Y entonces procedió a narrar con lujo de detalles la historia que armó en su cabecita fabuladora. La madre apenas si pudo soportar que terminara de atar las ideas preparadas en su mente, cuando ya empezó a vociferar:
_ Hijo de puta… ¿quién se cree qué es? El dueño del pueblo se cree que es el mugriento. Yo no le tengo miedo a nadie. A nosotros no nos van a pasar por arriba.
El padre oía con una sonrisa condescendiente. Sin dar demasiado crédito. Eso alarmó en un punto al niño. Pues si su padre no creía en él todo era en vano. Pero esa alarma encendida en la madre rápido lo avivó. Entonces trató de ganarse el crédito de su madre, para que ella fuera la intermediaria de poner el veneno en la sangre del padre del niño.
_ Sí mami. Y me empujó para tirarme en el barro… total él no nos lava la ropa. De eso te encargas vos. Y vos tenés muchas cosas qué hacer. Trabajás todo el día, y el jabón está caro… y es un hijo de puta el loco ése…
La madre afectó un gesto contrariado. Tratando de sondear el ánimo de su esposo, al que miraba de reojo. Y por dentro, se aguantó que éste no estuviera ya saliendo a vengar la vergüenza de su primogénito. Pero sabía que a su esposo poco era lo que podía sacarle tratando de presionarlo. Ya más de una vez, sobretodo en estado de ebriedad, le había dado unas palizas que la habían obligado a estarse unos días sin asomarse por el barrio.
_ Yo voy a ir a hablar con el loco. No puede ser esto…
Con premura, se dirigió a la casa, para volver a salir unos minutos después con signos evidentes de haberse peinado y encaró para la casa del loco.
Esos ciento cincuenta metros los recorrió con la sangre caliente, pero con su cabeza alerta. Lo iba a provocar al loco para que su marido entrara en escena. No le gustaba que las viejas del barrio vieran a su hijito ultrajado y cuchichearan entre ellas. Y ellos fueran la comidilla de las charlas de las mateadas con torta frita, cuyo olor indisimulable ya comenzaba a ganar esos aires puros de pueblo.
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La casa del loco daba apariencia de quietud de cementerio. Muchos árboles altos, el viento que ya soplaba más fuertemente. Eso permitiría que secara más pronto la tierra de las calles ahora barrosas. Cuando ya estuvo frente a la casa, se acercaron al alambrado que circundaba la propiedad de la familia del loco, los mismos perros que delataron a los niños y con actitud escasamente amistosa comenzaron con sus ladridos.
Batió sus manos con furia. Fue innecesario, porque ya el loco salía de la casa. La cara del loco vista desde cerca impactó en el ánimo de la madre del niño, la que se vió cohibida.
_ Buenas tardes señora.
Dijo el loco y la madre del niño sintió como un escalofrío recorriéndole la espalda. Las manos fueron presa de un sudor inexplicable. Ni siquiera sentía esa inquietud y angustia cuando su esposo la golpeaba, pues sabía en esos casos que cuando se le agotara la rabia la iba a mimar e iban terminar muy enamorados en la cama como feliz reconciliación.
La madre quedose muda, apenas si movió su cabeza como gesto cortés. El loco siguió avanzando y ya estaba enfrente de ella. Y ella sin hablar.
_ Sus hijos estuvieron hoy con sus caballos en mi campo. Mire usted, desde aquí se ve parte del desastre que me han hecho.
Y el loco giró y con su tren superior, pero sus piernas quedaron en la misma posición. Tenía una flexibilidad asombrosa.
La madre del niño estaba como bloqueada. No podía articular palabras. Tampoco su cara era portadora de gestos que denunciaran ni indignación ni cinismo. Por eso, el loco se asombró un tanto. Pues pensó que la visita de la mujer obedecía a uno de los siguientes dos casos: a pedir perdón por el accionar dañino de los niños y los animales de su propiedad; o bien, conociendo la fama beligerante de esa gente a pedir explicaciones. Pero hasta el momento, ese mutismo alelado lo descolocaba. El loco siguió:
_ El nene me parece lo bastante grandecito como para darse cuenta de lo que hace. Me pisaron, me comieron, me hicieron un quilombo tremendo… no los quiero ver más por acá.
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La mujer escuchaba. Sus ojos de a momento se fijaban en el loco, al que estudiaba en sus movimientos. Mas cuando el loco la observaba, ella retiraba la vista casi espantada y solo lo oía y su vista se perdía en los árboles del ingreso a la casa. Solo rompía el silencio para decir dos palabras y huir casi a paso largo:
_ Está bien…
Y se lanzó casi a una carrera hacia la calle. Caminó unos 30 metros. Entonces desandó sus pasos hacia la casa del loco. Que ya estaba metido en el hogar.
Antes de llegar frente a la casa, se arrodilló y tomó unos trozos de ladrillos. Y sin mediar nada más, los empezó a lanzar contra la casa del loco.
_ Tomá loco puto. Loco tarado. Tomá, mis hijos no son ningunos maleducados. El maleducado sos vos. Que lo tiraste al barro. Tomá hijo de puta.
El loco asomó su cabeza por la ventana. Asombrado, al ver a la mujer espero que terminara de lanzar sus piedras.
Luego salió y entonces la mujer escapó profiriéndole todo tipo de insultos. El loco buscó la carabina. Y el resto ya es historia bastante conocida en el pueblo y dio motivo de charla por mucho tiempo. La historia del loco, el niño, las hermanas del niño y la señora viuda mamá del niño que era hijo del padre y que se sentía orgulloso por ello.
 
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