matrimoniales expuestos en la cama marital desde la noche de bodas.
Lee un recorte de prensa: muere mujer recién casada, en extrañas circunstancias. El caso parece obedecer a esquizofrenia.
Ve la foto de ella en detrimento amarillista. Abre sus ojos y se queda inmovilizado durante un largo rato. No comprende nada.
Yo no la maté se repite en un rincón de su cuarto. Ella está viva, su imagen esta en los cuadros, en el vestido, en el álbum. En mis temores, de maricón frustrado. Se levanta, baja a la sala, ella le trae sus galletas de la tarde. Él sonríe. Su madre se complace en la atención prodigada. Todo, todas las tardes se vuelve tan normal que incluso tenerlas se hace para él un exquisito castigo.
 
 
 
180

Cargando comentarios...