Blanca, taciturna, rimbombante.
La oscura reina súcubo
Plagide, adoradora de las aguas.
Enemiga del alma que se santifica.

He claudicado como añosa victima,
Al infernal pozo azusante,
Empuje una lágrima
Y mis pobres plegarias, a ti, sonaron imperdonables.

Tu mano cubierta de ampollas sanguinolentas
Exigen a los fieles vasallos, ciegos ante tan portentosa belleza
Arrancarme las ropas y ultrajarme
Hasta sentir mi infancia como asqueroso estigma.

En las mancuernas rojizas suenan los impabiles abejorros
Al calor hendido de un golpe bestial en las filas demoníacas.
− ¡A esta alma luminosa debemos matar!
− ¡Que suenen nuestros temibles mazos romper las arenas del universo!
− ¡Sucios y bienamados Ángeles caídos rogar la absolución!
− ¡Ella, la esposa del cordero que hemos de sacrificar!
_ ¡Llora al escuchar crujir las puertas labradas con gigantescos carteles!
− ¡En tierras forasteras se ha de hundir pronto!
− ¡Clama, a las huestes prohibidas que arrastra el Estigio bajo su agreste barco!
− ¡A esas almas tendidas dentro del mar y sufraga sus penas con inservibles salmos!
− ¡Pero al entrar, que se graben estas palabras con llama incandescente!

¡El que ingrese aquí dentro, dejar atrás toda esperanza!
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