EL SILENCIO DE LEOPOLDO.
 
 
Se quedo mirando como idiota nadar a los peses dentro de aquella pecera ya inmunda por los desperdicios de los animales. Los peses nadaban hacia la superficie buscando algo de oxigeno. Leopoldo trato de recordar cuánto tiempo hacia que no le cambiaba el agua a los peses. Pero al menos aun se dignaba de alimentarlos casi todos los días.
Trago un pedazo de queso ayudado por un poco de vino, escucho ladrar al perro en la habitación matrimonial de la casa. Su esposa jugaba con el animal, o al menos eso pretendía ella. El perro ladraba y rascaba la puerta porque quería escapar de su dueña, quería huir del agobio de esa mujer. Leopoldo sonrió comprendiendo al animal, y la mujer finalmente desistió dejando escapar al perro.
“Creo que el pobre pancho necesita una novia”, dijo la mujer tratando de llamar la atención de su marido. Pero este solo trago otro pedazo de queso acompañándolo nuevamente con un largo trago de vino.
Algunas copas más de vino y Leopoldo ya estaría listo para dormir sumido en un cansancio de ebriedad.
Todas las noches resultaba lo mismo, Leopoldo bebía vino y comía queso, a veces acompañado con pan. Su mujer solía cocinar todas las noches apetecibles platos para dos personas, que eran consumidos por ella y su perro pancho.
El perro se sentaba a la mesa junto a ella en lugar de Leopoldo, y comía en el plato de Leopoldo. La mujer miraba la tele mientras cenaba, le hacía comentarios al perro de lo que veía en la pantalla y cada tanto le hablaba a su marido. Pero este no respondía, aunque ella tampoco esperaba respuesta alguna.
Leopoldo siempre estaba en el mismo lugar, sentado en el viejo sillón desvencijado, con su horma de queso y su botella de vino. No miraba tele, no escuchaba música, ni siquiera leía. Solo estaba sentado allí, en silencio, frente a la pecera que de cuando en cuando robaba su atención.
La mujer de Leopoldo Siempre se retiraba al dormitorio antes que su marido. Quien a veces ni se molestaba en levantarse del sillón y se quedaba dormido en el. La mujer antes de dormir le repetía monótonamente que estaba demasiado gordo por alimentarse solo con vino y queso. Entonces Leopoldo monótonamente mojaba un trozo de queso en el vino y lo comía en forma de contestación a su mujer.
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Llevaban veinticinco años de casados, nunca habían tenido hijos. No porque en su momento no lo hubiesen intentado, sino porque simplemente no los tuvieron. No quisieron indagar en el asunto, prefirieron no saber quién de los dos era el del problema. Solo aceptaron la falta de hijos en su vida como una sabia decisión de dios.
Cuando el vino comenzaba a hacer efecto en la cabeza de Leopoldo, este se ponía a sacar cuentas del tiempo que ya tendría que estar separado de su mujer. A veces eran diez años, otras veces quince, y otras tantas caían en la conclusión de que nunca debía haberse casado con su mujer.
Leopoldo podía pensar en la separación solo como una fantasía que jamás concretaría, ya que no podían separarse porque ambos eran fervientes católicos de la vieja escuela. Ninguno deshonraría la unión matrimonial, así que debían condenarse a vivir juntos toda la vida por más que ninguno de los dos ya lo quisiera. Pero que más le daba a Leopoldo estar separado de su mujer a dicha edad. Tal vez diez años atrás podría haber reiniciado su vida o comportado como un divorciado feliz que sale a vivir nuevamente sus últimos años de juventud. Pero Leopoldo ya no estaba para esas cosas, él ya no estaba para volver a vivir, él solo quería descansar en silencio, comer su queso y beber su vino en la paz de la soledad. Había aprendido a ignorar a su mujer, y para su suerte su mujer había aprendido a ser ignorada. Vivir con ella era casi como vivir solo, salvo por los ladridos del perro y la tele a la hora de la cena o las críticas a su gordura después de la misma. Salvo por dichas cuestiones la vida para Leopoldo le resultaba una soledad gratificante.
Hacía casi un año que Leopoldo se mantenía en silencio, y no solo eso, sino que hacía casi un año que no salía de su casa, y por supuesto que también había transcurrido el mismo tiempo que nadie entraba en ella. La mujer de Leopoldo tampoco salía de la casa más que para hacer las compras o cobrar la jubilación de su marido. Pero nunca había dejado de hablar, no importaba que Leopoldo no la escuchase, tenía a su perro que si le prestaba atención, de la forma que los perros suelen prestarla. El pobre pancho solía hacerlo hasta que se fastidiaba y comenzaba a ladrar y rascar la puerta para escapar del agobio de su dueña.
