Acuerdate de esa tarde que salimos del café,
y con la risa estrellada en nuestros  labios
recibimos la lluvia para jugar con ella.
Acuerdate que te fuiste sin mirar hacia mi,
pues cuando puse mi mano dentro de tu corazón
te ofendí, él se había agitado malamente
y yo no pude hacer más que ocultarme
y arrepentido silencié en mi mente tu nombre.
Debí dejarte partir  bajo esa lluvia incesante,
mientras tu sangre ardiente, mojada por esa
lluvia de sal  ya no se detendría nunca,
porque esa lluvia de lágrimas preanunciaba un
duelo espantoso, un desconsuelo perenne, un
mordiscón de labios en un segundo de eternidad.
Arreció la lluvia y te perdí de vista y yo,
cobijado debajo del portal con mi alma contrita
recibí mi derrota posternado... 
 
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