“Había de todo: Españoles, Argentinos, Italianos, franceses, judíos y hasta negros.”
-Todos somos hijos y todos son mis hermanos.
Se lo repetía mil veces al día “Todos somos hijos y todos son mis hermanos” y otras mil durante la noche “Todos somos hijos y todos son mis hermanos”, su actitud era la de una santa, impecable, perfecta.
María, hija de Benito y Anastasia, hija única y orgullo de la familia, devota, estudiosa y bonita, todo lo que se puede pedir de una mujer.
María era un ángel, era atenta con las personas mayores, siempre tenía una sonrisa en sus labios y sus labios se los guardaba solo para ella, su cuerpo ni se diga, María era una virgen y sus amigos así la llamaban, era la virgen del cerrito.
El cielo la reclamo pronto y sus alas se abrieron a tan corta edad que nadie volvió a dudar, el nuestro es un Dios benevolente.
La mañana del 20 de enero al fin la encontraron, después de casi un mes de búsqueda al fin apareció, la encontraron por partes, su dorso en una bolsa, sus piernas en otra y su cabeza junto con sus brazos en la última, aquello no era una broma, se notaba la furia en cada herida y aun se podía ver el terror en sus ojos desorbitados. El cuerpo estaba fresco, no tenía más 12 horas, se cree que la tortura se alargó durante casi 28 días y no hay más que decir, ahora está en sus brazos y él sabrá porque lo hizo, siempre lo sabe.

-Todos somos hijos y todos son mis hermanos.
Se lo repetía mil veces al día “Todos somos hijos y todos son mis hermanos” y otras mil durante la noche “Todos somos hijos y todos son mis hermanos”, su actitud nunca reflejo sus buenas costumbres ni la educación que sus padres (sobre todo Benito) le habían dado, para su familia y sus pocos amigos era una santa, para los demás era un demonio de hermoso rostro y vestidito rosa.
Su amor era infinito y  no discriminaba, amaba tanto a los animalitos como a los niños pequeños, amaba con indescriptible pasión a todo aquel incapaz de resistirse al filo de su navaja, tenía una colección de corazones y últimos suspiros, más de 20 en 18 años y sus cifras serían mucho más grandes de no haber sido reclamada por el infierno.
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A donde fuera llevaba una bolsita con dulces y chocolates, a los niños les gustan los dulces y uno nunca es suficiente, siempre hay que buscar más.
-Ya no tengo más, acompáñame a mi casa, ahí tengo muchos dulces, te puedes comer los que quieras-
Tampoco era tan desgraciada y los dejaba comerse sus dulces, más y más dulces a cambio de más y más placer, escondía los gritos con canciones de amor y guardaba los restos debajo de la casa del perro.
Y no hay más que decir, ahora está en sus brazos y él sabrá porque lo hizo, siempre lo sabe.

-Todos somos hijos y todos son mis hermanos.
Lo había escuchado durante tanto tiempo, todos los días durante tantos años escuchando la mentira mejor contada, todos los demás no eran sus hermanos, él sí lo era.
Hay que saber algo sobre Benito y es que a pesar de su sonrisa y sus excelentes consejos, el también sabia pecar y lo cierto es que solo tenía hijos únicos, uno por cada mujer y ellas lo sabían, pero lo de menos era que el padre de sus hijos fuera un mujeriego o que ellos nunca supieran la verdad, lo único importante era que sus hijos tuvieran sus genes, lo importante era que los bebes llevaran su sangre por las venas.
Alfredo y María tenían un romance a escondidas y escondidos detrás de la capilla se entregaban la vida y se les iban las horas en hablar y ella le contaba sobre sus crímenes y el atento escuchaba, no le importaba lo que ella hiciera, la amaba más que a nada y no había nada que pudiera cambiarlo.
María no sabía amar y después de tantos años de rutina un día se aburrió y Alfredo cambio de nombre y se pasó a llamar José y luego Pedro y Jacobo y Juan y Felipe, cambiaba de nombre cada semana y Alfredo dejo de existir.
La amaba demasiado y no podía dejar que desperdiciara su vida en los brazos de otros hombres.
El cielo la reclamo pronto y sus alas se abrieron a tan corta edad que nadie volvió a dudar, el nuestro es un Dios vengativo.
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