El cura párroco subió al campanario. Era un domingo por la tarde. En los pueblos pocas cosas resultan más placenteras a los adolescentes que marear a la plaza de cuatro manzanas con sus vueltas infinitas. Pueden girar a pie, en bicicletas, en motocicletas, en automóviles o camionetas. Momento crítico del tránsito de estos pueblecitos dormidos en el mapa de la República Argentina.
El cura párroco era nuevo en la comunidad, suplantaba en el cargo a un joven sacerdote que no dejó mujer local sin probar, al punto que huyó del pueblo con una belleza del lugar y no perdió jamás su categoría de divulgador de la fe cristiana que dimana de la santa sede. El nuevo solía dejar ver su pesada figura montada en una motocicleta de buena cilindrada, se hablaba de un pasado en el ejército y tendría unos cuarenta y tantos años.
La señora caminaba con su hija adolescente de 16 años, aprovechando el día de sol del mes de mayo, donde los fríos de la semana mostraron su crudeza. La madre y la hija vivían en uno de los barrios del pueblo, caminando por la plaza la señora se encontró con una amiga y como no puede ser de otra manera tuvo que desmenuzar con insoportable detalle sus aconteceres del día. Además cabe señalar que ambas eran extremadamente devotas. La hija se unió a su grupo de amigas que tomando mates en el solcito, veían pasar a esos jóvenes que les quitaban el sueño por las noches.
- Yo le dije a la Vanina, mirá que lindo día, tenemos que aprovecharlo. Ella se levantó hoy a las once y media porque anoche no salió, la Vanina no es de esas pibas vagas que salen todos los fines de semana y viernes y sábado. Ella tiene permiso para salir cada quince días y recién cuando cumplió los quince años la dejamos ir a la confitería bailable, hay cada mocosita que anda por la calle a la noche y los padres ni saben dónde están. Gracias al señor la Vani es una chica inteligente, pero no hay con qué darle, todo parte de la educación.
Mi marido se hizo un asado, y vinieron mis suegros a comer. Después que lavé los platos y acomodé en mi casa, le dije a la Vani aprovechemos que tu padre se acostó a dormir la siesta y vayamos a la casa de la Loly, para ver si quiere ir al cementerio. Le fui a dejar unas flores a la mama y al papi.
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Por más que fuera la época del otoño, las chicas que estaban en la primavera de la edad necesitaban un simple solcito para exhibir sus ombligos y sus piernas, cuyos fríos los condenaban al ostracismo tras las ropas abrigadas. Nada agrada más a una chica hermosa que relucir su sensualidad y nada agrada más a los hombres que disfrutar de ella, al menos con los ojos.
No supieron después de transcurridos los sucesos ninguna de las dos precisar el motivo de la llegada a la parroquia. Lo concreto es que cruzaron la calle que separa la plaza de la iglesia y hacía allí se dirigieron envueltas en una animada conversación.
Ingresando a la casa del señor al unísono se santiguaron, a una de las casas que tiene el señor en el mundo, justamente el señor que debería desdeñar de las propiedades es un señor rico que maneja la vida de los pobres de economía y de espíritu.
Tocaron la puerta de la vivienda del párroco, nadie respondió a la llamada. Luego ingresaron al salón parroquial donde los grupos de cumbia solían animar algunas veladas. Solo la vieja empleada de la iglesia, que se movía con dificultad y oía con disminución. Les avisó que estaba en el campanario.
- Suele estar largo rato en el campanario. Si quieren esperarlo se van a aburrir, pero pueden subir al campanario por esa escalera… Lindo día, ¿no?
En la altura de la iglesia, donde se tenía una vista panorámica única de la plaza, estaba el padre, el hombre que llevaba la palabra del señor, con los ojos desorbitados, en pleno éxtasis, el pene en la mano, y con los sentidos fuera de sí como para enterarse de que las dos señoras vieron el espectáculo y huyeron despavoridas como si hubiesen visto el diablo.
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