Amor.
En una solitaria noche de noviembre, mientras las arenas se recreaban frente al interminable y espumoso océano que no conocia un limite.
Con una damajuana bajo mi hombro, me aventure a los climas áridos y templados que desdibujaban una vertiente en un simbólico cielo de azucena. Observe con aire enigmático, el infinito rompiente de estrellas que vecinos solitarios de las constelaciones hacían vela una eternidad.
El horizonte, ocre misticismo que vaticina en sus aureolas poderosas rafagas de lluvia, convertidas en figuras serpenteantes de un soñado encuentro inocente que resguarda en sus aposentos la rememorada y solemne promesa en auge.
Oh, lecho encarnizado, si tus ojos confesaran la sufriente espina que carcome tus latidos. Lanzara con recelo tu infamia vil al mar, agorero subyacente inquisidor de mentes, como un oraculo griego interpreta las palabras derruidas que sollozan el espanto.
Te anhelo en las murallas que declinan una cúspide interminable.
Te llamo en una lucha verberada entre mi simiente y la progenie.
Te invoco al templar las calidas mesetas languidescentés que indomitas encantan al morador más terrenal.
y finalmente te ultrajo, cuando en tus ensoñaciones vespertinas te hundes en la profunda aridez que opaca mi sabiduría y transformado en ave rapiña asalto tu carne idílica y prohibida, esta angustiante sensación de oprobio sanguinolento corroe mi sangre y como otro monstruo de crepúsculos lunares recuesto en tu corazón amable y gentil mis angustias y pesares indescifrables.
Ahora, duerme alma conquistadora de Luciferes y Leviatanes.
Enjuágate tus lágrimas hechas obras perplejas y encubiertas.
Y no te preocupes de esta desventurada Alma obsidiana que nunca murió por un beso. Siempre te tendré a mi lado, incluso después de sumergirme en los pantanosos arroyos que vine a contemplar al fin.
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