El día que Ignacio Moretti ganó las elecciones del municipio de Santa Inés, ese día pasó a la historia. Después de la segunda guerra mundial varias familias de inmigrantes italianos se asentaron en el país, una de ellas fueron los Moretti, con un poco de capital y mucha suerte establecieron una finca en el pueblo y con el paso de los años fueron grandes agricultores y ganaderos. Poco a poco el dinero los colocó en la política del pueblo; en un principio un poco reacios, después ávidos de poder.
Varios de los integrantes de la familia habían intentado (sin mucho éxito) la presidencia del municipio. La gente de la comunidad, los nativos que habían estado ahí antes de la conquista española y que aún conservaban sus tradiciones, su idiosincrasia, usos y costumbres miraban con reparo los fines que perseguían los Moretti. La mayoría de ellos eran criados y educados en Estados Unidos, regresaban para dirigir los negocios familiares y acrecentar sus bienes y fortuna permitiéndoles durante años permanecer en la aristocracia del pueblo.
Uno de ellos, el menor de siete hijos de don Eusebio Moretti se distinguía del resto de los demás. Él, a diferencia de sus hermanos y por el arraigo a su madre y padre no dejó el país nunca, estudió en las escuelas de la comunidad, jugó con los niños e incluso se enamoró de las niñas del pueblo. En sus rasgos mestizos aún perduraban las huellas de un pasado lombardo, su diferencia estribaba en que se sentía uno más del pueblo, un paisano más. Los años pasaron y se le podía ver jugando futbol en el llano bajo la lluvia, en los portales del parque conquistando con su galantería a las muchachas del pueblo o a caballo en el monte… la gente lo empezaba a reconocer como un joven temerario, bondadoso y diferente del resto de su familia, lo habían hecho uno de los suyos. Decidió estudiar ciencias políticas en la capital del país; tenía un plan, ser presidente municipal.
Ya en los tiempos de campaña política, un mes antes de las elecciones el apoyo era incondicional, la gente por voluntad propia pegaba propaganda afuera de su casa, prestaba sus carros para vocear al candidato, se tomaban fotos con él como una celebridad, lo abrazaban y besaban como lo hacían como el padre o el hijo que nunca tuvieron… se lo querían comer vivo…
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El día de las elecciones, fue un día de fiesta sin precedentes, su más cercano contrincante político solo lo apoyaba su familia (acaso), Ignacio Moretti estaba muy por encima en las encuestas previas, se podía notar un apoyo del 90% del pueblo. Las calles estaban adornadas con papel de fiesta, limpias y abarrotadas de gente dispuesta a votar, los puestos del mercado, los de comida y todo el comercio se encontraba cerrado a excepción de las cantinas y los puestos de cerveza, las personas que vivían en otro pueblo o en otra ciudad se trasladaron al pueblo sin importar el tiempo ni la distancia, personas de la tercera edad, sacando fuerzas de quien sabe dónde o apoyándose en bastones acudieron a votar, el jolgorio era tal que en la plaza principal hubo baile, comida y bebida. Esa noche fue muy larga y más de medio pueblo estaba borracho.
A la mañana siguiente los resultados se iban anunciar en la plaza principal, a un lado de la iglesia, las campanas sonaron doce veces y convocaron a los habitantes del pueblo para dar los resultados, los candidatos se encontraban a un lado y en un acto de solemnidad más que de decisión (porque era obvio quien era el ganador) esperaban la sentencia. Una mujer vestida de rojo era la encargada de decir el nombre del ganador, miles de personas en la plaza y sus alrededores, encima de azoteas o en los hombros de alguien esperaban la aparición en el pulpito de Moretti. Cuando la mujer de rojo abrió los labios y dijo: el presidente electo es Ignacio Moretti hubo un frenesí tal que en el paroxismo del delirio colectivo la gente comenzó a gritar de alegría, por fin uno de ellos los representaría, serían escuchados, el extranjero tan repudiado entraba en la identidad comunal, era absorbido por ellos. Muchas personas empezaron a bañarse de cerveza, a empujarse mutuamente para estar más cerca del presidente. De la conmoción general y alegría pasaron al llanto, una de las personas mencionó “es como ver caer un ángel”, otros más piadosos decían “bajó dios a la tierra”, de una turba vehemente pasó a una masa enardecida dispuesta a estar lo más cerca posible de Ignacio, la gente empezó a rodearlo por los cuatro puntos cardinales, sus seguidores y familia más cercana no tardaron en contagiarse de la emoción de efusividad y arrebato, era como si perdieran por un momento su identidad y se fundían con los otros. Ignacio Moretti no pudo escapar de los que querían un pedazo de él, cayo al suelo y ahí ciento de manos comenzaron a desollarlo, a morder cada parte de él, los más afortunados consiguieron una parte entera, otros muchos solo un dedo o un musculo, los intestinos eran devorados mientras los órganos vitales como el corazón, el hígado o los pulmones así como eran sacados de la caja torácica, eran peleados por hombres y mujeres hambrientos, un hambre milenaria e insaciable, la sangre que brotaba de las yugulares era bebida como vid dionisiaca, el pelo y las uñas se disputaban también. Muchos se asesinaron entre sí por tener algo de él, y era un espectáculo de cientos de seres con la boca y las manos teñidas de rojo… cual perros se roían los huesos.
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Nadie que participó en ese rito orgiástico fue consciente de lo que hacía, esa abominación parecía no tener fin hasta que  una lluvia serena comenzó a caer sobre sus sucios cuerpos, fue cuando todos alzaron la cara y viéndose a los ojos con pena y miedo fueron retrocediendo cayéndose de espaldas al tropezar con los cuerpos que yacían desmembrados o degollados… otros más al pasar por los cristales de los comercios de la plaza veían sus rostros con la boca sucia de sangre y comprendían lo que habían hecho. De Ignacio Moretti nadie se cuestionó su paradero porque de cierta manera sabían que ahora era uno de ellos, estaba adentro de todos. Cada persona se retiró a su casa con la cabeza baja y la plaza quedó sola solo, acompañada de una luna que la miraba pavorosa y bermeja, ni la lluvia podía lavar ese oprobio.
Al día siguiente era lunes y todo debía volver a la normalidad, sin embargo, cuando la primera persona regresó a la escena había un cartel colgado en el atrio de la iglesia que decía: y ahora… ¿quién será el próximo presidente municipal? Y al lado un racimo de uvas.
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