El horario era el de las siestas. El día lluvioso. Los niños se adueñaban del barrio. Los adultos dormían. Y antes de echarse un sueño, el papá le ordenó al niño:
-Llevalos a comer un poco de pasto a esos caballos que están muertos de hambre.
-Bueno pá.
-Y que te ayuden tus hermanas –en tono imperativo, el único que había conocido en su vida.
Y el niño, que era el jefe de su banda, que conformaban sus dos hermanas y su primo, primeramente ordenó que jugaran a ver quién corría más presto en el barro. Juego que abandonaron para patear por un momento una pelota de plástico que enseguida los aburrió. Y los mocos caían de sus narices por el frío y la humedad.
Como era el cacique del clan fue en busca de los tres caballos flacos sin avisar. Luego vociferó:
-Che vengan a ayudarme. No se queden ahí parados abriendo la boca.
Entonces los súbditos acudieron obedientes. Y con los caballos en fila, las sogas, unos trozos de hierro y un martillo, emprendieron el raid para alimentar a los animales escuálidos.
Era digno de verse. Cuatro niños cuyas estaturas no superaban el metro con veinte centímetros llevando a tres animales, en medio del barro. La imagen era de desolación, porque los caballos se dejaban llevar por esos enanitos que parecían gnomos.
Lamentándose el niño:
-Allá en lo del viejo Ramírez no queda nada de pasto…
El primo sugirió, no sin cierto temor a ser castigado con una reprimenda:
-Podemos ir a la vereda de la casa de la abuela del Pancho… Ahí hay…
El niño intercedió para abortar la emoción de su emocionada de su hermana.
-Sí, pero es muy poquito…
Fue su hermana Gladiola quien lo pensó y propuso.
-¿Y por qué no los metemos para que coman en el campo del loco?
Su hermano, apenas si tuvo tiempo de articular lo siguiente:
-Claro, total el loco debe estar durmiendo la siesta. Total los hacemos comer un poco y después los sacamos a la calle y los llevamos a otro lado.
Con una gran carcajada, que contagió a los demás:
-Vamos adentro todo el mundo.
A esa hora, efectivamente, el loco dormía. En la pieza contigua a la suya lo hacían sus ancianos padres.
Fue entonces sorprendido de su sueño por los ladridos incesantes de los perros, mezclado con el alboroto de los caballos que encontraban en el cultivo todavía verde, el mejor bocado que estaban metiendo en mucho tiempo.
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Poniéndose la camisa, y desde el umbral, resonó su voz:
-Che chinitos de porquería, traviesos de mierda, saquen inmediatamente esos caballos de mi campo y mándense a mudar. Que voy a llamar a los milicos. Qué barbaridad, me están arruinando todo.
Los niños, sin emitir un solo vocablo, tranquilizaron a los animales y lo más pronto que pudieron buscaron la calle para ir hasta la vereda de la casa de la abuela del Pancho. Consideraron que ese era el mejor lugar para que los animales pastaran, hicieran sus necesidades y dejaran estampadas sus huellas en el suelo.
El niño hasta allí había permanecido casi mudo. Las siguientes expresiones de sonido que practicó fueron tímidos murmullos. Que luego ganaron firmeza:
-Loco de mierda, quién se cree que es… la reputa madre que lo parió. Hijo de mil putas… loco tarado. Lo voy a matar.
El primo cortó ese monólogo rabioso:
-Qué vas a hacer vos… si te agarra el loco te mata con una mano atada.
No pudo seguir desarrollando su comentario, porque el niño le propinó un fuerte golpe de puño y se le tiró inmediatamente encima para seguir castigándolo hasta hacerle sangrar la nariz. Eran golpes asestados con ferocidad, solo culminados por la insistencia de las hermanas que gritaban por clemencia.
Cuando el niño se incorporó, su rostro se veía abatido, viejo y llorosos sus ojos.
-Yo no sé si te coge el loco que lo querés tanto, a mí ya me tenés cansado. A mi casa no vas a ir nunca más. Te lo prohíbo y si vas te mato.
El primo fue ayudado por sus primitas. Estaba plenamente cubierto de barro y manchado de sangre. Se fue sin decir palabra y por unos meses no fue visita de éstos.
El niño comenzó a gestar su obra macabra.
-Le voy a decir a papi que el loco nos puteó a nosotros y también a él. Y a la abuela. Para que papi lo cague a trompadas. Loco de mierda. Porquería.
Las niñas oían silenciosas con el martillo llevado por Gladiola.
-Ustedes digan sí a todo lo que yo le cuente a papi. Digan que atamos el caballo lejos y que el loco pasó enojado y nos puteó. Ustedes digan eso. ¿Saben? Y que cuando le dijimos que no nos puteara que nosotros no habíamos hecho nada. Empezó a decir que él lo conocía a papi y que papi era una porquería y que él lo mataba a palos a papi.
-Bueno. –asintió Gladiola en nombre de ambas.
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