DOS HISTORIAS DE AMOR Y UN POETA
“Sweet are the uses of adversity…”
William Sakespeare.
Del libro Romances Argentinos de escritores
Turbulentos de Daniel Balmaceda.
Editorial Sudamericana 2013.
JUGANDO CON EL ALEPH
En una de esas incontables caminatas de madrugada que compartieron Borges y Estela Canto, pasaron frente a una puerta de una confitería de Constitución, donde quedaron envueltos en el aroma del pan recién horneado. El escritor hizo silencio para saborear aroma y luego contó a su pareja que le dedicaría un cuento a cerca de un aparato donde podían verse todos los lugares y objetos del mundo. Aún no lo había bautizado, pero se trataba de El Aleph. Pocos días más tarde visitó a Estela en su casa. Llegó con un calidoscopio anunciando que se trataba del famoso aparato llamado El Aleph, que es la primera letra del alfabeto hebreo. El hijo de la empleada que trabajaba en la casa de Estela tenía cinco años y se llamaba Toño. Se apoderó del Aleph de Borges y lo rompió. Para el no era más que un juguete; para Borges era una idea que se convertiría en so obra más elogiada.
Con el manuscrito, lleno de tachaduras y agregados, fue a casa de Estela (Tacuarí 704) y lo leyó para que ella lo pasara a máquina; aquellos papeles quedaron en poder de la señorita Canto, a quién Borges le dedicó el cuento. Pasó el tiempo, ya había terminado la relación de siete años cuando Estela atendió el teléfono. Era Borges, quién se excusó por haberse equivocado: “He marcado tu número por error, inconscientemente. Quería llamar a otra persona. Eso quiere decir que deseo verte.” Se encontraron en la confitería St James, aquella donde Cecilia Ingenieros había puesto punto final a la relación entre ella y Borges. Estela le dijo “pienso venderte el manuscrito cuando estés muerto Georgie” Borges lanzó una carcajada y cuenta Estela que dijo: “Caramba, si yo fuera un perfecto caballero iría ahora mismo al cuarto de caballeros y, al cabo de unos segundos, se oiría un disparo”.
En 1985, un año antes de que Borges muriera, entregó los manuscritos a Sotheby¨s de Nueva York para que los rematara. Los históricos papeles quedaron en poder de la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, por 25.760 dólares.
“EL DENTISTA”
El miércoles 27 de noviembre de 1963 Borges estaba apenado. El motivo era María Ester Vázquez, su secretaria de 26 años. Los encuentros cotidianos confundieron al escritor que pensó que el amor mutuo había llegado; pero la realidad era otra y la desazón del enamorado Georgie le provocó un dolor intenso. Encontró un muy extraño remedio: sacarse una muela. Se lo contó a Bioy cuando comieron esa noche. “Hoy andaba desecho y de pronto recordé las palabras de Sakespeare: “Sweet are the uses of adversity” (“los usos de la adversidad son dulces”) y pensé que de algún modo debería aprovechar mi desventura. ¿Comprendés? No quería aprovecharla literalmente, sino en algo más real. Entonces recordé de que tengo una muela que me incomoda y me puse a buscar chapas en las puertas de la calle. Cuando ví una, le pedía a alguien que me leyera, el indivíduo resultó ser un conocedor del barrio, porque me dijo: “Ah, ¿usted busca al dentista, el doctor Rodríguez?” respondí que sí y le pregunté en que piso tenía el consultorio. El dentista me puso un poco de anestesia y arrancó la muela. “Salí a la calle bastante contento con la experiencia y de pronto me acordé de esa mujer (María Esther)y la magia de la muela desapareció”. Pretendía que el dolor físico tapara el dolor del alma. Como se ve, el efecto fue breve.
William Sakespeare.
Del libro Romances Argentinos de escritores
Turbulentos de Daniel Balmaceda.
Editorial Sudamericana 2013.
JUGANDO CON EL ALEPH
En una de esas incontables caminatas de madrugada que compartieron Borges y Estela Canto, pasaron frente a una puerta de una confitería de Constitución, donde quedaron envueltos en el aroma del pan recién horneado. El escritor hizo silencio para saborear aroma y luego contó a su pareja que le dedicaría un cuento a cerca de un aparato donde podían verse todos los lugares y objetos del mundo. Aún no lo había bautizado, pero se trataba de El Aleph. Pocos días más tarde visitó a Estela en su casa. Llegó con un calidoscopio anunciando que se trataba del famoso aparato llamado El Aleph, que es la primera letra del alfabeto hebreo. El hijo de la empleada que trabajaba en la casa de Estela tenía cinco años y se llamaba Toño. Se apoderó del Aleph de Borges y lo rompió. Para el no era más que un juguete; para Borges era una idea que se convertiría en so obra más elogiada.
Con el manuscrito, lleno de tachaduras y agregados, fue a casa de Estela (Tacuarí 704) y lo leyó para que ella lo pasara a máquina; aquellos papeles quedaron en poder de la señorita Canto, a quién Borges le dedicó el cuento. Pasó el tiempo, ya había terminado la relación de siete años cuando Estela atendió el teléfono. Era Borges, quién se excusó por haberse equivocado: “He marcado tu número por error, inconscientemente. Quería llamar a otra persona. Eso quiere decir que deseo verte.” Se encontraron en la confitería St James, aquella donde Cecilia Ingenieros había puesto punto final a la relación entre ella y Borges. Estela le dijo “pienso venderte el manuscrito cuando estés muerto Georgie” Borges lanzó una carcajada y cuenta Estela que dijo: “Caramba, si yo fuera un perfecto caballero iría ahora mismo al cuarto de caballeros y, al cabo de unos segundos, se oiría un disparo”.
En 1985, un año antes de que Borges muriera, entregó los manuscritos a Sotheby¨s de Nueva York para que los rematara. Los históricos papeles quedaron en poder de la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, por 25.760 dólares.
“EL DENTISTA”
El miércoles 27 de noviembre de 1963 Borges estaba apenado. El motivo era María Ester Vázquez, su secretaria de 26 años. Los encuentros cotidianos confundieron al escritor que pensó que el amor mutuo había llegado; pero la realidad era otra y la desazón del enamorado Georgie le provocó un dolor intenso. Encontró un muy extraño remedio: sacarse una muela. Se lo contó a Bioy cuando comieron esa noche. “Hoy andaba desecho y de pronto recordé las palabras de Sakespeare: “Sweet are the uses of adversity” (“los usos de la adversidad son dulces”) y pensé que de algún modo debería aprovechar mi desventura. ¿Comprendés? No quería aprovecharla literalmente, sino en algo más real. Entonces recordé de que tengo una muela que me incomoda y me puse a buscar chapas en las puertas de la calle. Cuando ví una, le pedía a alguien que me leyera, el indivíduo resultó ser un conocedor del barrio, porque me dijo: “Ah, ¿usted busca al dentista, el doctor Rodríguez?” respondí que sí y le pregunté en que piso tenía el consultorio. El dentista me puso un poco de anestesia y arrancó la muela. “Salí a la calle bastante contento con la experiencia y de pronto me acordé de esa mujer (María Esther)y la magia de la muela desapareció”. Pretendía que el dolor físico tapara el dolor del alma. Como se ve, el efecto fue breve.
450


Cargando comentarios...