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La esposa de Leopoldo comenzó a pasar más tiempo encerrada en el dormitorio. Leopoldo ya ni siquiera de vez en cuando se retiraba a dormir en el. Ya no se molestaba en levantarse y caminar hasta allí y tratar de no rosar el cuerpo de su mujer al acostarse. Había decidido que el sillón le resultaba más cómodo.
Un día la mujer de Leopoldo cargo el televisor entre sus manos y lo traslado del living a su habitación. Lo hizo entre quejas porque le pesaba mucho y ella era una mujer débil que no se encontraba para aquellos trabajos. De más esta decir que Leopoldo no hizo caso a sus quejas y siguió sentado en el sillón con rostro y actitud parca.
Con el tiempo la mujer no volvió a salir de la habitación. Leopoldo podía escuchar al perro ladrar pero la puerta no se abría, sin embargo llegaba un momento que el perro se callaba.
Leopoldo se encontraba sucio y abandonado, tal vez también hacia casi un año que no se aseaba. La mugre comenzó a juntarse en la casa desde que su mujer no cruzaba desde la habitación al living. Pero Leopoldo no hiso nada para remediar lo de la mugre y mucho menos lo de su mujer.
Leopoldo lograba mantener gran cantidad de tiempo su mente en blanco, sin ejercicios de yoga o cosas por el estilo. No pensaba en nada, ni siquiera una imagen se cruzaba por su mente. Y cuando los pensamientos volvían eran vagos y sencillos. Casi siempre pensaba que necesitaba más vino y más queso.
Leopoldo se levanto del sillón con dificultad, fue en busca de vino y queso, y se encontró con que solo quedaba una pequeña horma y una sola botella. Entonces los pensamientos se hicieron un poco más fuertes en el cerebro de Leopoldo. No pensaba solo en queso y vino, sino en que debía conseguirlo. La pregunta era como aria, el estaba seguro que no saldría de la casa, ya había olvidado como era el mundo allí afuera y no estaba preparado para redescubrirlo. En cuanto a su mujer, hacía tiempo que no salía de la habitación, por lo que deducía que no había hecho las compras, o que había muerto.
Por un instante Leopoldo pensó en golpearle la puerta a su esposa y preguntarle por su queso y su vino. Pero claro que no lo hiso.
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Leopoldo sintió algo extraño en la voz de sus pensamientos, sentía que no era el timbre de su voz cuando solía hablar, entonces abrió la boca y trato de modular alguna sencilla palabra para desasnar sus sospechas. Pero ni siquiera una sola letra fue producida por sus cuerdas bocales. Leopoldo no se afligió por ello, solo se dirigió al sillón para tomar su vino y comer su última rodaja de queso.
La puerta de la habitación se abrió, no del todo, solo lo suficiente para que por la abertura pasara una horma de queso y una botella de vino. Luego la puerta se serró, Leopoldo tomo los objetos sin ningún tipo de cuestionamiento.
Las botellas de vino estaban tiradas por toda la casa, acumuladas al igual que la mugre. Las lauchas se habían apoderado del lugar, paseaban sin resguardo por la casa comiendo migajas de queso que Leopoldo dejaba caer. Trepaban al sillón de él e inspeccionaban su cuerpo, Leopoldo no se molestaba en ahuyentarlas. Las lauchas paseaban por toda la casa, pero nunca se acercaban a la puerta de la habitación que ahora era exclusivamente perteneciente a su mujer. Esa puerta solo se abría lo suficiente para que pasaran los vinos y los quesos.
Los peses finalmente habían muerto, Leopoldo dejo de alimentarlos. Se encontraban flotando en aquella agua verdosa y putrefacta, pero Leopoldo no lo notaba. El pobre ya no notaba nada, ni siquiera cuando La puerta de la habitación se habría para dejarle los quesos y vinos, ya ni siquiera notaba los ladridos del perro.
Leopoldo nunca se pregunto de dónde sacaba su mujer el vino y el queso, y ni siquiera se lo agradecía en sus pensamientos. Tampoco se preguntaba si su mujer se encontraba bien encerrada en aquella habitación con baño personal, o si comía, o como hacía con la suciedad del perro.
Lo cierto es que su mujer salía por la ventana de la habitación para hacer las compras o cobrar la jubilación de Leopoldo. Lo mismo hacia con el perro, lo sacaba por la ventana cuando este le pedía salir. En cuanto a la comida la mujer tuvo que acostumbrarse a comer frio o comprar comida echa.
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Un día Leopoldo volvió a notar algo, escucho unos golpes en la habitación de su esposa, porque esa habitación ya no pertenecía a él. Lo cierto era que aquellos golpes hacia barios días que se producían, pero Leopoldo recién los notaba. Los ruidos lograron sacar a Leopoldo de su letargo, por un instante se movilizó algo en él impulsado por la curiosidad. Nuevamente la inercia lo llevó a querer llamar al dormitorio, pero no lo hiso.
