¿Quién tiene tiempo para hacer diferenciaciones acertadas entre pensamientos abismales y superficialidades generales?
¿Entre lo propio y lo externo asimilado en lo interno?
¿Entre la aplicación de prejuicios, preconcepciones y percepciones sin parar de sonreír?
Y al terminar las evaluaciones pertinentes, ¿quién tiene la crudeza suficiente para poder discernir, entre tanta pila ordenada, la verdadera importancia de todo ello?
Obviamente, aprendiendo a prescindir de lo que ya no sirve ni para construir ni para destruir.
Los refugios son temporales.
La resignación y la sumisión empiezan al aceptarte como eres y abrazar tus límites. Al ver tan de cerca tus defectos, tus carencias y tus equivocaciones, te sientes endeble. ¿Cómo más podrías sentirte?
Y te preguntas:
—¿Qué más me queda?
Al entender que el material con el que fabricas tus mundos imposibles es material para construir cárceles, en un lapso donde no te sientas observado por el juez-penitente que eres, te dices:
—Sí, habito una cárcel... Pero si la abandono, ¿donde podría ir? ¿Podría de verdad ir a —y en verdad vivir en— algún lugar?
—Fuera de la cárcel que construí, ¿qué podría hacer? ¿Podría de verdad HACER ALGO?
—Si abandono esta cárcel, ¿seré libre verdaderamente? ¿Y a qué clase de libertad podría yo aspirar en ese afuera? ¿No quedaría igualmente atrapado en una cárcel impalpable al encerrarme en el afuera?
—Y si es así... ¿no es mejor permanecer en la cárcel mía? ¿En la que yo construí a mi antojo y medida? ¿En la que estoy muy cómodo y a salvo? ¿En la que me acoge y refugia siempre?
Y sabes la verdad dentro de tu corazón: sí, es mejor habitar una cárcel.
Estar atrapado en sus dimensiones. Hacer de ella tu lugar en el mundo, tu lugar en la vida cuando es lo único que tienes. Cuando la construiste tú, poniendo en ello tiempo, alma, vida, mente y corazón.
Esa cárcel es lo único que te pertenece. Es lo único a lo que puedes aspirar. Es tu vida entera. Esa cárcel es la única salida que te queda: tu máximo refugio, con lo que sustituyes tus carencias, tu salvación.
Sin embargo, las particularidades de la realidad y las circunstancias siempre te sacan cruelmente de tus cárceles, o te hacen sentir vergüenza de habitarlas.
Pero si no tienes más hogar que ese, si no puedes hallar lo que te falta excepto allí —así sea imaginariamente—, no puedes dejar que el tiempo se extienda ni que se pierda en tu alma la llave para abrir la puerta de aquella celda tan amada.
¿Por qué aceptarías irte a una realidad que no te pertenece? ¿A una realidad a la cual le das igual y dentro de la que no hay nada para ti?
Un afuera en donde tan solo puedes ver lo que deseas en manos de otros. En donde tan solo puedes ver tus sueños cumplidos por otros. En donde todos tienen lugar menos tú, y ni siquiera crees merecerlo por sentirte defectuoso y avergonzado de estarlo para siempre. Un afuera en donde la felicidad es una utopía y la maldad reina, gana y domina.
Por lo menos las cárceles son tuyas.
Son tu isla feliz.
Tu guarida.
Tu cielo donde puedes escapar y ser de verdad.
El regalo que te haces a ti mismo cuando nunca te regalaron ni siquiera una respuesta. No estás atrapado allí: allí es todo como tú quieras que sea... y siempre será así.
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