El calor de la noche se ha quedado pegado a la piel. Es una humedad suave, casi imperceptible, que lo vuelve todo más lento. Aquí dentro, entre las sábanas, el resto del mundo no existe; apenas es un rectángulo de luz tenue que recorta los edificios ahí fuera, como si la ciudad fuera un decorado de cartón que ya no nos pertenece.

Tus dedos trazan rutas sobre mi hombro, un mapa que ya conoces de sobra, pero que decides volver a recorrer, centímetro a centímetro. Me obligas a cerrar los ojos, a concentrarme solo en esa presión.

—No te muevas —susurras, apenas un hilo de voz que parece perderse en la almohada.

—No pensaba hacerlo —respondo, y mi propia voz suena extraña, como si no la hubiera usado en horas.

Te detienes en la clavícula. Siento el peso de tu mano, esa seguridad que solo tienen los años compartidos. No hay prisa, no hay urgencia. Solo nosotros dos, aprovechando que el reloj se ha olvidado de avanzar. Me apoyo contra ti, escuchando cómo tu pulso se acompasa poco a poco con el mío. Es un ritmo constante, un idioma que no necesita palabras, aunque a veces las buscamos solo por el placer de sentirlas vibrar en la oscuridad.

—¿En qué piensas? —me preguntas, aunque sé que en realidad no buscas una respuesta lógica.

Me muevo un poco para mirarte a la cara. La luz de una farola entra por la rendija de la persiana y te ilumina la frente, las arrugas que ya forman parte de mi paisaje favorito.

—En que casi nunca nos paramos así —digo, apartando un mechón de pelo de tu sien—. Siempre estamos corriendo detrás de algo, resolviendo algo, llegando a algún sitio. Y aquí, ahora, no hay nada que resolver.

Te ríes bajito, un sonido ronco que noto vibrar contra mi propio pecho.

—Quizás el truco es este —dices—. Aprender a que el mundo se detenga por un rato, aunque sea a la fuerza.

—¿Crees que es posible mantenerlo? —pregunto, y me siento un poco absurda por la pregunta.

Te encoges de hombros, restándole importancia, y me rodeas con el brazo, atrayéndome un poco más hacia ti, hasta que ya no sé dónde termino yo y dónde empiezas tú.

—No lo sé. Pero que dure lo que tenga que durar. Con eso basta, ¿no?

Página 2

Asiento en silencio. El cansancio empieza a ganar terreno, un cansancio bueno, de esos que te dejan el cuerpo liviano. Nos hundimos un poco más en el colchón. Ya no somos dos personas separadas; hay algo en la forma en que nos entrelazamos que nos desdibuja los contornos.

Mañana, el sol entrará por la ventana y habrá que enfrentarse al ruido, a las obligaciones, al horario que nos espera ahí fuera. Pero ahora, mientras la ciudad duerme y tu respiración se vuelve más profunda y acompasada, todo parece haber encontrado su sitio. Cierro los ojos, dejando que el sueño me arrastre, sabiendo que, al menos por esta noche, no hace falta buscar nada más.

80

Cargando comentarios...