Las horas mudas
Prólogo
Hay textos que no nacen de la prisa ni del deseo de llegar a ninguna parte, sino de la necesidad urgente de poner orden en el desorden de los días. Este poemario es exactamente eso: una bitácora levantada en los márgenes del tiempo, donde las horas no se miden por manecillas de reloj, sino por la textura de los silencios, el peso de una taza de café a la deriva o el eco lejano de una casa que ya solo existe en el temblor de la memoria.
No busques aquí grandes artificios ni respuestas universales. Quien escribe estas líneas camina descalzo por la cuerda floja de lo cotidiano, aceptando que las decisiones que dejamos atrás y los caminos que no pudimos andar forman parte de una misma cicatriz luminosa. Es un refugio hecho de palabras gastadas, un intento honesto de atrapar lo que se nos escurre entre los dedos antes de que la noche apague definitivamente la luz del flexo.
Introducción
Este recorrido se detiene en cuatro estaciones interiores, cuatro paisajes de una misma jornada suspendida entre la duda y la aceptación.
El alba abre el día con la promesa frágil del origen, en el pulso lento de una cocina antigua y las pequeñas rutinas que nos sostienen.
El mediodía nos arroja a la intemperie del asfalto y al vértigo de las bifurcaciones que pudimos tomar.
La caída de la tarde baja la persiana del mundo para dejar paso a la nostalgia de los muebles gastados y las ausencias que respiran bajito.
La vigilia nocturna, por último, desarma las defensas a las tres de la mañana, allí donde ya no queda nada que fingir y solo sobrevive el cuaderno abierto esperando la verdad de la tinta.
I. El alba (La promesa y el origen)
El día no empieza cuando suena el despertador,
sino cuando la luz se atreve a rasgar el visillo de la cocina.
Me he quedado un buen rato mirando el café en la taza,
sin beberlo,
pensando en cómo nos vamos llenando de capas de costumbre con los años.
De niño creía que los adultos sabían exactamente hacia dónde caminaban.
Qué equivocación tan grande.
Ahora que estoy aquí, con las manos tibias rodeando la cerámica,
entiendo que casi todos vamos improvisando el trayecto,
intentando no tropezar con las ausencias que dejamos atrás
en la vieja casa de los abuelos.
Aquel suelo que crujía siempre en el mismo sitio,
el olor a pan tostado y humedad de la fachada,
la cancela de hierro que cerraba mal.
Son cosas pequeñas,
pero son las únicas que de verdad nos sostienen
cuando el presente se pone tonto.
La cocina huele a achicoria y a carbón antiguo
en los rincones donde la memoria no transige.
Mi abuela solía barrer las migas con desgana,
mirando el patio como si esperara a alguien que nunca llegaba
o que quizás ya había pasado por allí
demasiado temprano.
Yo me quedaba sentado en el taburete bajo,
contando las baldosas grises y desportilladas,
creyendo que el mundo entero cabía en aquel cuadrado de baldosa.
Ahora sé que el mundo es esto:
un café que se enfría,
una ventana que deja pasar la claridad sin pedir permiso,
y el eco lejano de una voz que nos llamaba
antes de que aprendiéramos a tener miedo de perderlo todo.
El alba no trae respuestas,
solo una tregua breve
entre la noche que se marcha
y el ruido que todavía no ha empezado a morder los talones.
Miro mis propias manos sobre la mesa:
tienen las mismas marcas,
el mismo temblor leve en la piel de los nudillos,
como si el tiempo fuera hereditario
y se fuera depositando en los huesos
sin que uno pueda firmar ningún contrato de renuncia.
Afuera, los pájaros empiezan su discurso tonto,
repetitivo,
insistente.
No dicen nada nuevo,
pero al menos insisten.
Y uno se pregunta si no consiste en eso la vida:
en insistir un día más con las mismas dudas,
con la misma taza templada entre las palmas,
mirando cómo la mañana abre los ojos
muy despacio,
sin prisa por encontrarse con el desastre del día.