De repente los golpes dejaron de ser escuchados por Leopoldo, pensó que tal vez se había quedado sordo, así como sentía que se había quedado mudo. Podría haberse sacado la duda golpeando alguna otra cosa o quizás las palmas pero prefirió no hacerlo. Si no que trato de reducir sus movimientos al mínimo y no tocar ni mover nada que causara sonidos. Prefería la duda a la certeza. Pero sus dudas fueron aplacadas cuando los ladridos del perro resonaron en la cabeza de Leopoldo.
El animal ladraba como loco, y no paraba de hacerlo. Pero con el correr de los minutos Leopoldo se acostumbro a la onomatopeya perruna y los ladridos ya no le molestaron.
Día y noche el perro ladraba, y la puerta de la habitación ya no se habría para que la mano de su esposa depositara sobre el suelo una botella de vino y una horma de queso. Leopoldo comenzó a sospechar que algo no andaba bien, ya hacia barios días que no comía. Pero no fue capaz de abrir aquella puerta y descubrir lo que sucedía.
Un día el perro dejo de ladrar, Leopoldo se sentía hambriento y enfermo, y sobre todo estaba padeciendo la abstinencia del vino. Pero eso no lo llevó a salir de la casa, ni siquiera a tocar la puerta de la habitación de su mujer.
Leopoldo se paseaba por la casa nerviosamente, se paraba en frente de la habitación esperando que la puerta se abriera y que la mano de su esposa volviera a depositar sobre el suelo su preciado vino y queso. Pero en el fondo Leopoldo sabía muy bien que aquello no ocurriría, Leopoldo sabía muy bien cual había sido el destino de su mujer, el mismo destino que pacientemente aguardaba por él.
 
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La mujer de Leopoldo se había cansado de entrar y salir de aquella habitación por la ventana, entonces decidió ella misma construir una puerta por la que pudiera salir directo al mundo exterior. Consiguió una masa en la caja de herramienta de su esposo que se encontraba en el viejo garaje de la casa, garaje que casi nunca se habría porque no tenían autos. Entonces comenzó a golpear la pared con intención de crear un hueco parecido a una puerta de entrada. Había sacado la medida a ojo observando la puerta de su habitación, luego con un lápiz labial marco el contorno para saber de dónde a donde debía de romper. Lo cierto es que no logro hacer demasiado, solo la pintura y algo de revoque salto de aquella pared antes de caer muerta. Su perro ladro durante días enteros sin parar, hasta que finalmente murió debido a una mescla de inanición y tristeza.
Leopoldo lo sabía, sabía que su mujer estaba muerta y que el cadáver estaba descomponiéndose en aquella habitación. Podía comenzar a sentir el hedor putrefacto, tanto del cuerpo de su mujer como el del animal.
Leopoldo sabía que el próximo seria él, moriría de hambre, debido a lo mal alimentado que estaba en cuestión de vitaminas, prácticamente de inmediato comenzó a sentirse débil.
Leopoldo lamentaba no poder morir de tristeza y soledad, y ni siquiera tener al suicidio como elección. Él moriría de hambre, solo de hambre.
La espera se hiso larga, Leopoldo se sentía completamente enfermo y agonizante, pero la muerte se hacía esperar cruelmente.
El aroma a putrefacción ya era insoportable, Leopoldo no sabía cuánto tiempo hacia que su mujer estaba muerta, pero si sabía que era suficiente. Se preguntaba porque nadie entraba a aquella casa, como sospechando algo o por percibir el aroma a muerte. Él quería que alguien se hiciera presente en el lugar para que pudieran darle una justa y católica sepultura a su esposa.
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Leopoldo no estaba en condiciones de salir de la casa, no era siquiera capaz de abrir la puerta del dormitorio de su esposa, había dejado de hablar, había dejado de ser una persona coherente. Solo era capaz de quedarse sentado en su viejo sillón a esperar a la muerte. Esa muerte que pretenciosamente de castigo se hacía esperar, y se haría esperar tanto como fuera necesario. Leopoldo terminaría pudriéndose en vida, antes que la muerte hiciera dicha parte, su olor a muerte se mesclaría con el de su esposa, pero el aun seguiría vivo, tan vivo como para distinguirlo. Pero la paciencia de Leopoldo era eterna, tanto como su mudes inducida. Solo esperaría, por más que las lauchas comenzaran a roer sus partes como si ya fuera un cadáver. Indudablemente experimentaba aquello de estar muerto en vida, y quizás por ello mismo la muerte propiamente dicha, la perdida de esos veintiún gramos que quizás correspondan al espíritu del sujeto, la liberación del alma, jamás llegaría para Leopoldo.
 
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