No llega la vejez como un estruendo,

sino como una luz que se retira,

una marea lenta que deshoja

los días que creímos infinitos.

Primeras despedidas sin distancia:

se marchó la agilidad de la pisada,

la piel lisa que ignoraba el invierno

y esa absurda certeza de ser eternos.

Luego el dolor adquiere otros nombres,

rostros que se apagan en la memoria,

amigos que dejan la mesa a medio,

voces de sangre que ya solo habitan

en el eco azul del pensamiento.

Envejecer es ir soltando lastre,

un ejercicio de manos abiertas

donde cada ausencia abre una grieta

y cada adiós nos esculpe por dentro.

Pero no todo es sombra en el vacío.

Al desnudarse el árbol de sus hojas,

se descubre por fin la arquitectura:

el tronco firme, la raíz profunda,

y la savia que sube por la corteza,

hilo de agua y sales en la penumbra.

Antonio Portillo Spinola ©

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