No busques consuelo en estas páginas. Son solo dos poemas, pero pesan como un armario ropero que no cabe por la puerta. Aquí no hay versos limpios ni metáforas diseñadas para quedar bonitas; solo el olor a domingo atascado, a lejía frotada con rabia contra el parqué y a esa mandíbula que se desencaja de apretar los dientes.

Si esperabas una salida fácil o un cierre redondo, date la vuelta. Esto va de conservar el moratón y seguir llamando a una puerta que sabes de sobra que no va a abrirse.


Poema 1 – El puto olor a domingo

Me despierto y te tengo clavado en la lengua,

espina de las que no sé sacar,

de las que no quiero sacar

porque si las quito,

igual se me olvida cómo dolías.

 

El piso entero huele a domingo,

a esa hora muerta en la que el sol no calienta

y tú te reías de mis tonterías

mientras me destrozabas el pecho

sin saberlo,

o sabiéndolo,

que al final da igual.

 

He fregado el suelo tres veces

con lejía y con rabia.

He cambiado las sábanas,

las cortinas,

hasta el puto aire acondicionado.

Y todavía está tu voz metida

en las grietas del parquet,

en el ruido que hace la nevera,

en el silencio que deja el ascensor

cuando se va y no vuelve.

 

Joder, cómo pesas.

Pesas como un armario ropero

que no cabe por la puerta

y te deja la pared arañada.

Pesas como la resaca de un vino barato

que te recuerda, al día siguiente,

que fuiste un pobre iluso.

 

Te odio con una rabia que me desencaja

la mandíbula de apretar los dientes.

Y al mismo tiempo,

por las noches,

cuando el insomnio me vuelve idiota,

pongo la mano en tu lado de la cama

y me parece notar el calor de tu cadera.

Pero no hay nada.

Solo el frío de las sábanas

y yo,

un gilipollas de manual

que sigue llamando a una puerta

que sabes de sobra que no va a abrirse.


Poema 2 – Tu nombre contra el hueso

 

Deseo no es ternura, coño.

Deseo es este puñetazo que le pego a la pared

cada madrugada,

y ella, joder, ni se inmuta.

Pared más dura que tu conciencia.

 

No me acuerdo de ti para llorarte,

que ya he llorado bastante.

Me acuerdo para putearme,

para reírme de mí mismo

por haber creído que un "siempre"

podía caber en tus caderas.

 

Página 2

He intentado borrarte de la agenda del móvil,

pero te tengo memorizado

como el número de urgencias

que nadie llama pero todo el mundo sabe.

Llevas cuatro años muerta en mi recuerdo

y aún así eres la puta fantasma

que no se va,

que se sienta en el borde de la bañera

mientras me ducho

y me mira con esa cara de pena

que no me trago.

 

Escribo para que el silencio deje de ser vacío,

pero tú te empeñas en llenarlo

de gritos que solo yo oigo,

de esos gritos que ahogo contra la almohada

a las tantas,

para que los vecinos no sepan

que todavía hay un tío de cuarenta y tantos

que llora tu nombre como un crío.

 

No quiero curarme.

Quiero que te joda saber

que voy a arrastrar tu memoria

hasta el día en que me caiga redondo.

Y cuando la caja de pino se cierre,

el único puto ruido que se escuche

sea tu nombre

rebotando contra mi caja torácica

como una mosca contra el cristal

de una ventana que no se abre.


Juan Carlos Rodríguez Soriano

Escritor, poeta y autor de Bitácora del Alma

Técnico logístico de día. Poeta de noche.

Escribo para que el silencio deje de ser vacío.


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Y quizá la próxima reflexión que leas aquí llegue a ti justo cuando más la necesites.

© 2026 Juan Carlos Rodríguez Soriano

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