II. El mediodía (El peso de los pasos)
Luego llega ese mediodía ruidoso que no va contigo.
Sales a la calle
y parece que todo el mundo tiene prisa por llegar a ninguna parte,
mientras uno se siente suspendido en medio de la acera,
con la cabeza en otro sitio,
atrapado en una esquina invisible.
Es curioso cómo pesa más lo que no elegimos
que los propios aciertos de los que tanto presumimos luego.
Te paras ante un semáforo en rojo
y te asalta de golpe el fantasma de aquella bifurcación:
¿qué habría sido de nosotros si hubiéramos cogido el otro desvío?
Aquel tren que dejamos pasar bajo la lluvia,
aquella carta que nunca nos atrevimos a echar al buzón,
la puerta que cerramos de golpe
por puro orgullo o por una cobardía disimulada de sensatez.
Da vértigo mirar atrás
y ver los caminos borrados por la maleza del tiempo,
las decisiones tomadas con la ligera ilusión
de que el futuro nos esperaría pacientemente en la siguiente esquina.
Y ahí te quedas,
con la bolsa de la compra bajo el brazo,
sintiendo que la vida pasa a dos por hora
mientras por dentro te arde una pregunta sin respuesta.
Los coches pasan salpicando charcos invisibles.
La gente habla por los teléfonos móviles
con una urgencia postiza,
gritando cifras, plazos, urgencias que dentro de tres días
no le importarán a nadie.
Yo me aparto hacia la fachada de una farmacia cerrada,
buscando un recodo de sombra,
un hueco donde el ruido de los cláxones no golpee tan directo en las sienes.
Pienso en los amigos que se quedaron por el camino,
en los amores que se deshilacharon como hilos de lana vieja
sin que hubiera una pelea gorda,
tan solo un enfriamiento lento,
un dejar de llamarse,
un irse distrayendo con otras urgencias más estúpidas.
¿En qué momento exacto dejamos de ser importantes para los demás?
¿En qué recodo de la carretera perdimos la brújula
y empezamos a conformarnos con este caminar automático?
El sol de mediodía cae a plomo sobre las baldosas de la plaza,
blancas y mudas,
devolviendo un calor seco que asfixia.
Nadie mira a nadie.
Todos van con la vista fija en el suelo o en la pantalla brillante,
huyendo de la mirada del extraño
por si acaso en ella descubren su propio reflejo desubicado.
Yo aprieto las manos en los bolsillos del abrigo
y sigo caminando,
porque quedarse parado en medio de la acera
es admitir demasiado pronto
que uno ya no sabe muy bien a dónde coño iba.
III. La caída de la tarde (La luz quebrada y la nostalgia)
A medida que la tarde se tuerce,
la luz cambia de acento
y todo adquiere un tono como de fotografía antigua,
de esas que se guardaban en cajas de lata
junto a botones sueltos y medallas olvidadas.
Las sombras se alargan por el pasillo
y los muebles de siempre parecen mirarte con reproche,
o quizás con una pena sorda,
como si supieran más de nosotros que nosotros mismos.
Es la hora en que la casa pesa más.
Te sientas en el sillón orejero,
el mismo que cruje por el lado izquierdo,
y empiezan a desfilar los que ya no están:
los que se bajaron del viaje sin decir adiós del todo,
los amigos de la juventud de los que solo queda un nombre
apuntado en una agenda vieja que ya no abre nadie,
los domingos de lluvia en los que el tiempo no avanzaba.
Hay silencios que se instalan en las esquinas del salón
y no hay forma humana de barrerlos con la escoba;
se quedan ahí,
respirando bajito,
agazapados bajo la mesa camilla,
recordándote que el tiempo es un ladrón silencioso
que te va vaciando los bolsillos de recuerdos
mientras tú miras hacia otro lado fingiendo distracción.
