Mientras bailábamos al ritmo de música lejana, le pregunté si quería irse. Sinceramente, no hablaba solo de la fiesta, en realidad le pregunté si quería irse para siempre de mi vida. Ella lo sabía, pero me amaba tanto como yo a ella, ya era tarde para tomar ese tipo de decisiones. Vanesa siempre fue terca con ese tema. Desde que me encontró, en la calle, tirado como un envoltorio sucio y olvidado, se encariñó conmigo quien sabe por qué. ¿Lástima? ¿Compasión? Quizá simple empatía, pues alguna vez fui un joven entusiasta con problemas que me limitaban, era igual a ella. Sin embargo, no somos iguales; Vanesa es una mujer hermosa, carismática, con cierto talento y, por lo tanto, un futuro brillante. Si quisiera podría encontrar a su compañero perfecto, un trabajo ideal, formar una familia y cumplir sueños menores por medio de oportunidades bien aprovechadas. ¿Qué hace bailando conmigo un ángel? ¿Qué hace ella desperdiciando su vida con un hombre muerto?
-Te amo- Me dice.
-Yo también te amo- Le digo.
No hay más discusión, porque no soy nadie para decidir sobre su vida. Era su decisión seguir actuando de salvadora, yo le advertí incontables veces de lo que debería hacer. Desde que nos conocimos fuimos intensificando nuestra relación día a día, como una rutina de amigos que pronto fue una rutina de novios. Ahora somos como recién casados, pasa más tiempo en mi casa que en la de sus padres. Ambos estamos cómodos usando mi departamento como escondite, allí el tiempo no pasa, se detiene para que podamos crear recuerdos inolvidables. La primera vez que nos besamos cerré los ojos para sentir sus labios a una intensidad indescriptible, agradecí despertar y tenerla entre mis brazos.
A veces pienso en ella como un “karma”, el regalo perfecto para el hombre más desgraciado de la tierra: la compañía de la mujer más hermosa del planeta.
Vemos películas, criticamos lo que no nos gusta con ironía, nos emocionamos con escenas emotivas y lloramos de la risa con chistes de mal gusto. Prometimos comprar una cámara para documentar nuestros futuros viajes. Cocinamos, o por lo menos intentamos, ensuciando la pequeña cocina con restos de nuestros desastres culinarios. Nos refugiamos de lo externo, mi querida Vanesa no soporta su entorno, está cansada de ser quien es y odia lo que pretenden que sea. Conmigo es quien quiere ser, se libera, casi que sale volando por la ventana con esas alas que solo yo puedo ver.
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Así somos, enamorados y perdidos como la leyenda de los amantes suicidas. Sin embargo, sueño con un final diferente… a veces pienso que podríamos ser felices para siempre si logramos convivir con nuestras imperfecciones. Mientras estamos juntos somos perfectos; y separados nos desmoronamos emocional y físicamente. Debo decir que me siento culpable de nuestra augurada tragedia.
La sociedad que nos agobia comenzaba a molestar. Entre diferencias familiares y presión social, llegamos a la conclusión de que debíamos irnos, escapar de nuestros problemas manteniendo lo único que todavía valía la pena: nuestra relación.
Finalmente, ideamos el plan para iniciar una nueva vida, dejando atrás todo lo que nos hizo mal. Yo no tenía nada que perder, ya perdí mi trabajo, no tenía amigos ni conocidos, mi familia vivía lejos en un pueblo, odiándome por la decisión de abandonarlos. Estuve cerca de darles la razón, pero al conocer a Vanesa entendí que todos esos años perdidos valieron la pena. Ella, en cambio, debía dejar una familia que la quería a su manera, y muchas amistades banales; además de la posibilidad de un futuro distinto.
Nuestro plan era simple, tomaríamos dinero y nos marcharíamos, sin rumbo fijo, viviendo libres y disfrutando cada nueva experiencia. Sin embargo, el día de la fiesta mis dudas emergieron como cuerpos en el mar muerto.
-Nos iremos el día después de mañana- Me dijo.
Jamás lo olvidaría, lo tenía anotado tanto en mi celular como en mi corazón. Finalmente llegamos al lugar usando ropa elegante, ambos estábamos preciosos. Su vestido blanco era perfecto para ella, una mujer de tez clara, rubia, toda una muñeca Barbie. Yo, por otro lado, mejoraba mucho mi aspecto con un buen traje negro, podía hacerme pasar por un hombre apuesto, aunque sea solo por unas horas.
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La velada estuvo repleta de típicas formalidades. Nosotros nos aburríamos, tratábamos de soportarlo haciendo bromas internas, con gestos y palabras, nuevamente parecía que éramos los únicos en el enorme salón. Cuando la verdadera fiesta llegó, buscamos bebidas alcohólicas que nos hagan sentirnos inmortales e impunes. Tomamos y bailamos mezclándonos en la multitud, siguiendo los compases de la música alegre que retumbaba en las paredes. Luego salimos al gran patio para tomar aire y así fue como terminamos bailando un vals lento, sin música acorde a nuestros pasos. Vanesa tarareaba una melodía que seguíamos como el canto de una sirena. Fui yo quien rompió el silencio, expresándole mis inquietudes, claro que habíamos pasado por esta conversación infinitas veces y ella sabía cómo terminaría. Miré su rostro fijamente, obligado por la poca fuerza de sus brazos. Ella quería que viera sus ojos en el momento exacto que me dice “te amo”. Evidentemente, no mentía, no fingía, no exageraba, sus palabras eran sinceras. Yo quedaba como idiota y no tenía más remedio que compensar mis errores con besos y más cariño.
Entre juegos de pareja acabamos en el suelo, caímos bruscamente sin hacernos daño. Nuestra posición era ideal, pues veíamos el cielo donde descansaba la luna, acompañada de sus preciosas estrellas. En medio de esa hermosa escena tomé su mano, ahí estuvimos como una pareja feliz.
-Dime- dijo Vanesa, pidiéndome algo más que silencio. Sonreí ingenuo
“Gracias por salvarme”
“Te amo”
“¿Cómo estás?”
“¿Cómo nos ves en diez años?”
Sin saber que decir me quedé callado, decepcionando a mi amada. Pensaba alguna frase distinta, algo que cambie el rumbo no solo de la noche, sino de nuestras vidas. ¿Acaso existen las palabras perfectas? ¿Acaso existe el momento indicado? De lo único que estaba seguro, era de haber conocido a la persona ideal.
Dejamos de mirar la luna y nos miramos fijamente el uno al otro. Admirando imperfecciones, admirando belleza, solo admirándonos. Nadie sabe lo que sucedió antes de levantarnos, pues ni yo lo recuerdo con exactitud. Diría que nos aburrimos y volvimos a la fiesta.
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Nos excedimos de alcohol. Cuando llegó la hora de ir a casa, mis ojos se preocuparon al ver a mi Vanesa durmiendo en un sillón. Solté una sonrisa, era inevitable, podría quedarme viéndola en ese estado de paz por décadas. La cargué con cuidado para no despertarla, así llevé a mi niña por varias calles. Decidí caminar porque estábamos cerca de nuestro lugar. Su cuerpo era liviano, no me costaría hacerme cargo de su peso. Para mi sorpresa, ella se despertó preguntándome que había pasado, le expliqué que la fiesta había terminado y volvíamos a casa.
- ¿A casa? - preguntó tras una risa pícara. Luego bostezó, como un gatito despertando de la siesta. Sé que le hacía ilusión, así que lo repetí.
-Si, a “casa”. Algún día tendremos un hogar de verdad.
Le pregunté si quería caminar, como esperaba dijo que no, había olvidado los zapatos y no quería caminar descalza en plena calle. Me sentí culpable, no vi nada a los alrededores cuando la cargué, quizá porque estaba demasiado concentrado en mirar su carita viajando entre sueños. Vanesa me asegura que no importa.
-Así estoy más cómoda, caminar es agotador- Bromea.
Vanesa empezó a hablar bajito, casi susurrándome al odio relatos sin contexto. Quise interpretarlos como pensamientos propios que quería compartir conmigo, pero también podían ser efectos tardíos del alcohol.
-Algunos se rinden, pero nosotros no, resistiremos viajando y cambiando de aspecto como criminales buscados. Seremos reconocidos como leyendas, solo imagina. “El valiente Cristian Chubbuck y la peligrosa Vanesa Hadid, una pareja que llevó su relación más allá, dejándolo todo por amor. Atravesarían grandes obstáculos para encontrar su destino, un destino que uniría la voluntad de dos almas perdidas para transformarlas en el amor perfecto”. Así seremos, nuestras vidas se acabarán y el mundo nos recordará como “los amantes suicidas”.
- ¿Y por qué nos llamamos así? - Pregunto.
-Porque lo que siente el uno por el otro es tan grande que… se trata de un amor que supera el límite más grande: la muerte. Estamos conectados por el hilo de la vida, y estaremos conectados aun después de nuestra muerte… Y también porque lo leí, es una novela.
Me reí, todo aquello era una historia genial. Leí ese libro hace poco. El autor es un experto en el drama y la exageración, creo que es el tipo de libro que Vanesa debe idolatrar
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Ella se aferraba a mí, con mis manos agarraba sus muslos para no dejarla caer. Antes de llegar, antes de que sea el día después de mañana; en esa noche especial, sentí que gracias a ella podía ser feliz.
-Vane.
-Cristi- Respondió, con tono burlón.
Respiré profundo y lo dije.
- ¿Quieres casarte conmigo?
Y llegamos. Tan solo debíamos abrir puertas, subir escaleras, avanzar algunos metros para llegar a nuestra cama y descansar tras esta gran noche. Ella puso sus pies en el suelo mugriento, giré rápido para encontrarnos frente a frente. Sus ojos brillaban, eran cristales a punto de romperse. Lágrimas de emoción bajaban por sus mejillas, quise quitarlas, pero me detuvo. Manejó mi mano hasta su cintura y antes de desaparecer en un beso detonante de placer y alegría, me dio su respuesta.
- ¡Si!
Yo, quien hasta ese día era un cobarde, di un paso enorme. Ella lo valoró. Esas palabras no tenían valor legal, pero para nosotros fue la pregunta/respuesta que nos unió para siempre.
Entramos a la habitación e hicimos el amor hasta el cansancio. Su cuerpo blanco era lo único capaz de quitarme las energías. Nos besamos, nos tocamos, así fue hasta que en algún momento nos quedamos dormidos. En cierto momento desperté y, tras un largo bostezo, sonreí al darme cuenta de que no se trataba de un sueño, Vanesa dormía a mi lado. Me levanté con dificultad, pensé en preparar algún desayuno sorpresa, pero cuando la vi durmiendo decidí volver a acostarme.
-Te amo- Susurré, creyendo que me había escuchado. Quizá entre sus locos sueños escucharía mi voz y le traería suerte.
Cubrí su cuerpo con mis brazos, me dormí acariciando su piel, suave como abrigo. Nuestro despertar coincidió con un hambre de almuerzo, el cual tuvimos que saciar en un lugar de comida rápida. No nos quejamos, podría decir que durante esas horas fuimos realmente felices, conformes con no perdernos.
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