La luz de la tarde se vuelve ámbar,
luego gris ceniza,
después un cardenal sucio que se apaga despacio
contra los cristales de la ventana.
Me levanto a encender la lámpara de la mesilla
porque la penumbra a estas horas
empieza a poblarse de fantasmas demasiado reales.
Son los remordimientos menores,
las palabras mal dichas en una tarde de verano,
el desplante tonto al que no dimos importancia
hasta que la otra persona se marchó para siempre
y ya no hubo manera de pedir disculpas a nadie.
Qué frágiles somos,
qué poco nos hace falta para desmoronarnos por dentro
cuando la tarde afloja el paso
y la ciudad se queda sin ruido de motores.
Abro una libreta y miro las hojas en blanco.
Las letras se amontonan torcidas,
sin la elegancia de los libros impresos,
con tachones y manchas de tinta
que delatan la torpeza de un pulso cansado.
A esta hora ya no sirve de nada aparentar dureza;
el caparazón se cae solo,
dejando al descubierto la carne viva de los años
que se nos escapan entre los dedos
como un puñado de arena mojada.
IV. La vigilia nocturna (El refugio y la intemperie)
Y al final, la noche.
Esa vigilia terca que te abre los ojos de par en par
justo a las tres de la mañana,
con una precisión de reloj descompuesto.
El mundo exterior calla por fin,
los vecinos apagan sus televisores,
los coches dejan de rugir en la carretera principal,
pero dentro de la cabeza se arma una feria de ruidos inútiles,
un carrusel de pensamientos absurdos
que dan vueltas y vueltas sin llegar a ninguna parte.
Es en ese desvelo idiota
donde uno se reconcilia con sus propios trozos rotos,
porque ya no queda nadie a quien mentirle,
ni siquiera a uno mismo.
Ya no vale la pena disimular ante nadie.
Te levantas descalzo,
con cuidado de no hacer crujir el parquet,
buscas un bolígrafo que pinta mal en el fondo de un cajón
y escribes cuatro torpezas en el margen del cuaderno,
buscando un refugio donde la intemperie no duela tanto.
No hay grandes revelaciones a estas horas de la madrugada;
no bajan ángeles ni se iluminan verdades universales.
Solo queda la constatación tozuda
de que hay cosas que ya no tienen arreglo,
grietas que se quedan abiertas para siempre,
ausencias que no se llenan con nada
por mucho que uno intente inventarse otra vida en los papeles.
Y, sin embargo,
en medio de esta soledad de bombilla fundida y frío en los pies,
aparece una especie de calma extraña,
un sosiego áspero pero sincero.
Quizás la paz no sea otra cosa que esto:
aprender a despedirse de lo que fuimos sin rencor,
aceptar que el camino fue el que fue,
con sus baches, sus torpezas y sus aciertos mezquinos,
y apagar por fin la luz del flexo
sabiendo que la noche,
con todo su peso de silencio y de ceniza,
también sabe guardar los secretos
de los que todavía seguimos intentando escribir
nuestra propia historia
antes de que se nos acabe la tinta.
Epílogo
Queda el margen de la hoja, un poco de tinta seca en el fondo del bolígrafo y la certeza de que las cosas importantes nunca hacen ruido al marcharse.
A estas alturas ya da igual qué camino escogimos en aquella encrucijada de verano ni qué nombres se borraron de la agenda. Lo que queda es este pulso tibio, la cocina que empieza a enfriarse otra vez y la extraña ligereza de saberse frágil, incompleto y humano. Ya no hay prisa por cerrar el cuaderno ni por buscar un final redondo que satisfaga a nadie.
La noche guarda su secreto, la madrugada cumple con su ritual de silencio, y nosotros seguimos aquí, intentando escribir con letra torcida la única historia que nos pertenece.
✍️ Juan Carlos Rodríguez Soriano
Escritor, poeta y autor de Bitácora del Alma
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